Los fantasmas de la guerra

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En este año de conmemoraciones épicas, la batalla de las Ardenas (16-12-1944 / 29-1-1945) recibe una nueva mirada por parte de los historiadores militares. * Christer Bergström (1958) ha conseguido con Ardenas. La Batalla (Pasado&Presente) un obra impresionante. * El historiador sueco parte de la premisa de que los alemanes construyeron un buen ataque, que sembró el desconcierto entre las filas estadounidenses y provocó síntomas de pánico entre los aliados. * En el avance hacia Bastogne, el general Patton perdió muchos tanques, y este fracaso se ha ocultado en la historia. * Fue entonces cuando Churchill pidió ayuda a Stalin: el ataque soviético a gran escala provocó que Hitler trasladara sus mejores fuerzas al Este y perdiera su iniciativa en las Ardenas. * Antony Beevor, en su último título, Ardenas 1944. La última apuesta de Hitler (Crítica), aborda la Batalla del Bulge (del Saliente) desde otros ángulos. * Pone la atención el británico en la disensión entre el mando Aliado, y especialmente la animosidad de varios generales estadounidenses con Montgomery. * Referencia con detalle las bajas producidas, que cifra en torno a 80.000 por bando. Las civiles alcanzaron, entre muertos y desaparecidos, más de 23.000. * Poco conocido es el hecho, que explican Beevor y Bergström, de que en las Ardenas prestaron servicio en primera línea unidades formadas íntegramente por soldados afroamericanos.

 

texto FRANCISCO LUIS DEL PINO OLMEDO

La chatarra bélica que se yergue monumental como imperturbable custodio de la historia en las Ardenas resucita en el análisis de una de las batallas más duras y sangrientas de la Segunda Guerra Mundial. Atravesando el viejo blindaje de los carros Tigres, Panther y Sherman aparecen nuevas interpretaciones de los hechos. Los libros, como siempre, disparan la penúltima bala.

En este año de conmemoraciones épicas, los fantasmas de la guerra vuelven a cobrar vida recreando todo el horror y supuesta gloria que yacen enterrados en los campos del mundo entero. En este contexto, la batalla de las Ardenas (16-12-1944 / 29-1-1945) recibe una nueva mirada por parte de los historiadores militares y, en el caso del sueco Christer Bergström, supone una de las mayores aportaciones al tema.

Desconocido en España hasta ahora, Bergström (1958), autor de veinticinco libros sobre la Segunda Guerra Mundial –contienda que ha estudiado durante cuarenta años–, ha conseguido con Ardenas. La Batalla (Pasado&Presente) un obra impresionante por su profunda inmersión y minuciosidad, que hacen de este volumen que ronda las ochocientas páginas un modelo apabullante en su género.

Los méritos de este libro son muchos, pero sobresalen el poner al descubierto los errores cometidos anteriormente por los historiadores. Christer Bergström, que posee una base documental importante, demuestra ser más objetivo que la mayoría de los autores anglosajones que han trabajado sobre la batalla. Probablemente, por no pertenecer a ninguno de los países en liza, su distanciamiento aporta un mayor rigor y verosimilitud a la interpretación de los hechos.

El historiador sueco parte de la premisa de que los alemanes construyeron un buen ataque en las Ardenas, consecuencia de un plan brillante y cuidadosamente preparado, uno de los mejores de la guerra. Supieron ocultar un gran ejército sin que los aliados se percataran, cuando estos los creían al borde la extenuación física y psicológica.

El ataque del día 16 de diciembre de 1944 con el objetivo de tomar el puerto de Amberes y dividir a los ejércitos aliados, creando un nuevo Dunquerque que cambiase el curso de la guerra a su favor, lo iniciaron los alemanes con una gran moral de combate; sembró el desconcierto entre las filas estadounidenses y, ante su progresión en días posteriores, provocó síntomas de pánico entre los aliados. Tanto que el jefe supremo aliado, “Ike” Eisenhower, pensaba que si no llegaban recursos pronto podrían perder la guerra. Ese temor lo sintió también el general Patton el día 4 de enero de 1945, después de que fracasara su contraataque iniciado el 22 de diciembre, en el que todas sus divisiones tuvieron problemas ante una división de paracaidistas (Fallschirmjager) alemana.

Por otra parte, Patton no liberó –como se ha dicho siempre– la sitiada ciudad de Bastogne, no hizo falta, pues las tropas aerotransportadas estadounidenses, las famosas “Águilas chillonas” de la 101ª, y sus camaradas de la 82ª, más una mezcolanza de unidades de infantería, artillería y otros servicios, resistieron con firmeza y valor el empuje alemán.

