Sònia Hernández, 'Los Pissimboni'

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título Los Pissimboni

autora Sònia Hernández

editorial Acantilado

128 págs. 12 €.

 

Nadie quiere a los Pissimboni. Viven en una casa en lo alto de una colina, lo suficientemente distanciada de las demás casas como para que todo el mundo considere que viven fuera del pueblo. Forman una familia de muchos hermanos y nadie sabe si el patriarca y su mujer, Ignacio y Martina Pissimboni, todavía están vivos. Nunca se los ve por el pueblo, y sus habitantes ya se han acostumbrado a no pensar en ellos.

 

SÒNIA HERNÁNDEZ (Terrassa, 1976) es autora de dos poemarios, La casa del mar y Los nombres del tiempo ; dos libros de relatos, Los enfermos erróneos y La propagación del silencio, y la novela La mujer de Rapallo.

 

Cuando, en otoño de 2010, la revista Granta publicó un número dedicado a los mejores escritores jóvenes en español, más de un profano se quedó noqueado al descubrir que, de los veintidós seleccionados, la única autora catalana era Sònia Hernández. Leyéndola no extraña, porque en el párrafo cero uno detecta ya el "oído absoluto" que tiene para la prosa desasosegante. Hipnótica. Esta novela de corto aliento –en humilde opinión de quien esto escribe, género más difícil que otros– supone una reflexión sobre la libertad personal, la incomunicación, la ignorancia, la búsqueda de la verdad, la sensación de desarraigo, de pérdida, el organigrama social... Como si hubiera querido retratar una tribu de la Amazonia con un estilo deudor de Joan Didion, Carrère y mi adorado Giralt Torrente. ¿Es posible tal coctel? Sí. Acérquense a esta familia que vive en una casa cubierta de gótica hiedra, coronando una colina; aislados, de espaldas al pueblo. Así transcurre la existencia de Martina y Antonio Pissimboni con sus muchos hijos, soñando con volver algún día a su hogar, Sandofar, de donde tuvieron que huir. El pueblo los percibe como unos salvajes y unos bárbaros, y, a su vez, ellos desprecian al pueblo porque sacrifican su libertad para sentirse seguros. No los conoceremos muy bien a todos... pero sí a Yago que, a diferencia de su linaje, tiene la inquietud de huir de la casa y mezclarse con sus convecinos haciéndose pasar por forastero. Allí descubre lo que piensan de sus padres y hermanos, hasta que sus dudas se convierten en una maraña existencial.

Su heterodoxia es la de no ser una heterodoxa de manual. De algún modo, difícil de explicar, se diría que Hernández escribe solo con lo puesto. Que tiene un componente privativo que está en la escritura pero sin ser netamente la escritura. Tiene que ver con sus asuntos, con las palabras desnudas que apuntan directamente al destinatario por la parte más afilada. Quizá por eso ha elegido la media distancia: relato corto. Intenso... Lleno de gracia. Escrito desde la más absoluta libertad tanto en forma como en fondo, en ocasiones es kafkiano y, en otras, oníricamente murakamiesco, pero lo verdaderamente cierto es que la narración te rapta y denota querer ahondar en la libertad y la verdad, que el ritmo avanza en un compás de tarantela hasta desembocar en un final que deja más incógnitas que certezas. Cuando cierras el libro, te quedas mucho tiempo recuperándote lentamente del viaje. ÁNGELES LÓPEZ