¿Para qué sirve la política?

 

La feroz crisis económica ha puesto en la picota el papel jugado por la política. * La democracia parece haber entrado en una suerte de crisis terminal si atendemos a los numerosos ensayos que teorizan sobre la imperiosa necesidad de una regeneración del sistema. * En Ceguera moral (Paidós), Bauman y Donskis anticipan la sustitución de los partidos políticos por grupos semirreligiosos o corporaciones politizadas barnizadas de un vago sectarismo posmoderno. * José Ignacio Torreblanca, en Asaltar los cielos. Podemos o la política después de la crisis (Debate), reconoce el mérito del mencionado partido devolviendo –en positivo o negativo– el interés por la política a una sociedad mortecina y de espaldas a la misma. * Para Josep María Colomer, autor de El gobierno mundial de los expertos (Anagrama), la gobernanza mundial existe y es razonablemente eficaz, aunque conviene resaltar la transformación elitista de alguno de estos selectos clubs (G-8, FMI, Banco Mundial, Consejo de Seguridad y miembros permanentes como VIPS). * Uno de los más graves desafíos que deben ser atendidos por este “directorio” mundial es el del cambio climático, cuestión que Naomi Klein aborda brillantemente en Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima (Paidós).

 

texto JOSÉ ÁNGEL LÓPEZ

La feroz crisis económica que nos ha asolado en los últimos años –¿por qué hablaremos de ella ya en pasado?– ha puesto en la picota el papel jugado por la política como mera actividad comparsa de los designios de los amos económicos del universo. En este contexto, la democracia, sistema identificado como un mero modelo de alternancia de un conjunto de partidos políticos, parece haber entrado en una suerte de crisis terminal –si atendemos a los numerosos ensayos que teorizan sobre la imperiosa necesidad de una regeneración del sistema, recuperando el papel protagónico de la actividad política–. Pero en ningún caso entendiendo la mencionada actividad como un mero posicionamiento –a favor o en contra– de la cerradas ofertas partidistas, cuyo principal objetivo se sitúa en la conquista del poder, en su propio crecimiento y en favorecer los intereses de clase de su propia militancia y electorado, alejándose del bienestar público general (véase al respecto la obra de Simone Weil Nota sobre la supresión general de los partidos políticos, ed. Olañeta, que no ha perdido ninguna vigencia pese a publicarse en 1942).

A este respecto parece existir una brecha insalvable entre lo que la política debe de plantear –lo que debe hacerse– y detentar el poder como capacidad para poder ejecutar estas decisiones. Este divorcio claro entre ambas esferas y la “insensibilización” del lenguaje político, tanto de las instituciones como por parte de las personas que deberían liderarlas, está hiriendo de muerte la credibilidad en la figura de los gobernantes. Esta es una de las tesis sostenidas por Bauman y Donskis en su último ensayo (Ceguera moral, Paidós). Es el principal motor de la movilización de un número cada vez mayor de población en contra de “la impotencia y la ineptitud excesivas de la maquinaria política” que, sabiendo lo que no quiere, no conoce lo que hay que hacer; aunque no hay creación sin una previa destrucción. Su previsión no resulta muy reconfortante: podemos asistir a la sustitución de los partidos políticos por grupos semirreligiosos o corporaciones politizadas barnizadas de un vago sectarismo posmoderno, que usurpen esa legitimidad y representación democrática partidista. También puede acontecer, como en la escena política española, que asistamos a la irrupción de nuevas formaciones políticas en el panorama electoral (Podemos, Ciudadanos). Asistimos a una mixtura de hastío hacia las formas de los partidos tradicionales, hartazgo por la corrupción que los inunda y necesidad de ofertas alternativas que reclaman otra forma de hacer política desde postulados bien diferentes en su relación con el sistema.

