Luis Sagasti, 'Maelstrom'

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título Maelstrom

autor Luis Sagasti

editorial Eterna Cadencia

176 págs. 17,50 €.

 

Gustavo es un historiador argentino que está en Santiago de Compostela, investigando sobre el impacto de la Guerra Civil en su ciudad. Mientras camina por el parque de la Alameda, ve un jardín lleno de helechos, llamado el Jardín de Andrómeda, y una placa con siete nombres que nadie sabe a quiénes pertenecen. Gustavo, a quien le llama la atención que allí, en un lugar tan católico, haya un sitio dedicado a la deidad griega, emprende entonces una búsqueda alucinada tras los pasos de esos nombres y descubre, tras la sinuosa apariencia del mundo, una trama secreta e infinita donde se mezclan la astronomía, la biología y la mitología.

 

LUIS SAGASTI (Bahía Blanca, 1963) es docente y crítico de arte. Ha publicado las novelas El Canon de Leipzig y Los mares de la Luna, el libro de relatos Bellas Artes y el ensayo Perdidos en el espacio.

 

El arte es, ante todo, forma. Y esa forma, en Maelstrom, del argentino Luis Sagasti, es la forma del remolino, la forma en espiral. Una apuesta audaz y bastante arriesgada de enredar una trama que, a partir de un hecho nimio, sin importancia (la visita de su protagonista, Gustavo, a un parque de Santiago de Compostela) crece como la fuerza danzante que ejecutan los remolinos: con un centro de gravedad que se desplaza al mismo tiempo que gira en el vacío.

Compuesta a partir de escenas que en apariencia siguen un orden cronológico, el narrador de Maelstrom (a quien Gustavo le refiere su búsqueda frenética, que lo lleva a visitar a los miembros de un circo en Rosario y a un grupo delirante en la zona sur de Buenos Aires) poco a poco también se sumerge, como su protagonista, en ese movimiento perpetuo y arremolinado y, con una prosa directa y coloquial, sorprende al lector con asociaciones inesperadas, con pistas extrañas y posibles teorías alrededor de cuestiones sobre astronomía, sobre mitología griega, sobre literatura fantástica o sobre La noche estrellada de Van Gogh.

Luis Sagasti, en ese sentido, se vale de un narrador adecuado a la forma que propone en la novela, pues hace que el lenguaje de Maelstrom fluya, en un presente torrencial y continuo, hacia un relato que no se ajuste a las normas convencionales ni se sostenga, tampoco, sobre el argumento. Porque, en el fondo, lo que subyace bajo lo que se cuenta en el relato es otra cosa: es la revelación de que el universo obedece tal vez a una serie de leyes intangibles. “Estoy a punto de preguntar qué clase de vacío se forma cuando dos espirales convergen, estoy al borde la metafísica”, afirma el narrador al saberse parte de ese universo sin descanso, al que ha accedido casualmente y que no deja de atraerlo hacia su centro de gravedad.

La forma que aparece, entonces, y que da sentido a Maelstrom, no es la línea recta de la cronología ni la superficie cerrada en la que transcurren unos hechos que, a la larga, poco hacen a la trama, sino ese remolino tan bien retratado por Poe en uno de sus cuentos y que Luis Sagasti, en esta novela intensa y arriesgada, ofrece en la mejor de sus formas. DIEGO GÁNDARA