¿Rusia ha vuelto? Nunca se fue

 

texto JOSÉ ÁNGEL LÓPEZ

Repasamos la actualidad editorial sobre Rusia en narrativa y no ficción.

El retorno de Rusia a la portada de los periódicos y a los medios de comunicación en general ha generado numerosas reacciones de todo tipo. Bien sea por la responsabilidad última atribuida a Putin por un juez británico en el envenenamiento de Litvinenko, bien por su irrupción en la escena internacional en varios frentes conflictivos (Ucrania, Siria, Turquía). En puridad, Rusia no ha dejado de estar presente y activa, positiva o negativamente, en el escaparate de la comunidad mundial. Apoyada en un fuerte liderazgo, Rusia ha recuperado su maltrecho orgullo nacional –bastante alicaído desde la desaparición de la Unión Soviética–, asunto que, excepción hecha de la esfera politológica –reservada a los especialistas–, no ocupa excesiva atención en el panorama cultural. Hagamos referencias a unas notables excepciones.

Orlando Figes, reconocido especialista en la historia política y cultural rusa, nos ha obsequiado con un excelente libro que aúna la terrible experiencia del Gulag soviético con una historia de amor mantenida a través de la correspondencia. Una Palabra tuya. Amor y muerte en el Gulag (Edhasa) no es un testimonio más sobre las condiciones de vida en un campo de trabajo cerca del Círculo Ártico. El impacto de transportarnos, en tiempos tan convulsos como los actuales, a las consecuencias y los peligros latentes de las experiencias totalitarias nos despierta –aunque sea momentánea y efímeramente– de nuestra falsa sensación de seguridad. Situación que se nos torna quebradiza durante la lectura del libro y que nos hace ser conscientes de que buena parte de la sociedad internacional no comparte la misma suerte que los afortunados lectores (conflictos internos e internacionales, regímenes totalitarios, genocidios, desplazados, refugiados, terrorismo…). En esta misma línea merece la pena detener la atención en otra variante histórica de la misma barbarie, con la edición completa de la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi y el inédito Así fue Auschwitz del mismo autor, ambos publicados por la editorial Península.

Los recientes acontecimientos en torno al conflicto de Ucrania ponen de completa actualidad una obra publicada con anterioridad por el propio Figes, Crimea (Edhasa), que evidencia, con absoluta contundencia, el carácter cíclico de la historia y el protagonismo de los mismos actores alrededor de parecidos enclaves (recordemos que, en estos días, se reabren las viejas heridas diplomáticas en las relaciones entre Rusia y Turquía).

La consideración de la extinta Unión Soviética como un auténtico laboratorio social ha sido ampliamente investigada desde distintas perspectivas: desde la transversal dicotomía entre las tradiciones eslavófilas y occidentalistas hasta las teorías sobre la sumisión endémica del pueblo ruso a toda suerte de autócratas de diverso signo ideológico. Estos vaivenes de la historia rusa han propiciado un desarrollo literario muy notable y escasamente conocido –al menos en España– más allá de los Tolstói, Dostoievski o Chéjov. En los tiempos políticos que corren en la Rusia actual podría parecer que no se da el clima preciso para la actividad creativa; más bien lo que sucede es que las obras actuales no llegan a nuestro público. Entre las honrosas excepciones a esta generalidad se encuentran editoriales como la muy estimable Automática, que, junto a otras como Acantilado y Nevsky Prospects, nos hacen llegar algunas novedades. Así, por ejemplo, Helada Sangre Azul, de Yuri Buida, es uno de estos ejemplos de la denominada literatura post-soviética. Mediante retratos de la Rusia en transición, no consigue despegarse de las connotaciones y alusiones permanentes al reciente pasado totalitario, aunque algunos aprecien ciertas conexiones con una suerte de realismo mágico. Obra muy notable que amplía el catálogo de trabajos realmente interesantes publicados por Automática: la mordaz distopía Moscú 2042, de Vladímir Voinóvich; Éxodo, de DJ. Stalingrad –alias utilizado por el periodista y activista Piotr Siláiev–, que describe el convulso panorama social ruso con movimientos neonazis, alternativos, nacionalistas, radicales de izquierda… tratando de ocupar el vacío ideológico dejado por la desaparición del sovietismo; o bien los clásicos de la segunda mitad del siglo XX, como Las Andanzas del Agente secreto Shípov, de Bulat Okudzhava.

