Karl Ove Knausgård, 'La isla de la infancia'

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título La isla de la infancia

autor Karl Ove Knausgård

traductoras Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

editorial Anagrama

498 págs. 22,90 €.

 

Tercer volumen de realismo autobiográfico de esta serie de autoficción que desmenuza la existencia del autor hasta sus más mínimos detalles. Aquí asistimos a sus primeros años de vida, entre la –mala– sombra de su padre, sus juegos de infancia y sus angustias en la Noruega de los años 1970.

 

KARL OVE KNAUSGåRD (Oslo, 1968) emprendió en 2009 la publicación de seis novelas autobiográficas agrupadas con el título de Mi lucha, que han obtenido numerosos galardones.

 

A mí me aburre Knausgård. Probablemente sea que estoy aquejado de un paletismo lector en grado superlativo, porque la serie de libros Mi lucha ha recibido las críticas más elogiosas en los medios más exquisitos y todo intelectual o persona cool que se precie coincide en la excelencia de sus libros. No hay duda de que su escritura está muy bien tejida, que tiene una cadencia rítmica envolvente, que hay una música interna de la prosa que te va llevando como una corriente subterránea… y, sin embargo, me aburre. Quizá habría estado bien para un libro. Pero la idea de 3.000 páginas de descripción de su vida de clase media desgranando detalle por detalle me sobrepasa. Un exagerado algo berzas diría que cuenta hasta cuando va a mear. No exageraría. En un pasaje explica cómo va a orinar, el número de gotas que le caen fuera de la taza y el encomiable hecho de limpiarlas con un trocito de papel. Apasionante.

Después de décadas denostando el costumbrismo cansino y carpetovetónico de la novela española, ahora encanta el costumbrismo escandinavo. En la narrativa noruega me parecen más impactantes los relatos afilados como cuchillos de Kjell Askildsen, con su capacidad para generar la más espesa angustia desde la vida corriente, aunque a veces disimule y nos recordara en Últimas notas de Thomas F para la humanidad que “nunca se es tan viejo como para perder la esperanza”. Una cotidianidad angustiosa que practica también con maestría Per Petterson desde una prosa hipnótica como la de Salir a robar caballos. Un ejercicio en la línea de Knausgård (más breve) lo hizo Roy Jacobsen en El despertar, donde nos mostraba –es verdad que de forma algo plana– cómo Noruega no ha sido siempre un país rico y las dificultades de su madre para sacarlo adelante (además de las inevitables angustias del joven protagonista en la línea noruega de introspección tirando a deprimente). Personalmente, prefiero la ironía de Kjartan Fløgstad y una manera de entrar de manera seria pero con sentido del humor en la mentalidad noruega es leer Paraíso en la tierra: los noruegos son tan serios que los daneses les parecen los latinos del norte. De esta generación de autores noruegos del medio siglo me llama especialmente la atención Laars Saabye Christensen: tiene una novela muy generacional en esta línea de rememoración de vida titulada Beatles, pero Hermanastro tiene más pegada y quizá su obra menos conocida, Modelo, sea la más inquietante y la que nos pone contra la pared de nuestras contradicciones.

Toda esa tela que cortar en la narrativa noruega (otro ejemplo es el realismo gélido de Trude Marstein) hace que este fenómeno Knausgård me resulte un poco hinchado. Yo soy un zoquete y la gente que sabe dice que sus libros son lo más. Igual estoy meando fuera del tiesto. Pero Knausgård también lo hace y a todo el mundo le parece bien, aunque luego recoja las gotitas con papel higiénico. ANTONIO ITURBE