En el avance hacia Bastogne, precisamente, perdió el general Patton muchos tanques, y este fracaso, apunta el especialista sueco, se ha ocultado en la historia. Otra de las cuestiones en las que Bergström disiente (de los historiadores) es en la actuación del mariscal Montgomery, figura generalmente denostada por la historiografía estadounidense que lo describe como un miedoso reacio a atacar. Según él, si “Monty” hubiera mandado hacerlo, los aliados habrían sufrido muchos problemas, porque los alemanes tenían grandes fuerzas. Para el historiador sueco, Montgomery era el único que calibraba acertadamente la situación en el Mando Aliado.

En la historiografía aliada, la batalla de las Ardenas acaba prácticamente en la Navidad del 44, pero a primeros de enero de 1945 los alemanes dieron otra sorpresa con un gran ataque aéreo –participaron unos seiscientos aparatos de distinto tipo– sobre los aeródromos aliados. El raid, pese a no contar con los más experimentados pilotos, que se encontraban en el frente del Este, constituyó un gran éxito para los alemanes, lo que les permitió retomar la iniciativa; fue entonces cuando el Premier británico Winston Churchill pidió ayuda a Josif Stalin, que estaba planificando la ofensiva del Ejército Rojo para el 20 de enero, quien a consecuencia de esta llamada urgente de socorro la adelantó al día 12. El ataque soviético a gran escala provocó que Hitler trasladara sus mejores fuerzas al Este y perdiera su iniciativa en las Ardenas. Pero aun así hubo grandes y sangrientas batallas de tanques, que no se encuentran reflejadas en ningún otro libro de los publicados en los últimos años.

A juicio de Christer Berstrom, los estadounidenses han falsificado la historia; explica que ha recibido muchas confirmaciones de lo que narra en su libro –publicado en Suecia y también en inglés en 2013– de veteranos norteamericanos que combatieron allí, sobre las durísimas condiciones y terribles combates librados. La aparición de nuevas armas como la Pozit estadounidense de espoleta retardada, y el Sturmgewehr 44 (fusil de asalto alemán) añadieron más sufrimiento a una lucha cruel y muchas veces sin cuartel.

También manifiesta el autor sueco que Adolf Hitler entendía mucho mejor la estrategia y táctica de lo que dice la historiografía aliada y soviética. Sin que ello suponga la mínima concesión a errores tales como la orden que dio a Otto Skorzeny para la disparatada operación de comandos en su desastrosa tentativa contra Malmedy. O haber privilegiado a las Waffen-SS dotando a sus unidades del mejor material blindado disponible, y encargarles la dirección del ataque, cuando se demostraron en la práctica muy por debajo de las veteranas y eficaces unidades Panzer de la Wehrmacht en las Ardenas.

Este es, en definitiva, un libro que sorprende por la calidad de su exhaustiva investigación, cuyo aporte sustancial hace reflexionar con mayor conocimiento de causa sobre la que fue una terrible embestida de acero y fuego que asoló esa parte de Bélgica. Y que puede considerarse una victoria estratégica alemana por el retraso que causó a los planes de ataque de los Aliados. El autor deja al final del libro una inquietante sospecha: de haber durado la guerra un par de semanas más, “lo más probable es que en nuestros libros de historia figurasen los nombres de dos ciudades alemanas en lugar de Hiroshima y Nagasaki”.

 

Otra mirada

Antony Beevor es sobradamente conocido en nuestro país. En su último título, Ardenas 1944. La última apuesta de Hitler (Crítica), el antiguo oficial de carros (durante cinco años fue oficial en el prestigioso 11º de Húsares), aborda la Batalla del Bulge (del Saliente) desde otros ángulos, aunque comparte con Bergström bastantes elementos.

Pone la atención el historiador británico en la disensión entre el mando Aliado, y especialmente la animosidad de varios generales estadounidenses con Montgomery a causa de su egocentrismo y desprecio. Referencia con detalle las bajas producidas, que cifra en torno a 80.000 en cada bando (las británicas fueron de 1.408 hombres). Las civiles alcanzaron, entre muertos y desaparecidos, más de 23.000.

Beevor afirma que no solo Hitler, sino la mayoría de generales alemanes, creían que los estadounidenses se retirarían desordenadamente hacia el Mosa y que se defenderían desde allí. No previeron, sostiene, que la denodada defensa de los flancos norte y sur obstaculizaría decisivamente sus movimientos y cortaría sus líneas de abastecimiento a lo largo de una red de carreteras inadecuadas y con un tiempo espantoso. A su juicio, la mayor equivocación alemana en la ofensiva de las Ardenas fue juzgar erróneamente “a los soldados de un ejército al que fingían despreciar”.

Poco conocido es el hecho, que explican Beevor y Bergström, de que en las Ardenas prestaron servicio en primera línea unidades formadas íntegramente por soldados afroamericanos. “El 969º Batallón de Artillería de Campaña recibió la primera Citación de Unidad Distinguida concedida a una unidad de combate negra durante la Segunda Guerra Mundial”. Su sangre tiñó igual que la de los soldados blancos de su país la nieve de ese rincón de Bélgica.