¿Es bello el capitalismo?

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Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, sociólogo y crítico de cine, han colaborado ya en varios ensayos. * Este último se pregunta si la estetización del mundo es consecuencia directa del capitalismo o es un mero instrumento de transmisión de los valores del mismo. * Para Lipovetsky, ni la sociedad actúal ni el consumidor están “a la altura del ideal de vida bella”, pues la producción estética se concentra en “baratijas Kitsch”, desechables, intercambiables, que satisfacen una doble necesidad: la hiperconsumista del individuo hipermoderno, derivada directamente del carácter hedonista de la sociedad, y la de la renovación continuada de productos en el mercado. * El capitalismo artístico tiene un objetivo mundial; la cultura, el arte, se mueven a través de las multinacionales. * Entramos en la era del hiperespectáculo, del consumo identificado con la diversión, de los choques visuales, de la provocación y del sensacionalismo, de los reality shows, de los videoclips; en resumen, de la falta de autenticidad, de la afectación estilística, de la falsificación. * Sin embargo, Lipovetsky cree que la decadencia moral es un mito y que el individuo hipermoderno no se ha transmutado en un ser autista y nulamente empático, sino fundamentalmente solidario y ético.

 

texto de JOSÉ ÁNGEL LÓPEZ JIMÉNEZ

Cualquiera que inicie una lectura con un interrogante como el del título pensaría que estamos enajenados. Evidentemente, el capitalismo, lo que desde luego no tiene, es una buena imagen. Muy a nuestro pesar –o no– estamos más preocupados por la ética del capitalismo –en el sentido weberiano– que por la estética del mismo. Considerando, además, que es un concepto harto voluble, cambiante en el tiempo, no necesariamente compartido por la ciudadanía en su conjunto y de perfiles difícilmente catalogables en algunas ocasiones, estamos en condiciones, al menos, de censurar la elevación a categoría absoluta de “lo estético” en el sistema capitalista. En cierta medida podemos establecer toda una serie de reflexiones en torno a las relaciones entre el capitalismo artístico, entendido como el conjunto de manifestaciones culturales “producidas” –en estricto sentido productivo, como producto– en el marco de un sistema económico concreto, que nos conecte con una tesis central: la estetización del mundo, ¿es consecuencia directa del capitalismo o es un mero instrumento de transmisión de los valores del mismo?

Tomando como hilo conductor esta reflexión han tejido su ensayo Gilles Lipovetsky y Jean Serroy. Su objetivo esencial pivota alrededor del reconocimiento de la aportación del capitalismo artístico como instrumento de estetización del mundo contemporáneo y del conjunto de nuestras vidas; sin embargo, en esta “misión” se ha creado una dinámica muy negativa, plagada también de fracasos y de contradicciones en el ámbito de las creaciones y, en especial, del consumo de las mismas. En palabras de Lipovetsky, ni la sociedad actúal –hipermoderna–, ni el consumidor –individuo transestético– están “a la altura del ideal de vida bella”. De hecho, en numerosas ocasiones, la producción estética del capitalismo del momento se concentra en “baratijas Kitsch”, desechables, intercambiables, contaminando y ocupando disco duro de cerebro disponible. De este modo se satisface una doble necesidad: la hiperconsumista del individuo posmoderno o hipermoderno, derivada directamente del carácter hedonista de la sociedad, y la de la renovación continuada de productos en el mercado, buscando la competitividad salvaje también en los productos culturales y estéticos. La jerarquía de los principios e intereses está notablemente desfigurada; ya no se identifica cuál es la prioridad, si producir estéticamente para vender o vender para seguir produciendo.

