Escritores contra las cuerdas

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Hemingway, Lord Byron o Conan Doyle alternaban la pluma con los guantes de boxeo

  

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Texto: Antonio ITURBE  

 

A los escritores, considerados (seguramente de manera errónea) como espíritus sublimes de una sensibilidad exquisita, les fascina la brutalidad de dientes rotos, narices deshechas y sudor de sangre del boxeo. Algunos escritores incluso se han subido al ring y han mirado la vida desde ese metro de altura que es la cima o el precipicio.

Se pueden desarrollar todo tipo de teorías metaliterarias de domingo por la tarde sobre la lucha del boxeador en el cuadrilátero y la lucha del autor a golpe de frase por contar una historia. Gilipolleces. Todo es más básico, menos teórico, más físico. El boxeo causa en los escritores la fascinación del fuego en los pirómanos, remite a lo primitivo, a lo más básico. Cuando estás en una ratonera cuadrada de cinco metros de lado sin un solo lugar donde protegerte de un tipo dispuesto a demolerte, todas las teorías se evaporan. El maestro de derribos Mike Tyson, campeón del mundo de los pesos pesados, lo explicó en una masterclass resumida en una frase: “Todo el mundo tiene un plan hasta que le sueltas la primera hostia”.

Lord Byron fue el arquetipo de escritor aristócrata y refinado, pero fascinado por la brutalidad del boxeo, que practicaba con estilo pero escasa agresividad. Se entrenaba semanalmente con el campeón británico John Jackson en una época en que se practicaba sin guantes. A pelo. Arthur Conan Doyle, médico de profesión que contagió su racionalidad a su gran Sherlock Holmes, practicó el boxeo de forma ocasional y le dedicó numerosos cuentos y la novela Rodney Stone, donde se describe el ambiente del boxeo de final del siglo XIX, cuando estaba prohibido y las veladas eran clandestinas y sin límite de asaltos: podían durar horas, hasta que uno de los dos combatientes caía o se derrumbaba.

Uno de los escritores más célebres por su faceta pugilística fue Arthur Cravan. En realidad, este aventurero fantasioso, sobrino de Oscar Wilde, no fue ni buen escritor (apenas publicó un puñado de poemas y algún cuento breve) ni buen boxeador, pero hizo de su propia vida una obra literaria. Presumía de tener el título de campeón de Francia de los pesos semi-pesados y al viajar a España en 1916 se encontró con otro ilustre visitante: el campeón estadounidense Jack Johnson. Cravan aceptó un combate con él en la Plaza de Toros de la Monumental de Barcelona, confiado en su boxeo de gimnasio señorial. Error. Jack Johnson, uno de los mejores boxeadores de la historia, era de hierro y tenía plomo en los puños. El combate fue una risa, una comedia bufa con un Cravan que trataba de cazar moscas y encolerizó al público, hasta que el campeón americano se aburrió de jugar y le soltó un guantazo en el sexto asalto que lo mandó a dormir.

Budd Schulberg, con pasaporte a la posteridad sobre todo por el guion de La ley del silencio, practicó el boxeo con intenciones incluso profesionales, pero no tenía suficientes cualidades. Sí tenía, sin embargo, un directo de derecha poderoso y una agresividad que hicieron recular a otro gallo de pelea como Ernest HemingwayHemingway era amante del boxeo pero solo hacía guantes con gente a la que podía dominar. No soportaba perder. En París había hecho algunos combates de entrenamiento con su colega y amigo John Dos Passos y a veces ejercía de árbitro su amigo Scott Fitzgerald.

Una noche en que le redoblaban las campanas en el cráneo de la borrachera que llevaba, se topó con Schulberg en una fiesta y, arrogante como era cuando quería, que era casi siempre, lo menospreció. Pensó que Schulberg se amedrentaría, pero pinchó en hueso. Se dijeron de todo, se amenazaron e incluso hubo zarandeos, pero fue Hemingway quien decidió dejarlo correr porque no estaba tan borracho como para no leer en los ojos del guionista la rabia de los boxeadores de verdad, los que están dispuestos a llegar hasta el final. Schulberg fue uno de los escritores que más ayudó a construir la leyenda negra del boxeo como pozo de corrupción, combates amañados y juguetes rotos con una de sus pocas novelas: Más dura será la caída, llevada al cine en 1956. Narra una historia que recuerda a la de nuestro Urtaín, tres décadas antes: los trapicheos de un tipo sin escrúpulos que quiere alzar a lo más alto a un grandullón con brazos fuertes, poca cabeza y ningún arte pugilístico. Y, entre medias, un periodista de poca monta, o ninguna, interpretado en el cine por Humphrey Bogart.

Hemingway no fue el único en despreciar a Schulberg, ni tampoco los colegas del Partido Comunista del mundo del cine a los que delató ante la inquisitorial comisión MacCarthy. Otro boxeador y escritor autóctono echaba pestes de él. Francisco Rodríguez Feus, "Rodri" en el mundillo del guante, tenía un cólico de riñón cada vez que se le nombraba la novela o la película de Schulberg: él había sido boxeador en los años 40 en una España donde nada era fácil. Siguió siendo un peso gallo correoso durante su larga vida en el boxeo, en tareas de entrenador nacional, mánager y después como formador de púgiles en su propio gimnasio, Estrellas Altas, en el barrio de la Zona Franca de Barcelona. Rodri creía que esa leyenda negra era cosa de gente que no conocía a fondo el boxeo, que amañar combates había sido algo muy excepcional agigantado por las películas de gángsters. En sus novelas, como El precio de la gloria o Segundos fuera, no idealizaba el boxeo, pero sí lo dignificaba. Una tarde, Rodri me llamó para pedirme que lo llevara en coche a una velada en L’Hospitalet donde iba a sacar a un joven debutante de 16 años. Al llegar me dijo que le había fallado el ayudante de la esquina y que me ocupara yo, que así me entraba gratis. Tomé el cubo de metal y la esponja y entré en las bambalinas del boxeo. Esa noche subí al ring, ni que fuera por detrás de las cuerdas, y solo en los intervalos del “segundos fuera” entre asaltos. Desde la esquina de Rodri y su pupilo, que era un niño con piel de hombre, tan solo se veía un cuadrado de luz insoportablemente intensa que iluminaba un sudor ácido de adrenalina y, alrededor, una inmensa masa sólida de oscuridad que no dejaba escapatoria.

Rodri nos dejó a final de 2017 y con él terminó probablemente para siempre el tiempo de los escritores boxeadores.