Diego Prado, 'Sopa de fauno'

 

título Sopa de fauno

autor Diego Prado

ilustraciones Lola Castillo

editorial Adeshoras

146 págs. 13 €.

 

Los dos libros de relatos con los que Diego Prado había sentado las bases de su poética literaria, bien reforzadas por la notable Hospital Cínico (2013), supuraban un evidente (e infrecuente por estos pagos, dicho sea de paso) interés por infiltrar en los andamiajes de lo cotidiano el virus de lo fantástico. Algo que, por ejemplo, cultivaba con talento extraordinario en algunas de sus obras gente como Roald Dahl. El último título de Prado, Sopa de fauno, también circula por esas vías férreas en las que la imaginación desbordante del autor se une a una desbordada observación de la realidad. No es aventurado considerar a Prado un auténtico mirón de la vida que bulle a su alrededor, pero no con pretensiones de embalsamamiento costumbrista, sino con la aspiración de ofrecer unos puntos de vista rompedores, en todo momento imprevisibles y siempre dispuestos a pillar desprevenido al lector. No es casualidad, por tanto, el título elegido: algo tan inofensivo en apariencia como una sopa, de fácil preparación y rápida ingesta, pierde su condición anodina cuando se ensambla a la pieza rebelde de la irrealidad.

Aunque contar los argumentos de unos relatos siempre tiene algo de imprudencia o temeridad, sí se pueden esbozar algunas pistas sobre su contenido. Hay un actor de carrera maltrecha que encarna a una planta humana en casas pudientes, una vida vegetal donde el arte se convierte en un mero adorno que entretiene como mera supervivencia. También hay un trabajador de gasolinera que no es precisamente un encanto pero que tiene su corazoncito bombeando deseos y se encapricha de la voz irresistible que surge de la máquina de tabaco. Adictiva y de bajos humos. Aquí ya crepita lo fantástico a toda máquina: un viajero llega a un pueblo habitado por el Alzheimer y se encuentra con… una lamia. ¿Una qué? Una lamia, un ser mítico con cabeza de mujer y cuerpo de dragón. Dos amigos se reencuentran tras muchos años sin verse para recordar al alimón (ah, qué agridulce es siempre la memoria) a una mujer a la que amaron cuando eran adolescentes. Y así, hasta diez. Los pliegues de las historias, siempre evocadoras y nunca demasiado explícitas para que el poder de la sugerencia imponga su ley, permiten que se cuele un libro enigmático que se titula… Sopa de fauno. El plato, de temperatura perfecta y estimulante digestión, coloca al comensal que es el lector ante unos escenarios donde los sueños tienen mucho que decir (o sugerir, o imponer, o desvelar), y en los que a la vuelta de la esquina pueden aparecer quiebros narrativos que ponen la linealidad páginas arriba. TINO PERTIERRA

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