La violencia ha formado parte del tejido social ruso, sometido al movimiento pendular de sus variantes autocráticas. De tal forma que víctimas y verdugos han alternado sus papeles en diversos momentos históricos. Así como la represión y muerte de la familia imperial ha sido abordada desde numerosas perspectivas, la suerte deparada a la nobleza rusa no había sido objeto de interés investigador. Por ello, El Ocaso de la Aristocracia Rusa, de Douglas Smith (Tusquets) merece un notable interés. Considerada como la “enemiga de clase” por naturaleza, solo fue la punta de lanza de la extensión indiscriminada del terror, la represión y el acoso padecido por todas las capas sociales con posterioridad a los acontecimientos revolucionarios de 1917. A través del seguimiento de varias familias nobiliarias, de los avatares de sus miembros, el historiador nos traza un fresco de una sociedad rusa que concentró –por obra de los dirigentes revolucionarios– los odios de clase en este grupo social; el descenso desde el boato, la grosera riqueza y los oropeles hasta la persecución, el expolio, la cárcel, el exilio y el exterminio está muy bien reflejado desde la cita inicial del trabajo: “Ya no hay nobleza rusa. Ya no hay aristocracia rusa… En el futuro un historiador describirá con todo detalle cómo murió esta clase. Y la lectura del relato causará locura y horror… cita recogida de El Periódico Rojo (Petrogrado), nº 10, 14 de enero de 1922”.

La última Nobel de literatura, Svetlana Alexiévich, ha venido a rescatar la memoria del período soviético para conectarlo con ciertas prácticas presentes aún, con ciertas actualizaciones. Retratista social únicamente conocida en España por su obra Voces de Chernóbil (Siglo XXI y más recientemente en DeBolsillo) ha sido doblemente publicada en estos últimos meses. Si en ese libro hurgaba en las heridas sociales del sistema: opacidad del régimen, desastre medioambiental, consecuencias sanitarias en la población… en La Guerra no tiene rostro de mujer (Debate) nos ha ofrecido el testimonio de las mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Transformada en una especie de Vasili Grossman, pero décadas después, pudo rehacer el trabajo en el año 2002 para reconstruir la parte censurada. Además de la participación bélica directa en el Ejército Rojo de cerca de un millón de mujeres, las experiencias vitales nos trasladan a un escenario de sensaciones diversas, físicas y emocionales, como el hambre, el miedo, la angustia, el frío, las agresiones sexuales, la violencia, la muerte. Y El fin del “Homo Sovieticus” (Acantilado) se presenta con una ambición más global, polifónica, prestando voz a cualquier damnificado por la auténtica creación de laboratorio social que fue el hombre soviético. Fusión de cualquier tipo de diversidad social, económica, cultural, religiosa y lingüística, se convirtió en instrumento político al servicio del régimen. La propia Alexiévich es un producto soviético: ucraniana de nacimiento, bielorrusa de nacionalidad y rusa desde el ámbito de la lengua, realiza en este libro un excepcional repaso desde casi todos los ámbitos de este experimento histórico y su victimario. De cuyas consecuencias no cree que se hayan librado todavía en la actualidad: “Amo el buen mundo ruso, el mundo ruso humanista, de la literatura, el ballet, la música, aquel ante el cual todos se inclinan, pero no me gusta el mundo de Beria, de Stalin, de Putin; ese no es mi mundo” (declaraciones realizadas a El País, el 9 de octubre de 2015). Suponemos que tampoco el mundo del presidente bielorruso Lukashenko le gustará…

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