Augusto Cruz y los vampiros

Augusto Cruz * Nacido en Tampico, México, en 1971 * Visitó la BCNegra con su ópera prima, Londres después de medianoche (Seix Barral), bajo el brazo * Es especialista en cine mudo, panadero, coleccionista, amante del fútbol y de la velocidad, escritor… *Tuvo como maestro de historia, durante dos semanas, al subcomandante Marcos * Vive en un lugar donde la mitad de la población cree que los huracanes no los golpean porque hay una base extraterrestre en la playa que los protege, mientras que la otra mitad asegura que esto es absurdo, pues los extraterrestre se fueron hace años por la inseguridad del narcotráfico: “Con antecedentes como estos, convertirme en escritor de novelas policíacas sobre cine no parece algo tan descabellado”. * A los 12 años ya leía guiones de cine de Einstein, Buñuel, Godard, etc., y teorías de cine soviéticas. *Londres después de medianoche trata sobre la memoria, el olvido, el valor de los objetos... * Siente predilección por Drácula, porque a diferencia de otros monstruos ofrece algo tentador para el ser humano: la vida eterna. * “Creo que la belleza de nuestros monstruos es que resisten todo, incluso el mal cine y la mala literatura. Dios nos libre de un mundo sin monstruos como los de antes”.

 

texto y foto de FRANCISCO LUIS DEL PINO OLMEDO

Augusto Cruz (México, 1971) llegó al encuentro de la Barcelona más negra –y criminal– con una sola novela publicada, Londres después de medianoche, por todo equipaje. Un artefacto sólido, extraño. Se diría que su criatura literaria hubiera sido amasada con la paciencia con la que hace pan en su Tampico natal; artesanía tradicional que incorpora nuevo talento, bien salpimentada en la filigrana fantástica. Una mezcla fascinante que aúna buena obra de creación un tanto inclasificable, y la personalidad compleja de su autor: especialista en cine mudo, panadero, coleccionista, amante del fútbol y de la velocidad, escritor… Tal vez todos estos elementos no sean más que el producto final de alguien que, como él mismo confiesa, tuvo su fiesta de 12 años en un estadio profesional de fútbol, cuyo maestro de historia (sustituto por dos semanas) fue el subcomandante Marcos, del que solo recuerda una personalidad impactante. Y al sacerdote que le dio la primera comunión le obligaron a casarse por embarazar a una respetada dama de la sociedad de la Vela Perpetua.

 

Mexicano por los cuatro costados, mira recto a los ojos y, cuando explica estas cosas, hay una sombra de burla en los suyos que alienta proximidad, haciendo cómplice de un cierto encanto ingenuo en apariencia a quien le escucha. Algo difícil de evitar, porque Augusto Cruz es igualmente afectuoso en cuanto vence la timidez. Para hacerse comprender y, tal vez, para su propia comprensión, recuerda que vive en un lugar que tenía un parque de béisbol donde el partido debía detenerse a la séptima entrada para que pasara el ferrocarril, que contaba con un estadio profesional de fútbol con cada mitad del campo en una ciudad distinta, y donde la mitad de la población cree que los huracanes y ciclones no los golpean porque hay una base extraterrestre en la playa que los protege, mientras que la otra mitad asegura que esto es absurdo, pues los extraterrestres se fueron hace varios años por la inseguridad del narcotráfico. “Con antecedentes como estos, convertirme en escritor de novelas policiacas sobre cine no parece algo tan descabellado”.

 

Entre dos grandes pasiones

El cine es una de las grandes pasiones del escritor, junto a la novela policiaca. Cuando tenía 12 años su padre lo llevó a la capital con motivo del Mundial de 1986 y lo más importante para él fue visitar la Cineteca Nacional. Era un niño que a esa edad ya leía guiones de cine de Eisenstein, Buñuel, Godard, etc.; que devoraba teorías de cine soviéticas o compraba los cuadernos de texto de la carrera del cine. Algunas veces, la mayoría, porque vivía en una ciudad pequeña no tenía acceso al cine de arte, al cine de autor, así que leer los guiones de esas obras era su única forma de acercamiento a una película que solo podía imaginar.

 

Augusto Cruz achaca a la poca práctica del inglés esa fascinación que siente por el cine mudo, pero también porque los actores, guionistas y directores del periodo silente tuvieron una oportunidad única: “Asistieron al nacimiento de la más joven de las bellas artes, que sin duda nos convirtió, para bien o para mal, en una generación influida de forma importante por la imagen. Los pioneros de este arte tuvieron que decodificar todo un lenguaje nuevo, una simbología, abandonar la toma estática del teatro y aprender a mover la cámara, experimentar con los planos, y en tan solo una década o dos ya se realizaban obras maestras como El nacimiento de una nación o El acorazado Potemkin. La llegada del sonido al cine fue como el cometa que extingue a los dinosaurios. No es de extrañar que Cruz se confiese gran admirador de El crepúsculo de los dioses y de su protagonista, Gloria Swanson. Y que Londres después de medianoche sea una novela policiaca sobre cine, sobre la memoria, el olvido o el valor de los objetos… ¿Cuándo está perdido un objeto, cuando desaparece físicamente o cuando quienes estuvieron en contacto con él lo olvidan o mueren?

 

El primer libro que leyó Cruz fue de Sherlock Holmes y cree que eso lo predispuso a la literatura policiaca. La única librería de su ciudad no tenía más que títulos norteamericanos del género, pero providencialmente encontró dos que no lo eran: La soledad del manager de Manuel Vázquez Montalbán y Prótesis de Andreu Martín. Estas dos obras le enseñaron que más allá de la fórmula anglosajona había la posibilidad de descubrir a nuevos autores, como después le sucedió con Paco Ignacio Taibo II. “Estos dos libros españoles me acompañaron durante mi adolescencia. En la BCNegra, tuve la oportunidad de conocer a Andreu Martín, mostrarle mi novela y agradecerle lo que sus libros significaron para mí. Es una de esas recompensas que solo la literatura puede darte”.

 

 

Queridos monstruos

El escritor mexicano siente predilección por Drácula, porque, a diferencia de Frankenstein, la Momia o el hombre-lobo, tiene la capacidad de entregar algo tentador para el ser humano, como es la vida eterna. “Creo que los grandes monstruos se quedan con nosotros para siempre, porque a la vez que nuestros miedos, también representan aquello contra lo que debemos luchar para liberarnos, para cruzar al otro lado del temor y volvernos hombres”. Dice Cruz que los malos políticos y los farsantes tal vez sean la clase de monstruos a los que a nadie importaría –metafóricamente– clavarles una estaca, lanzar un hechizo o dispararles una bala forjada con la plata de la justicia. “Estos recientes vampiros lánguidos de escuela preparatoria norteamericana, y estos hombres-lobo con pectorales y bíceps de fisioculturistas tampoco son mucho de mi agrado. Creo que la belleza de nuestros monstruos es que resisten todo, incluso el mal cine y la mala literatura. Dios nos libre de un mundo sin buenos monstruos como los de antes”.

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