Andrés Ibáñez, 'Brilla, mar del Edén'

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título Brilla, mar del Edén

autor Andrés Ibáñez

editorial Galaxia Gutenberg

768 págs. 29 €.

 

Un accidente de avión frente a una isla reúne a una serie de personajes que deben conocerse y relacionarse entre ellos para sobrevivir. Juan Barbarin comenzará allí a recapitular su vida con Cristina y a narrar las existencias de los demás personajes, a los que unen experiencias diversas, en un viaje al interior de la isla y al centro de sus propios temores.

 

ANDRÉS IBÁÑEZ (Madrid, 1961) es poeta, dramaturgo y novelista. Entre sus obras destacan títulos como La música del mundo, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera.

 

Hace cierto tiempo expresaba en un ensayo Andrés Ibáñez su poética narrativa de esta forma: “Pensemos, entonces, en la posibilidad de una literatura que se mueva también en esas dos direcciones: en la dirección del mundo externo, la ecología, el pensamiento holístico, la simbiosis, y también en la dirección del mundo interior: el estudio y la cartografía de la conciencia”. Brilla, mar del Edén, una de las novelas más impactantes publicadas en España en los últimos años, galardonada reciente y merecidamente con el Premio Nacional de la Crítica, se ajusta como un guante a esa doble dirección prevista por Ibáñez para la narrativa que le interesa. Por un lado aparece en ella esa preocupación holística, sobre todo en la última parte, que configura la novela como una visión simbólica del mundo y de la naturaleza, a través de los prestigiados motivosliterarios de la isla y la montaña; por otro, ese viaje al interior o al Maelström del individuo propuesto en la poética encuentra encaje en Brilla, mar del Edén no solo a través de la figura de Juan Barbarin, sino de otros personajes que no por menores son “secundarios”, pues casi nada es secundario en esta ambiciosa novela. A este respecto, Fernando Larraz comentaba en una reseña reciente en Ínsula que “la novedad de Brilla, mar del Edén respecto de la obra previa de Ibáñez es la intensificación de sus pretensiones de novela total”, y, en efecto, esa vocación constructora de la madre de todas las novelas que el narrador demuestra desde La música del mundo (1995) se aprecia más claramente que nunca en su última producción, que no renuncia a nada: en ella hay tensión estilística, un rescate “fandomero” de Perdidos y otro no menos fanático de Bolaño, una visión panhispánica de la lengua, romanticismo estético, agudas reflexiones sobre música clásica, toda una panoplia de posibilidades de narrar y construir personajes, etcétera. La novela de Andrés Ibáñez, y no solo por su extensión, no se acaba nunca. VICENTE LUIS MORA