David Aliaga, 'Y no me llamaré más Jacob'

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título Y no me llamaré más Jacob

autor David Aliaga

editorial La Isla de Siltolá

138 págs. 11 €.

 

DAVID ALIAGA (Hospitalet de Llobregat, 1989) es uno de los narradores jóvenes más prometedores de la última hornada. Ha publicado Los fantasmas de Dickens (ensayo, 2012), Inercia gris (relatos, 2013) y la novela corta Hielo (2014).

 

Cuando Jacob derrotó al ángel, este le anunció que ya no volvería a llamarse así, sino Israel. Con esta premisa, Aliaga nos introduce en un universo adoptivo que abraza con convicción. Para ello ha elegido el formato breve, aunque sería cansino y más bien infructuoso discutir aquí el género, que en todo caso no responde a la condición de nouvelle en que parece situarla la editorial en la portada, ni al cuento en su concepción más estricta y clásica. Se trata de dieciséis relatos, algunos interconectados e imposibles de entender sin el otro, textos donde la ficción y la confesión autobiográfica se dan la mano y en los que Aliaga no amaga sus influencias más recientes (que oscilan entre Cynthia Ozick y Eduardo Halfon).

Al ignaro en literatura contemporánea de raíz judía le vienen a la cabeza dos de las características más marcadas de esta: por un lado el humor (tan bien aprendido en los autores norteamericanos) y, por otro, la reivindicación de la propia identidad. Hay más de lo segundo que de lo primero en este libro, en cuyas páginas asoma también el propio autor, dado que su reciente conversión al judaísmo le permite indagar en las fronteras del Yo para señalarnos (y quizá salvaguardar) una memoria que casi siempre se empeña en desmentir al ser que somos.

En esta recopilación encontramos relatos que tienen entidad por sí mismos, como Los muertos vivientes, una agónica historia en la que se vislumbra el abuso infantil. En Plomo en la mirada y Escribir la memoria se establece una conexión umbilical a través de un viejo soldado alemán y un joven lector. En cuanto a Clases de hebreo y De triatletas y filacterias, entramos en el campo de la no ficción, donde el autor aprovecha para rendir algunos homenajes personales.

La prosa de Aliaga, como ya se podía ver en su novela Hielo, sugiere más que nombra. Lo suyo no es describirnos al monstruo, sino insinuarnos su sombra. Por eso, sus historias suelen contener presagios nefastos, sospechas difusas, miedos contenidos y personajes torturados. Quizá cabría señalar alguna construcción sintáctica confusa (como la del inicio del relato Plomo en la mirada), así como una desaconsejable reiteración en el uso del verbo “espolsar”. Minucias en todo caso, que no empañan el evidente talento narrativo de David Aliaga. DIEGO PRADO