Lisa Lovatt-Smith: había que estar allí

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Siempre me ha resultado inspiradora esa famosa frase, atribuida al fotógrafo Weegee, que decía que el secreto de una buena fotografía era “f8 y estar allí”. Esto significa que, si la foto está más o menos enfocada (un valor de diafragma f8 ayuda a conseguirlo), lo crucial en una buena instantánea es estar en el lugar adecuado, en el momento preciso. Weegee se hizo famoso por sus fotos sórdidas de la noche en Nueva York, muchas de ellas relacionadas con escenarios de crímenes, a los que el reportero gráfico llegaba antes que la policía (escuchaba las frecuencias de la jefatura y acudía veloz, cámara en mano, a los escenarios que le interesaban).

Recientemente tuve la oportunidad de hacer unas fotos a Lisa Lovatt-Smith. Presentaba un libro llamado Mañana quién sabe (Turner). Su caso, el de una directora de Vogue que lo deja todo para dedicarse a los niños huérfanos de Ghana, nos resultaba muy interesante en Librújula, hasta el punto de que decidimos grabar un pequeño testimonio en vídeo. Compatibilizar foto y vídeo es lioso, es mejor hacer una cosa u otra. Acudí a la cita con la mente puesta en lo segundo, me llevé solo un objetivo de 85 mm y una pantallita de luz pequeña. En realidad, de forma subconsciente, casi había abandonado la idea de hacer una foto. Trataría de conseguir un buen testimonio en vídeo y, al final, tiraría dos o tres fotos por tenerlas. Era un día complicado, venía de lejos, tenía poco tiempo, mil líos... Llegué a la sede de Turner, la editorial en que tenían lugar los encuentros con la prensa, donde me recibió amabilísima Lola Martín. Mientras Lisa terminaba una entrevista hicimos una rápida localización. Yo tenía la mente puesta en el video y no pensaba mucho más allá. Una ventana, alguna pared blanca... algo que deje el testimonio centrado el Lisa... Encontré un lugar, puse el trípode, micro... El vídeo está repleto de exigencias.

 



Apareció Lisa en la estancia elegida. Me dio una impresión muy buena, parecía alguien con muchas cosas que contar. Lola leyó las preguntas y me limité a grabar las respuestas. Su discurso era impecable. Lisa está muy acostumbrada a estos saraos. Me hizo varias observaciones muy acertadas sobre dónde poner la mirada o cómo mejorar el cuadro. Respondió sin titubeos a las preguntas y al finalizar dije: “Bueno, ahora haré un par de fotos y ya está”. El siguiente medio ya estaba esperando, no quería retrasarme. Hice un cálculo rápido y práctico de luz. Mientras organizaba el encuadre dije algo sobre la luz rebotada en el techo, casi para mis adentros. Lisa, que sabe un montón, comentó que era buena idea aumentar el tamaño de la fuente de luz para minimizar detalles, a muchas modelos les encanta. “¿Sabes? –dijo–, los buenos fotógrafos dejan escoger las fotos a sus modelos porque son ellas las que mejor saben qué es lo que funciona, dónde están mejor”. En ese momento yo ya tenía claro que Lisa hubiera sido una interlocutora genial, que me hubiera enseñado cosas estupendas, y que había invertido mi tiempo en un vídeo que me resultaba, desde el punto de vista fotográfico, poco estimulante. Lisa, sin la cámara grabando sus respuestas, lanzó un nuevo registro menos formal y más pasional, me habló de cuando posó para Helmut Newton o cómo trabajó con Cartier Bresson. Caramba, tenía ante mí a una editora gráfica extraordinaria, había estado con los mejores y sabía muchísimo de imagen (esto no me suele ocurrir con los escritores). Una oportunidad única y yo me disponía a disparar tres fotos veloces para salvar el expediente. Qué mal. Creo que Lisa intuyó mi frustración y me dijo: “No vamos a hacer dos fotos rápidas, me gusta lo que me cuentas, he visto tu trabajo [había un catálogo de una expo que hice por allí], tú no haces las fotos para salir del paso, ahora voy a responder las preguntas del periodista que me está esperando y regresaré para que hagamos una sesión, como las que dirigía hace años, convertiremos esta editorial en un plató, quizá podamos usar esa ventana de la puerta, buscaremos algo sugerente, un concepto y haremos una foto estupenda”. Me encantó, dijo lo que siempre pienso yo antes de hacer cada foto, lo que ese día casi había olvidado. Evidentemente esperé. Tenía prisa pero no me importó, solo llevaba el 85 y una pantallita, pero también me dio igual. Todo volvía a fluir y eso me fascinaba. Lola, que se prestó a todo muy entusiasmada, hizo de doble de luces y cerramos una nueva localización, en la ventana que había señalado Lisa.  Despachó veloz al periodista y regresó canturreando por el pasillo de Turner “ya estoy aquí”. Generalmente, los retratados no dan muchas ideas, pero Lisa las daba y, en esta ocasión… ¡basadas en fotos que ella hizo con Helmut Newton para un anuncio de cerveza! Fuimos eficaces y rápidos, tras dos o tres tomas revisó resultados, pidió barra de labios y lápiz de ojos, hicimos dos o tres fotos más. Las tomas finales le entusiasmaron y eso me encantó. “Hay que mandarlas a alguna publicación donde las pongan grande, se lo merecen”, decía Lisa a Lola. En realidad yo no hago fotos así, pensaba, voy con mis objetivos y flashes, tarjetas con mucha memoria y tiempo... Había llegado esa tarde con cierta confusión y Lisa fue el catalizador, el hada madrina que, con un poco de magia y entusiasmo, revolucionó la oficina de la editorial y mi inspiración. Tuve claro entonces que, cuando Weegee hablaba de “estar allí”, se refería también a una actitud. Una chispa de pasión que da sentido a todo lo que haces y que es la causante de que, efectivamente, estés allí.