¿Y si Shakespeare y Cervantes se hubieran conocido?

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Ruiz Mantilla juega con la posibilidad de que estos dos genios de las letras llegaran a coincidir en su libro “El encuentro”

 

cervantes shakespeare 2

 

 

Texto:  David VALIENTE

 

Ciertas historias deberían haber sido escritas antes; ellas lo saben y por eso echan en cara a sus autores su cobardía. Tampoco las historias toman conciencia del reto que supone para el escritor sentarse delante de la mesa y comenzar a crear un relato sublime e imperecedero. Antes de poner en la última cuartilla la ansiada palabra “fin”, deben de estar convencidos de que el resultado final les dará cierto mérito, ya que, de ocurrir lo contrario, cabe la posibilidad de ser marcados por el sello de la impopularidad literaria.

Pero debemos comprender las ansias de los personajes de ficción. Los siglos transcurren, las sucesivas generaciones modelan el campo literario, los escritores se forjan e, inevitablemente, mueren. Igual les sucede a los lectores. Julio Ramón Ribeyro decía que un lector experimentado leía, antes de regalar sus huesos a la tierra, unos 4.500 libros, de los cuales pongamos que la mitad son historias que realmente merecen la pena ser releídas. Muchos personajes, que se alimentan primero de las ideas del escritor y, luego, sobreviven gracias a la recreación del aventurero que posa los dedos sobre los renglones, luchan indefectiblemente por cruzar el umbral para brindar con cava rosado junto a Edmundo Dantés, Raskólnikov o Guglielmo da Baskerville (aunque este último por su condición de fraile rehúse de brindar con cava y prefiera chocar cristales con agua del grifo), en el paraíso de los personajes ilustres. Un brindis por sus creadores. Sin embargo, la mayoría no superan las dendritas del escritor y un porcentaje alto de los personajes creados se pierden en las estanterías polvorientas y no llegan a cumplir sus sueños.

No obstante, Jesús Ruiz Mantilla, escritor y periodista, ha superado todas las trabas y muestra de ello es un pequeño librito de apenas 95 páginas publicado en Galaxia Gutenberg. Aún es pronto para saber si sus protagonistas, dos literatos de talla universal conocidos por todos, harán las maletas y se mudarán al paraíso de los personajes literarios ilustres, pero al menos Ruiz Mantilla merece todo el respeto del mundo porque ha elegido una historia difícil y la ha dotado de un lenguaje recurrente acorde a la ambientación de la novela, pero entendible para un lector medio.

Mantilla. PortadaEl valor de este libro reside en los diálogos, en las palabras que el mayor representante de las letras españolas y el más reconocido autor de habla inglesa intercambian en Valladolid. Javier Ruiz Mantilla crea una ucronía, mediante el encuentro ficticio de Miguel de Cervantes y William Shakespeare, nada desdeñable para cualquier persona interesada en adentrarse en el mundo de la creación literaria.

Y, ¿de qué manera llegó esta idea a su ordenador? Al final del libro, nos narra cómo un compañero de trabajo, que previamente había hablado con otro colega de profesión en común, le “dio caza en un pasillo” de la redacción del periódico El País. Los compañeros, Goyo Rodríguez y Juan Antonio Carbajo, pensaron que Mantilla podría escribir una serie de piezas que describieran una conversación ficticia entre Miguel de Cervantes y William Shakespeare. “No lo dudé. Dije sí de inmediato”. Lo que comenzó siendo un homenaje en las páginas de un diario a dos genios de la literatura, terminó convirtiéndose, cuatro años después, en un libro exigente, pues su elaboración, a parte de las horas de escritura y corrección, ha requerido infinitas horas de lectura e investigación. Por supuesto, para elaborar una ucronía con estos dos personajes se requiere leer sus obras, sino todas, por lo menos las más reseñables. Sin embargo, adentrarse en sus textos no es una tarea asequible a corto plazo, se necesitan años de lectura detalla y, a ser posible, de relectura: horas de disfrute, de recreación mental activa, son horas, incluso, de improvisación en el salón de casa, repitiendo los diálogos e imaginando encontrarse en Dinamarca o cabalgando pica en mano en los campos de Castilla.

