Antonio Manzini se lleva el crimen de Roma

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Antonio Manzini (Roma, 1964) * Fue actor de teatro y televisión, también guionista para este último medio, en ocasiones en colaboración con Niccolò Ammaniti. * “Aquello no era la HBO, sino algo tirando a cutre, donde las buenas ideas solían darse de bruces con la mediocridad y la falta de imaginación de los productores”. * Ha firmado ya tres novelas policiacas, siendo Pista negra (Salamandra) la primera que llega a España. * En ella, el subjefe de policía Rocco Schiavone es desterrado de Roma al valle de Aosta, donde combatirá el tedio y la introversión de los locales investigando el asesinato del dueño de un refugio, cuyo cuerpo ha descubierto el conductor de una oruga quitanieves a 1.500 metros de altitud. * Schiavone es profundamente amoral, no tiene reparos en meterse en negocios sucios, allanar la morada de sospechosos y fumar drogas en su despacho: “No creo en la integridad de los personajes, me interesa su lado oscuro. * “A los de Roma nos define por encima de todo la ironía y el tomarnos las cosas con filosofía. Somos histriónicos y payasos, pero también nos recorre el desencanto y la resignación. Desconfiamos de cuanto queda fuera de nuestra ciudad, más allá todo son bárbaros. Lo positivo es que no nos ofendemos nunca, a menos que nos toquen a Francesco Totti”.

 

texto ANTONIO LOZANO

El autor de género negro italiano se planta frente al tee de salida a golpear la pelota con un handicap de -20. Un país cuya historia reciente y sociedad actual son pura novela negra, infestados sus cimientos por la corrupción y el crimen organizado, donde cada día se desentierran escándalos políticos-económicos como antaño ánforas y con un esperpéntico ex primer ministro encarnando la impunidad judicial, todo esta realidad tan oscura y delirante enfrenta al novelista al riesgo de que su obra sea un relato insignificante, un añadir un circulito microscópico en la esquina inferior de un cuadro puntillista del tamaño de una piscina olímpica. “Es sumamente complicado escribir en estas condiciones –afirma Manzini (Roma, 1964), todo elegancia descuidada y entusiasmo por la conversación, en un restaurante barcelonés, de paso por la ciudad para participar en la BCNegra 2015– porque cuando tú sales, el periódico ya te ha pasado tres veces la mano por la cara. Uno tiene la sensación frustrante de que cuenta apenas un microrrelato. Por ello no es casual que la mayoría de los escritores policiacos de mi país ambientemos nuestras obras en provincias, alejándonos de las grandes ciudades, en exceso abrumadoras. Preferimos escribir la historia de un desertor del frente durante Stalingrado que mirar a la batalla en su conjunto”. En su debut policiaco, Pista negra (Salamandra), ha aplicado el principio castigando a su subjefe de policía Rocco Schiavone con un destierro en la montañosa y fría región del Valle de Aosta, lo que para un romano hedonista viene a ser como arrancarle las muelas sin anestesia. Allá combatirá el tedio y la introversión de los locales investigando el asesinato del dueño de un refugio, cuyo cuerpo descubre el conductor de una oruga quitanieves a 1.500 metros de altitud. Como buen amante del hardboiled estadounidense –coloca a McBain, Lee Burke y Ellroy en su panteón–, ha creado un agente de la ley profundamente amoral. Schiavone no tiene reparos en meterse en negocios sucios, allanar la morada de sospechosos y fumar drogas en su despacho. “No creo en la integridad de los personajes, me interesa su lado oscuro. Rocco aglutina elementos de dos amigos míos, a los que calificaría de bandidos legales y de buen corazón. La actitud la he tomado prestada de un peluquero de pasado turbio, mientras que su fuerza y su desfachatez, de un escritor muy famoso cuya identidad no puedo revelar”.

Manzini justifica que su creación tenga que hacer de detective y juez porque Italia es el paraíso del indulto, un lugar donde la aplicación de las penas es tan frecuente como un chaparrón en el desierto de Atacama. “Para empezar, el concepto de justicia es absolutamente humano. En la naturaleza, que se rige según las teorías darwinistas, no existe. ¿Resulta justo para la gacela que el león la tenga que devorar? Pero en Italia no funciona siquiera como una noble aspiración. Tomemos el caso del paparazzi Fabrizio Corona, condenado a quince años de prisión por chantajear a celebridades. Un tipo despreciable, sin duda, pero es que a Il Cavaliere, un auténtico criminal, le han caído quince días de trabajos sociales con los abuelos después de todo lo que ha hecho”.

 

1. Federico Fellini, nacido en la norteña Rimini, asistió horrorizado al momento en que Benito Mussolini declaraba la guerra a Gran Bretaña desde el balcón del Palazzo Venezia. De regreso a casa, aplastado bajo un ánimo funesto, se encontró con un amigo con el que compartió lo ocurrido y obtuvo como única respuesta “así es la vida, qué se le va a hacer”.

2. Un capitalino colgó un cartel en su Fiat destartalado donde se leía “buen estado, solo tres años, mil euros, llama a Mario en las horas de la comida”. Más abajo, alguien había añadido con rotulador: “Mario, come tranquilo”.

Las anécdotas sirven a Antonio Manzini para intentar sintetizar la forma de ser de los romanos de pura cepa, caso de él y de Rocco, al que la distancia hace idealizar todavía más una urbe que los habitantes de Aosta consideran sucia, apestosa y poblada de soberbios, generando un pique Norte-Sur cargado de humor envenenado. “A los de Roma nos define por encima de todo la ironía y el tomarnos las cosas con filosofía. Somos histriónicos y payasos, pero también nos recorre el desencanto y la resignación. Desconfiamos de cuanto queda fuera de los límites de nuestra ciudad, más allá todo son bárbaros. Lo positivo es que no nos ofendemos nunca, a menos que nos toquen al futbolista Francesco Totti. Algunas personas de Aosta, en cambio, me han hecho saber, de forma sutil, porque la gente de montaña es discreta, que debería introducir más matices en su carácter”.

Durante un cuarto de siglo, Manzini fue actor de teatro y televisión, también guionista para este último medio, en ocasiones en colaboración con Niccolò Ammaniti, experiencia que le enseñó “a escribir diálogos tanto como a saber qué evitar en ellos”. A las tablas volvería, pero los platós ni se los mientes: “Su superficialidad y falta de gusto helaban la sangre. Aquello no era la HBO precisamente, sino algo tirando a cutre, donde las buenas ideas solían darse de bruces con la mediocridad y la falta de imaginación de los productores”. La idea es perseverar con el género negro –ya lleva dos novelas más del ciclo publicadas en el mercado italiano– hasta acumular dinero suficiente para poder retirarse en la Provenza francesa, sueño que comparte con su policía. “Vamos por buen camino”.

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