 

Podemos, ante el pacto

El fenómeno –es el calificativo más utilizado en este caso– de Podemos es analizado por José Ignacio Torreblanca en Asaltar los Cielos. Podemos o la política después de la crisis (Debate). Apoyándose en la frase de Marx para calificar los hechos acontecidos en La Comuna de París –que a su vez había tomado del poeta Hölderlin–, el autor reconoce el mérito del mencionado partido devolviendo –en positivo o negativo– el interés por la política a una sociedad mortecina y de espaldas a la misma. El trabajo analiza las condiciones de triple crisis que han permitido y explicado el surgimiento de este movimiento, comparándolo con modelos similares en Europa; rastrea la formación académica de sus líderes y sus diversas experiencias políticas en diferentes países, así como la decisión de presentarse a las elecciones europeas de 2014; el motor ideológico y táctico de la formación también es analizado para evidenciar cómo, en una suerte de populismo de nuevo cuño, pueden darse simultáneamente unas características netamente abiertas y asamblearias en su estructura con un control centralizado y férreo. También realiza previsiones de futuro sobre la importancia relativa de su contenido programático si consigue conectar con amplías capas sociales que puedan otorgar a esta formación un papel clave en el desmantelamiento del sistema político español nacido en 1978. Al respecto, Torreblanca realiza una serie de previsiones de escenarios políticos tras las elecciones generales en España; entre ellos le resulta más plausible aquel en el que Podemos conseguiría irrumpir con fuerza en el sistema, rompiendo el tradicional bipartidismo pero sin alcanzar unas cotas que le permitan acariciar un poder cuyo éxito consistiría en “obligar a los demás partidos a decidir si gobernar juntos, y así confirmar las acusaciones de casta que se atrinchera, o a entrar en un nuevo juego de alianzas y coaliciones con consecuencias por descubrir”; es decir, a la cultura del pacto.

 

¿Gobierno mundial? No, gracias.

Si en los niveles de estatalidad –nacional o plurinacional– el retorno a la política se plantea como una urgente necesidad que canalice las lógicas demandas de participación de la ciudadanía en las decisiones comunales, la comunidad internacional también plantea serios interrogantes: ¿quién gobierna el mundo?, ¿bajo qué parámetros?, ¿es democrática la toma de decisiones en la sociedad internacional?. Josep María Colomer se plantea estas cuestiones en su ensayo El gobierno mundial de los expertos (Anagrama). Partiendo de un análisis histórico de la evolución de la comunidad internacional y su acelerada tendencia durante el siglo XX a la creación de numerosas organizaciones internacionales –en especial desde la creación de Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial–, la tesis principal de Colomer descansa en que la gobernanza mundial existe y es razonablemente eficaz. Esta reside en el reparto que se realizan las diversas instituciones de las funciones básicas de un sucedáneo de gobierno mundial –inexistente y no deseable, por otra parte–; básicamente en los asuntos económicos pero también en cuestiones de seguridad internacional, relaciones internacionales, transporte, comercio internacional y tantos otros. El déficit democrático de alguna de las mencionadas instituciones no se traduce, a juicio de Colomer, en una falta de representatividad o de controles externos. Sin embargo, conviene resaltar la transformación elitista de alguno de estos selectos clubs (G-8, FMI, Banco Mundial, Consejo de Seguridad y miembros permanentes como VIPS). La síntesis del gobierno mundial pasaría por la representación cualitativa de los países mediante turnos y votos ponderados, el gobierno de los expertos, el consenso en políticas públicas, los mandatos imperativos y la rendición de cuentas de los gobernantes.

Precisamente uno de los más graves desafíos que deben ser atendidos con carácter inmediato por este “directorio” mundial es el del cambio climático y los problemas medioambientales de especial gravedad. Naomi Klein aborda brillantemente esta cuestión en su reciente trabajo Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima (Paidós). En línea con lo abordado ya en La doctrina del shock,Klein pone el acento en el desenfreno de un capitalismo desbocado que arrasa ecosistemas y pone en peligro extremo de extinción los fundamentos climáticos del mundo, actuando como si los recursos naturales fuesen ilimitados y no fuésemos meros usufructuarios de un entorno que demos legar a las generaciones venideras. El movimiento climático ya sitúa entre los crímenes internacionales la burla, por parte de gobiernos y corporaciones, de los compromisos internacionales sobre el clima.

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