“Sobre las biografías de Cervantes, menos en las de Shakespeare, planea la sombra de este posible encuentro”, nos advierte José Ruiz Mantilla por teléfono. Tanto la obra de Jean Caravaggio como la de Jordi Gracia se hacen eco de esta posibilidad, pues, en el siglo XVI, Inglaterra envía a España una delegación para firmar el Tratado de Londres, el cual ponía fin a años de recelos, pugnas y desgaste. De dicho séquito formaba parte William Shakespeare. Como nos dice Ruiz Mantilla: “un encuentro físico es política ficción”, aunque tampoco deberíamos tomarnos el hecho a la ligera, ni descartar que no mantuvieron siquiera un encuentro fortuito. Además, Shakespeare leyó El Quijote, por lo tanto quién nos asegura que no hizo una escapadita a Valladolid para conversar con el inventor de la novela moderna.

Circunstancias y lenguaje

Durante la charla, William Shakespeare plantea un tema capital en la literatura: recurrir al pasado en presente continuo o crear una ficción que refleje la realidad del escritor. Muchos autores afirman que el verdadero reto es representar su realidad, aquellas circunstancias sociales, económicas, políticas y culturales que marcan su estado individual y lo hacen partícipe de la gran obra teatral llamada vida humana. Pero, para Ruiz Mantilla “ninguna de las dos son convenientes y a la vez las dos lo son”. La realidad como material para la creación de ficciones fue la gran fuente creativa para los escritores del siglo XIX, sus obras, en muchas ocasiones, parecían reportajes líricos y dialogados. Al comparar la realidad del momento con las descripciones de las obras, se dirimen las marcadas líneas entre realidad y ficción, que hasta el movimiento anterior estaban bien claras. No obstante, recrear fidedignamente la realidad “es muy poco cervantino”, nos aclara Ruiz Mantilla. El Quijote, en palabras de Ruiz Mantilla, representa el vuelo continuo de la imaginación sobre la realidad, camina entre las sendas del delirio y del sentido común.

Por su parte, Ruiz Mantilla, para la elaboración de novelas se decanta por las claves cervantinas, aquellas que “someten a juicio la realidad desde la imaginación- apunta-. En esto reside la genialidad cervantina”.

Tan importante como el lenguaje empleado es el contexto de la novela, tanto el que enmarca el desarrollo de la acción como el que presiona al escritor. Las personas conocedoras de la Historia moderna sabrán que el siglo XVI está marcado por duros conflictos. Las guerras asolaban el viejo continente, nada nuevo para una tierra acostumbrada al derramamiento de sangre, pero eso no quita que se produzca estrés social, desaceleración económica y desquite político. Momentos como estos, cuando en el horizonte se ve un nubarrón tormentoso, benefician, aunque para algunos resulte incomprensible, a unos pocos creadores que, podríamos decir, hacen del conflicto su forma de vida. “Una obra sin conflicto es un coñazo- se queja Ruiz Mantilla-, toda obra surge de un conflicto que no tiene por qué ser resuelto, esta labor no le corresponde al novelista, sino al filósofo”. Cuestión aclarada en el libro.

Más allá de la guerras entre estados, los conflictos que afligen a los dos colosos se encuentran depositados dentro de su ser, aunque, en cierta manera, se originen en el espacio habitado; les importan poco, quizás como mero escenario para sus obras, las guerras entre los dos países; su atención se deposita en chances personales, componentes de su profunda vida interna, nada despreciables y ocultos en los rincones menos esperados. No es baladí que a un padre se le muera un hijo, como le ocurrió a William Shakespeare, o que la relación matrimonial se encuentre en las últimas; tampoco se debería menospreciar que una persona participe en una batalla y resulte herido gravemente, o que pasara una parte de su vida encerrado en la cárcel, privado del valor más adorado por el ser humano: la libertad. Todo marca a la persona y determina en gran medida el carácter de su obra, no es una mera cuestión de lenguajes, son los vuelos que en determinado momento se deciden emprender.

