texto MILO J. KRMPOTIC' ilustración ALFONSO ZAPICO

“La noche es oscura y alberga horrores”, se nos viene repitiendo una y otra vez desde cierta popular saga lúdica-monárquica. Y bien está recordarlo porque, por mucho que los nuestros sean tiempos de iluminación absoluta al alcance de un clic, cuando no derramada sin descanso desde un neón LED o una pantalla LCD, aquello que los anglosajones llaman “the wee hours”, “las horas minúsculas”, siguen y seguirán enfrentando al no durmiente (y a menudo también al que ha logrado conciliar el sueño) con la más aterradora de las presencias: sus propios miedos y ansiedades.

Una serie de noches particularmente fructíferas en ese sentido, desde entonces también legendarias en lo literario, tuvo lugar en la Suiza de junio de 1816, pero se había gestado, en realidad, algunos meses atrás y a decenas de miles de kilómetros de distancia. Europa lo ignoraba, pero las bajas temperaturas, las tempestades recurrentes, la sucesión de días de luz apenas macilenta se debían al estallido de un volcán de nombre Tambora, el más brutal del que se haya tenido registro, si bien es su primo Krakatoa el que gasta mayor fama. Allí, pues, en una isla indonesia devastada, nació el llamado “año sin verano”.

Y fue precisamente ese no-verano el que vio coincidir a dos grandes del romanticismo decimonónico, plumas afines a la tormenta climatológica y a ratos también personal, a orillas del lago Lemán. El uno, George Gordon Byron, más conocido por su título de Lord y apellido, venía de escandalizar a una Inglaterra a la que ya jamás regresaría, y se hallaba acompañado de su médico personal, John William Polidori. El otro, Percy Bysshe Shelley, acababa de atravesar parte de Francia en compañía de su futura esposa, Mary Godwin, el segundo hijo de ambos y la hermanastra de esta, Claire Clairmont, quien a todo ello se encontraba embarazada de Byron.

Shelley alquiló la Maison Chapuis; Byron hizo lo propio con Villa Diodati. Y, durante aquellas jornadas en las que la lluvia y el frío les impedían navegar por el lago o visitar los alrededores, el grupo se reunía en el escenario segundo para filosofar, leerse historias y caer en una espiral de desencuentros emotivos y frustraciones sexuales, escenas llenas de tensión que se sumaban a los diversos dramas personales que atesoraban ya antes de desembarcar en Suiza. Shelley, por ejemplo, reaccionó a una lectura del poema Christabel de Coleridge huyendo de la habitación en estampida, tras imaginar a la Geraldine de los versos como una mujer con ojos por pezones. Y, mientras Clairmont sufría por los desplantes de Byron, Polidori se vio rechazado una y otra vez por una Godwin que, con 18 años apenas, pagaba en depresiones el peso de su romance prohibido y la muerte de su primera hija.

Pero fueron estos últimos, aparentes personajes secundarios, quienes iban a salir de Suiza habiendo hecho allí historia de las letras (y habiendo abonado de paso buena parte del cine de terror de la Universal durante los años 1930). Los cuentos de terror habían comenzado a la luz de las velas y los relámpagos, quizá para contrarrestar la atmósfera enfermiza y claustrofóbica que se había adueñado del lugar a través de pequeños episodios catárticos. Pero el desafío de Byron para desarrollar entre ellos narraciones fantasmales de nuevo cuño se iba a traducir en dos piezas canónicas del género.

Polidori, el médico despechado, se descolgó con un cuento titulado El vampiro, el primero en afilar los colmillos de las criaturas de la noche, que por cierto sería adjudicado a Byron cuando vio la luz en papel, allá por 1819 (lío de firmas al margen, la inspiración para el chupasangres Lord Ruthven sí podría apuntar, ácidamente, al noble patrón del autor). Y, en la madrugada del 16 de junio, fruto de la excitación que le provocaba no haber dado con su propio relato, influida por una conversación sobre el galvanismo y por el recuerdo de su estancia en la localidad germana de Gernsheim, a apenas diecisiete kilómetros del castillo de Frankenstein, Godwin, la inminente Mary Shelley, soñó despierta la pesadilla de un científico que se cree Dios y de su criatura retornada de la muerte y rechazada en consecuencia por los vivos. El resto es historia… y noche oscura, claro: plagada de horrores.  

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