Chus Fernández, 'Sin música'

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título Sin música

autor Chus Fernández

editorial Caballo de Troya

272 págs. 18,90 €.

 

Las vacaciones de verano sirven para muchas cosas. No siempre son todas divertidas. El descubrimiento del amor o la placidez de las tardes vacías pueden contraponerse a la demolición de todo aquello que una vez creímos seguro e inamovible. A lo largo de ocho cartas escritas en otras tantas jornadas, el narrador de este libro va dando cuenta de ese peculiar inventario de hallazgos.

 

CHUS FERNÁNDEZ (Oviedo, 1974) se dio a conocer con Los tiempos que corren (premio Asturias Joven, 2001) y ha publicado las novelas Defensa personal (premio Tiflos, 2003) y Paracaidistas. Es uno de los responsables del sello Ediciones Malasangre.

 

A lo largo de una trayectoria que ya ha superado su primera década, la obra de Chus Fernández se ha caracterizado por mantenerse fiel a unas constantes narrativas y estilísticas que convierten la suya en una voz de sobra reconocible. Pocos lectores podrán afrontar la lectura de Sin música sin constatar a la segunda página que lo que tienen entre manos responde punto por punto al arquetipo que el autor ha puesto en pie en sus cuatro títulos publicados hasta la fecha. Esto es, sin duda, un mérito, porque Chus Fernández demuestra que sus deslumbrantes primeros libros no fueron un accidente, sino el anuncio firme de un escritor que no deja de mantenerse fiel a sus obsesiones.

Si en sus títulos iniciales Fernández escribía desde una perspectiva, vamos a decir, generacional, parece que desde la publicación de Paracaidistas (Trea, 2011) muestra especial predilección por los años de la infancia y el modo en que en el transcurso de estos se digieren o interpretan los grandes dramas que en los alrededores va desatando la gente adulta. Se estructura la “acción” de Sin música (permítanme el entrecomillado) a lo largo de una semana en la que el protagonista-narrador y sus padres, a punto de naufragar como pareja, se toman unas vacaciones cuyos pormenores se consignan en largas cartas remitidas a la hermana ausente por motivos laborales y cuyas líneas dejan patente la existencia de otro hermano fallecido tiempo atrás a causa de un accidente.

El contundente estilo de Fernández, desnudo y divagatorio al mismo tiempo, convierte esos siete días estivales en una potencia narrativa de primera magnitud en la que una vez más se demuestra la habilidad y el talento del autor para hurgar en el reverso tenebroso de los asuntos ordinarios. Sin embargo, ese logro innegable —el de acercarse a los claroscuros y los abismos de la vida adulta desde la mirada aún limpia o medio inocente de la infancia— también puede causarle al lector una cierta impresión de déjà-vu, porque también era esa la apuesta que se hacía en Paracaidistas, aunque en aquel caso estuviera sujeta a condicionantes mucho más extremos. Es solo un pero minúsculo. Quizás el único que se le pueda hacer a un libro que confirma por qué su autor merece una atención y un seguimiento de los que hasta ahora solo ha podido disfrutar de modo intermitente. MIGUEL BARRERO