Del teatro a la novela

Durante siglos, el teatro marcó las tendencias literarias de la sociedad. Los grandes dramaturgos eran respetados y queridos por un público exigente que, la mayoría de las veces, arrastraba a los corrales las miserias de su vida; las artes escénicas les servían para escapar de una realidad díscola y abrumadora. Algunos dramaturgos españoles han conseguido hacerse hueco en el exclusivo club de los literatos universales, por esto nuestra cultura ha contraído una deuda de gratitud con ellos. “El teatro debe su éxito a una capacidad inherente de escenificar la palabra, convertirla en una fábula viviente y comprensible para un grueso social- comenta Mantilla-, motivo por el cual no puede resultarnos casual el gran prestigio que tuvo Lope de Vega y el gran éxito económico que alcanzó, estaba forrado”.

Aún así, encontramos en la naturaleza intrínseca del teatro sus propios límites. De esta forma, Cervantes describe a Shakespeare el panorama teatral español, no sin cierta desazón por parte del creador del Quijote: “los aparatos de un autor se cerraban en un costal (…). Las comedias se reducían a unos coloquios como églogas entre pastores y pastoras que se aderezaba con algunos entremeses en los que se hacía escarnio de bufones, bobos o vizcaínos. (…) A nadie se le ocurría meter figura que viniera a salir del centro de la Tierra o ángeles que bajaran al cielo”. Cervantes apenas tuvo éxito como dramaturgo, El Quijote lo salvó del olvido seguro y salvó también a las futuras sociedades.

Y justo a tiempo, pensaremos. El genio cervantino, ante lo repetitivo y a ratos banal del teatro, se adentra en un género que se le presentó como un vergel literario, prácticamente inexplorado y cargado de infinidad de posibilidades. Como muchas de las innovaciones que realmente producen cambios sustanciales, Cervantes no sabía hasta dónde iba a llegar cuando tomó la pluma y garabateo con la tinta húmeda esa primera frase que todo español conoce: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”. “Cervantes inventa la novela moderna sin querer, simplemente quería escribir una historia, ni se imaginaba hasta donde iba a llegar con su Quijote; o tal vez lo intuyera un poco”, confirma Ruiz Mantilla.

Pero no debemos de tomar esto como el triunfo de un género sobre el otro, o como la victoria de Cervantes sobre el genial Shakespeare, en términos tales no existen los ganadores ni los vencidos; es un proceso natural de aclimatamiento: las sociedades cambian de la misma manera que las formas de ver, comprender y expresar la vida. Por lo tanto, este paulatino cambio de género responde a la necesidad de transmitir, de manera opuesta a como lo hicieron sus predecesores, esos cambios. De todos modos, el género “sustituido” se mantiene en el ámbito literario, con menos protagonismo, pero activo y disfrutón. Lo mismo sucedió con Homero, superado por los tres gigantes del teatro griego. Aún así sus poemas se continuaron recitando y tanto Eurípides como Sófocles apreciaron la obra del bardo.

Shakespeare, ¿posible pupilo de Cervantes?

Tal vez ese agotamiento del género sea la razón que condujo a Shakespeare a presentarse en casa del manco de Lepanto, una búsqueda desesperada de materiales que le permitan pergeñar un nuevo drama. Cervantes, receloso de las preguntas del creador de Hamlet, asume, a veces muy a su pesar, el papel de maestro. Por definición el maestro depende de un alumno para sustentar su condición, sino sería un mero mercachifle del conocimiento barato; razón de sobra para hacer de Shakespeare, en la novela, un pupilo, aventajado, sin duda, pero al fin y al cabo un discípulo de los muchos que buscan en otras personas un referente para domesticar cualquier disciplina.

