Se lo firmo con Birome

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texto de RAÚL ARGEMÍ

La Birome se instaló en el idioma de los argentinos con tal fuerza que hoy la piden agregando, si son meticulosos, la marca comercial. En el origen, la Birome era algo que se compraba sobre todo a los vendedores callejeros, y estaba prohibida en los colegios y los bancos.

En los bancos, porque su tinta era tan grasa, tan tendiente a no secarse nunca, que era posible copiar, literalmente, cualquier rúbrica que se hubiera hecho con ella, recurriendo a rodarle encima un huevo duro sin cáscara. Rodando luego el huevo duro sobre un cheque, por ejemplo, la firma quedaba perfecta. Eso no fue inventado en Argentina, era un método usado, entre otros, por los judíos del gueto de Varsovia para falsificar papeles que les podían salvar la vida.

Y en las escuelas, los colegios, era anatema, porque, por la misma particularidad, cuando se cerraba el cuaderno lo escrito se copiaba, al revés, como en el mundo de Alicia o los textos de Leonardo Da Vinci, en la página frontera. Con lo que los cuadernos podían convertirse en algo cercano al surrealismo, nada más alejado de la formalidad escolar.

Lo que estaba permitido, en ambos casos, eran unos tinteros que dos por tres, o día por medio, terminaban vomitando tinta azul en la ropa de los escolares, y unas plumas que raspaban el papel hasta hacer chirriar los dientes del que pasaba por un banco. Pero no la Birome.

 

Bolilla y tinta grasa

¿Por qué esta referencia a la Birome? Porque en el número-inauguración de Librújula se afirmó que el inventor del bolígrafo fue un periodista argentino, y el tema “birome” es tan sensible para un argento como para un español la invención de la fregona o el futbolín. Probablemente mayor, ya que la soberbia connacional está claramente documentada en centenares de chistes, y porque, hablando en serio, nadie puede comparar sensatamente la fregona con el bolígrafo. Con el bolígrafo, la Birome, como con el pa amb tomàquet o la paella, no se juega; tema en el que seguramente coincide hasta el Papa Francisco.

En el principio no fue el verbo, sino un argentino descendiente de los barcos, o sea borgiano, que se llamaba László József Bíró. Que pudiera haber sido periodista, como afirmó este futuro afamado medio, es lo de menos. De lo que no hay dudas es que era inventor, por lo que venía a ser de la familia del escritor –y periodista (los escritores recaemos en ese oficio para llenar la olla– Roberto Arlt, autor de Los 7 locos, novela en la que atribuye a su héroe, Erdosain, varios de sus inventos fallidos, como la rosa de cobre. Como un Arlt pasado de rosca, Erdosain soñaba también con la corbata metálica, que no necesitaba planchado, y teñir perros de azul, verde o colorado, a gusto de sus dueños. En esos años inaugurales del siglo XX eran muchos los que querían inventar algo que los sacara de pobres.

Lo cierto es que José Biro, aparte de ser vendedor a domicilio, escultor, agente de bolsa e hipnotizador, entre otros oficios, había patentado en Hungría, en 1938, una lapicera que usaba, en lugar de pluma y tinta líquida, una bolilla y tinta grasa. Con la guerra del 40, y porque era judío, él y quién sería la partícula “Me” de su invento, su socio Juan Jorge Meyne, llegaron a Argentina, y se pusieron a hacer lo que mejor sabían, inventar y fabricar.

Cuando comercializaron su Birome, los libreros consideraron que esos “lapicitos a tinta” eran demasiado raritos como para venderlos como herramienta de trabajo, y los vendían como juguetes para chicos. Es cierto, y quien firma esta crónica es testigo, que tenían algunos inconvenientes. En verano la tinta tendía a licuarse, y en medio de una palabra se producía un derrame lamentable. Por lo contrario, en invierno quería ponerse sólida y no descendía, a no ser que el paciente usuario desarmara la Birome y frotara el tanque entre las palmas de la mano, como si fuera un troglodita haciendo fuego con dos palitos. Por otro lado, la industria local no conseguía hacer bolitas, rodamientos, tan pequeños y perfectos como se necesitaban, con lo que la Birome se trababa a cada rato; y las bolitas fabricadas en Alemania costaban más que la birome entera. Así, la Birome quedó condenada a la venta callejera, en un remoto país del Cono Sur, más bien como algo para que los chicos hagan garabatos y se ensucien hasta las muelas.

Entre Faber y Bic

Recién en 1943, la birome se convirtió en algo tan común y universal. Biro y Meyne acordaron una licencia de su patente con Eversharp Faber, de los Estados Unidos, por una suma para salir de pobre: dos millones de dólares. Y unos años más tarde, en 1951, hicieron lo mismo con Marcel Bich, fundador de la Bic, de Francia. Dos empresas se repartían el mundo del naciente bolígrafo.

Con medios para hacerlo, estabilizaron los caprichos de la tinta y al poco Bic sacó la primera Bic Documental. Se podían firmar documentos y cheques sin que un huevo duro sin cáscara pudiera copiar la rúbrica. Igual, en lo escolar, aún pasarían unos años para que fuera admitida.

László József Bíró, argentino descendiente de los barcos, como atestigua ese montón de acentos en su nombre y apellido, murió en 1985, y llegó a la Wikipedia por ser el inventor del bolígrafo. Otros inventos, como una boquilla para cigarrillos antitóxica, una máquina para lavar ropa, una caja de cambios automática, un dispositivo para aprovechar la energía de las olas, o un perfumero con el principio de la distribución por bolilla, padre de los actuales desodorantes de bolilla, quedaron en las sombras.

Con lo que queda claro que el bolígrafo, el “boli”, arrancó su carrera en Buenos Aires y que los argentinos, como Biro y Meyner, son como los gallegos, que, según dicen, nacen donde se les da la gana. Con lo que más de un relato, novela o ensayo, hoy les deben mucho a aquellos inventores. Ya nadie imagina vivir sin bolígrafos. Lo afirmo y se lo firmo… con Birome, claro.