Miguel Barrero, 'Camposanto en Collioure'

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título Camposanto en Collioure

autor Miguel Barrero

editorial Trea

120 págs. 14 €.

 

Los últimos días de Antonio Machado, la parte final de su periplo vital pero también geográfico por una España desangrada, camino del breve exilio en una villa costera al otro lado de los Pirineos, amparan una reflexión sobre la memoria y la derrota; congregan a su alrededor, además, a una serie de personajes menos conocidos pero de trayectorias paralelas: un soldado republicano, un pintor valenciano, un empleado ferroviario francés…

 

MIGUEL BARRERO (Oviedo, 1980) es periodista y autor de Espejo (que fue Premio Asturias Joven), La vuelta a casa, Los últimos días de Michi Panero y La existencia de Dios.

 

Poco hay en estas páginas que no resulte ya conocido; en ocasiones genéricamente y en otras de forma más detallada y quizá secundaria, la vida y la muerte de Antonio Machado han sido contadas y cantadas, celebrada la una y llorada la otra de forma recurrente, pertenecen sin ningún asomo de duda al acervo de nuestro país (es más, tengo la sensación de que su figura ha escapado en tiempos de democracia a la tendencia cainita que motivó su exilio, que se ha visto menos maltratada o artificialmente reivindicada que, pongamos, la de Federico García Lorca). Y es por ello, de hecho, que su relato sigue admitiendo vueltas de tuerca como la que aquí propone Miguel Barrero, nacidas antes de la experiencia personal que de la circunstancia enciclopédica, debidas a la proyección de los hechos antes que a esos hechos literarios e históricos en sí. Tampoco es que el asturiano los obvie, ni mucho menos: queda claro que su labor de documentación ha sido más que satisfactoria. Pero, tal y como Camposanto en Collioure parte de una escena tan excéntrica como es la entrevista que el autor mantiene en su juventud periodística con Ángel González, sus páginas prestan similar atención a la peripecia machadiana que, por ejemplo, a la mañana en la que el guaje Barrero queda prendido de los versos que recita un profesor anónimo, hermanan el trayecto último e invernal del poeta con la auto-promesa que el Barrero adulto cumple aprovechando unas vacaciones estivales camino de transmutarse en cronista. Y es en ese juego entre lo crepuscular y lo especular donde el libro genera su propia resonancia, donde se justifican además la aproximación diacrónica y la arbitrariedad (en la elección de los personajes secundarios) que le darán cuerpo y músculo. Sabiamente regurgitado, bellamente escrito, dueño de una sensibilidad bastante cercana a la que exhibía su protagonista (o motivo) principal, Camposanto en Collioure logra aunar lo ya contado y universalmente sabido (amén de lo también referido pero olvidado) con la anécdota más íntima y personal, y lo hace con mirada clásica y gesto contemporáneo, sentido, sencillamente gozoso. MILO J. KRMPOTIC’