De otra manera, Shakespeare no pudo elegir mejor pedagogo, no solo por su excelente creación literaria, sino también por su experiencia vital: Cervantes superaba a Shakespeare en años y en vivencias personales. Para empezar, el creador del Quijote cumplió el sueño de todos los artistas del momento: visitar Italia y conocer de primera mano los rincones menos accesibles de su cultura. “Italia, en el siglo XVI, era el Hollywood de ahora; la meca de la cultura, aquel lugar donde todos hemos estado, pero que, sin embargo, nuestros pies nunca han pisado”, apunta Ruiz Mantilla. William no contempló ninguna de las ciudades representadas en sus obras, pero siempre tuvo Italia en sus pensamientos y, como cualquier artista del momento, aprovechaba las conversaciones con personas que sí habían estado para interrogarles sobre el encanto mágico de aquel país bañado por el mar Adriático y el Tirreno. Conversaciones como la que Ruiz Mantilla nos muestra en su libro “eran el recurso empleado por todos los artistas ávidos de conocimiento grecorromano”, nos confirma el autor.

La cultura clásica cimentaba la estética de la Modernidad, o en palabras del mismo autor: “La Modernidad es un paso más allá de la tradición grecolatina”. Dicho esto, todo artista de la época que deseara el respeto de sus compañeros debía conocerse al dedillo los textos fundamentales de la cultura clásica, desde Homero, pasando por Aristóteles y Ovidio, y finalizando con Cicerón y Séneca; “por poner un ejemplo, sabían de memoria La poética de Aristóteles”, concluye Ruiz Mantilla.

Y es que El Quijote es un compendio vital hecho letra, tinta y papel, cuya simiente son las experiencias de Cervantes marcado por sus pensamientos, sus frustraciones, sus penalidades, sus fracasos, sus amoríos y desencuentros; también por todas las profesiones que a lo largo de sus 68 años desempeñó, pues en El Quijote nos encontramos al Cervantes soldado que perdió la mano izquierda en Lepanto, al recaudador de impuestos inmerso en turbios asuntos de corrupción, al reo de los baños de Argel. Cervantes era extremadamente culto y prueba de ello es la confluencia de la estética clásica y del intelectualismo moderno en los capítulos del Quijote.

“Cervantes baja de las nubes un género como la novela que, hasta el momento, mayoritariamente había cantado las hazañas de los caballeros con armadura- reflexiona Ruiz Mantilla-; rompe en gran medida con la tradición caballeresca, desafiando cualquier límite. El Quijote es un ejemplo aún vivo de lo ilimitado de la novela moderna, todo cabe, desde gastronomía a viajes en un plano prosaico, a pacifismo y discursos belicistas, en un plano metafísico. En la novela entra todo, siempre y cuando se haga bien”. Fue algo que entendió Shakespeare tras leer el Quijote, ya que calificó a la obra como cabal y realista. Qué diferencia más abismal de lo contado en las clases del colegio, donde Don Quijote no pasa de ser un viejo loco acompañado de un solícito barrigón.

¿Qué ocurrirá con la novela?

Javier Ruiz Mantilla, conscientemente o inconscientemente, con sus palabras ha abierto la vereda de la reflexión. La primera pregunta que deberíamos hacernos: ¿de verdad la novela no tiene límites? Si la respuesta es afirmativa, entonces, la novela cuenta con sus propios mecanismos para depurar los elementos que no satisfagan a las futuras generaciones. Esto obligará a los novelistas a trabajar en la ardua e infinita misión de reconocer esos mecanismos y potenciarlos adecuadamente. De lo contrario, si la novela quedará destronada por puro colapso, porque sean explotados al máximo sus límites, nos deberíamos hacer otra pregunta: ¿cómo queremos que finalice el ciclo de la novela? No es igual que su destronamiento se produzca en un clímax, con una novela de similares características creativas que El Quijote, a que los novelistas den la espalda al largo camino recorrido con obras que produzcan la mayor displicencia en el lector.