Lipovetsky ha trabajado de forma recurrente el tema de la renovación constante de los productos culturales como forma de agitación permanente de la oferta y la demanda en trabajos como El imperio de lo efímero, La era del vacío y La felicidad paradójica. Esta suerte de reestructuración de la estética del capitalismo se debe, en no poca medida, al auge y omnipresencia en nuestras vidas de las nuevas tecnologías y la relevancia de aspectos como la inmediatez, la innovación y la creatividad permanente. Estas también coadyuvan a la homogeneización de los gustos en la comunidad internacional; es decir, a diversificar la oferta pero dentro de unos patrones culturales y estéticos relativamente compartidos y ofertados por el sistema capitalista. Es la denominada burbuja o inflación estética –a imagen y semejanza de otras burbujas (financiera, bursátil, inmobiliaria)–, consecuencia directa del capitalismo hipermoderno.

 

 

Segunda vida virtual

Pero, ¿cómo hemos llegado a este momento estético? Serroy y Lipovetsky distinguen tres grandes fases en el capitalismo artístico: la primera se desarrolló desde 1870 hasta la Segunda Guerra Mundial; la segunda fase abarcó desde la década de los 1950 hasta la de los 1980; finalmente, la tercera fase sería la actual, la de las últimas tres décadas. En síntesis, el inicio del capitalismo artístico se caracterizó por tener un carácter más restringido, privativo de las clases más acomodadas, que podían permitirse la inversión y que les otorgaba un elemento diferencial entre los miembros de su propio entorno social. Las principales estructuras fueron los grandes almacenes, la alta costura, la industria musical, el cine, la publicidad y el diseño industrial. En el segundo período, “la lógica artística adquiere fuerza económica y superficie social” pero la organización fordiana de las empresas va a limitar en exceso la dimensión estética. En la fase contemporánea, el capitalismo artístico tiene un objetivo mundial. De tal suerte que la cultura, el arte, se mueven a través de las multinacionales. Como consecuencia directa se multiplican las opciones estéticas y se libera de contradicciones la tradicional oposición entre la economía y el arte.

¿Cuáles son las traducciones concretas del capitalismo transestético? El predominio de la movilización cultural mediante la seducción, el espectáculo, la diversión de masas, se canaliza a través de las denominadas “industrias culturales”. Entramos en la era del hiperespectáculo, del consumo identificado con la diversión, del gigantismo espacial, de los choques visuales, de la provocación y del sensacionalismo, de los reality shows, de las macro exposiciones/espectáculo, de los videoclips; en resumen, de la falta de autenticidad, de la afectación estilística, de la falsificación, de los estereotipos, imitaciones y mal gusto. Es decir, la creación estética como un valor en sí mismo o bien como agitador cultural –por no hablar del remoto carácter revolucionario– ha degenerado en lo Kitsch. El objetivo promocionado por el ideal estético vital se orienta hacia la diversión permanente, lo efímero del goce momentáneo y continuo. El factor educacional no ha impedido o limitado estos excesos. No hay límites y la permisividad ha abocado a la infancia –cada vez también más a los adultos– a la ansiedad, fragilidad, ausencia de la realidad y nulo nivel de frustración frente a las adversidades y los fracasos. En esta línea cabe mencionar el éxito de la virtualidad en amplias esferas vitales –la necesidad de experimentar una second life que mitigue las insuficiencias de la first life–. Sin embargo, Lipovetsky cree firmemente en los valores humanistas y democráticos que predominan en la sociedad transestética; cree que la decadencia moral es un mito y que el individuo hipermoderno no se ha transmutado en un ser autista y nulamente empático, sino fundamentalmente solidario y ético. Francamente, considero esta aseveración más próxima a un desiderátum que una hipótesis científicamente validable.

La estética de la hipermodernidad no debe caracterizarse por la cantidad de productos –que ya la tiene–, sino por mejorar la calidad en las artes de masas. No se trata de volver a la alta cultura reservada a unas élites económicamente acaparadoras, pero tampoco de extender la universalización de unos patrones culturales y estéticos de escasa calidad. ¿O sí? A lo peor se trata de la banalización estética y cultural propia de un sistema en el que priman los criterios economicistas y de nula reactividad frente a los desmanes del mismo. En definitiva, ausencia de crítica global al modelo de pensamiento único. Pero son los tiempos que corren.