Andrew Kaufman, 'Todos mis amigos son superhéroes'

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título Todos mis amigos son superhéroes

autor Andrew Kaufman

traductor Diego de los Santos

editorial Turner

152 págs. 14,90 €.

 

El día de su boda con la Perfeccionista, Tom discute con uno de los exnovios de esta, Hipno, y los resultados son catastróficos. En adelante será invisible para su flamante esposa, quien, tras seis meses de lo que ella entiende como abandono, decide iniciar una nueva vida en Vancouver. A bordo del avión, Tom recuerda los puntos álgidos de una relación marcada por la pertenencia de la parte femenina al gremio de los superhéroes.

 

ANDREW KAUFMAN vino al mundo en Wingham, Ontario, el mismo pueblo canadiense donde nació Alice Munro. Es autor de The Waterproof Bible y The Tiny Wife.

 

Da para creer en el superpoder de la coincidencia el hecho de que esta ópera prima de Andrew Kaufman fuera a coincidir allá por 2003, en términos de publicación norteamericana, con esa cúspide de la novela de superhéroes que es La Fortaleza de la Soledad de Jonathan Lethem. No obstante, más allá de que ambos títulos compartieran filia por el Noveno Arte y los personajes de capa y trompada –una temática rara vez tratada por la literatura, la “seria” y la que no lo es tanto–, conviene abandonar con rapidez cualquier ánimo comparativo, pues sus ambiciones y consecuciones resultaron notablemente diversas, y tal disparidad conduciría inevitablemente a afear una de las obras sin que esta lo acabe de merecer.

Esgrimiendo el superpoder del disimulo, pues, nos quedamos con Kaufman y Todos mis amigos son superhéroes en esta versión décimo aniversario que nos trae Turner, aumentada en su galería de sujetos de antifaz y acompañada de las ilustraciones de Marc Torrent. Una típica historia de (des)amor con la peculiaridad de que, en la recurrente ecuación “chico conoce chica”, el segundo elemento y su círculo de amistades se presentan como compañeros de profesión de Batman, Superman, el Hombre Araña… aquí, eso sí, dotados de habilidades tan terrenas como el caerse constantemente y tan abstractas como el absorber las energías negativas de una habitación con tan solo entrar en ella o el saber quién anda necesitado de un abrazo para plantarse en medio de la noche en su casa y ofrecérselo.

El tono, en efecto, es amablemente irónico, tal y como el trasfondo socio-psicológico alumbra no pocos chispazos. A su vez, el carácter unidireccional de la narración y la (voluntaria) ingenuidad que la preside se traducen también en metáforas de una obviedad galopante (ese corazón roto que es reparado cual motor de coche) y episodios más propios de un libro de autoayuda emocional del tipo El caballero de la armadura oxidada. Entretenido pero superanecdótico, vamos. MILO J. KRMPOTIC’