José C. Vales, 'Cabaret Biarritz'

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título Cabaret Biarritz

autor José C. Vales

editorial Destino

456 págs. 20 €.

 

En el verano de 1925, una muchacha aparece muerta en el muelle de Biarritz. Varios años después, el escritor George Miet entrevista a una treintena de personas que residían por entonces en aquella ciudad decadente y picantona. Fuera un suicidio o un asesinato, todo apunta a un valioso anillo como detonante del drama.

 

JOSÉ C. VALES (Zamora, 1965). Experto en literatura romántica y traductor de Charles Dickens o Jane Austen, debutó con la novela El pensionado de Neuwelke.

Digamos que “best seller de calidad” es una etiqueta que se ajusta bastante bien a Cabaret Biarritz, de José C. Vales, último galardonado con el premio Nadal. El hecho de que el premio Nadal recaiga en un best seller de calidad casi hay que agradecerlo a día de hoy.

¿Por qué “best seller”? Primero, porque no duele. El libro está tan alejado de la realidad (de cualquier realidad, incluida la de la ciudad balnearia que supuestamente retrata) que su lectura proporciona varias horas de entretenimiento anestésico, gracias al menudeo de lances y a unas tres decenas de simpáticos personajes. El marco de la historia es el sofisticado Biarritz de los años 1920; el estilo ignora minuciosamente toda vulgaridad (a pesar de las putas y de los crímenes) y hace gala con frecuencia de expresiones en francés; cada página está programada para generarnos empatía, que es a buen seguro la partícula elemental de cualquier best seller; por si fuera poco, en la página 197 se nos detalla una receta de cocina.

¿Y la calidad? La novela presenta personajes variados, ilumina con palabras precisas todos los rincones del mundo que señala y, sobre todo, nos llega armada con enorme virtuosismo, a la manera de uno de esos cubos de Rubik de Agatha Christie. La habilidad del autor alcanza a predecir los afeamientos que un crítico no afecto (éste que escribe) podría hacer a su propuesta: se justifica sutilmente la concordancia de las voces o se legitima la caprichosa ausencia de signos de puntuación en uno de los testimonios transcritos. El encadenado de narradores poco fiables, y esa joya que persiguen muchos de ellos, remite al clásico del XIX La piedra lunar, de Wilkie Collins. También es detectable una tonalidad emocional cercana a la que supuran los cuentos de Scott Fitzgerald. Esta adscripción estética, lejos de elevar la obra, nos la certifica como brillante artefacto comercial. ALBERTO OLMOS

 

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