Luis Landero: “La felicidad del escritor es efímera”

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texto ANTONIO ITURBE

El Balcón en invierno (Tusquets) ha sido elegido Libro del año por el Gremio de Libreros de Madrid.

Luis Landero escribe como si tocara la guitarra. Su prosa tiene rasgueo y eso que los flamencos llaman “pellizco”. De hecho, él mismo fue guitarrista de flamenco y, en este recorrido por pensamientos e impresiones que es su último libro, nos lleva por aquellos años rumbosos en los que giró con ese primo suyo inasequible al desaliento por salas de fiestas mejores y peores y hasta los llegaron a invitar a Japón. Aunque él describe todo con un afectuoso desencanto: “Nuestro toque era más bien menesteroso y el repertorio ya estaba anticuado cuando empezamos a aprenderlo”. Una aventura digna de cualquiera de los personajes de sus novelas: gente corriente que navega más bien a la deriva por las encrucijadas de lo cotidiano.

En el libro habla también de su infancia y su juventud en una Extremadura agrícola, muy especialmente de su padre, que ha inspirado no pocos personajes de sus novelas: soñadores difusos, más adictos a los grandes planes que al trabajo práctico, eternos insatisfechos que arrastran un aire de tristeza por esa incierta gloria que no alcanzan nunca siquiera a rozar. El balcón en invierno es un cuadro de pinceladas profundas pero rápidas, sin quererse demorar en las distintas estaciones de paso para no caer en la tentación de la sensiblería, con ese característico deje suyo de escepticismo que oculta, o contrapesa, al poeta que patalea dentro. Nos recibe con amabilidad y buen vino en su piso de Madrid en el distrito de Chamberí.

Usted se describe como “un tipo inseguro que descree de sus cualidades y tiende a pensar que sus éxitos (un notable en la escuela, una muchacha que lo quiere, un premio literario) son solo un malentendido y que aparecerá alguien que lo desenmascare y lo muestre como lo que es: un impostor”.

Así es.

¿Después del Premio nacional, el premio de la Crítica, una docena de libros… aún estamos así?

El del escritor es un oficio de dudas.

Usted parece, cómo decir…

¡Dígalo, dígalo! ¡Un psicótico!

Iba a decir un insatisfecho permanente. Como sus personajes, que son soñadores pero sufren los suyo. ¿Tan duro es ser soñador?

Es duro ambicionar por encima de lo que la vida te da. Los escritores somos así. Aspiramos a lo máximo. Tienes una idea de perfección, tenemos dentro de la cabeza una Torre de Babel entera. Como esa música que a veces soñamos, que no existe pero es maravillosa. Luego, la realidad te pone en tu sitio. A veces lees lo que has escrito el día antes, que creías que era extraordinario, y solo encuentras baratijas sentimentales. Pero mientras escribes eres el rey del mambo, piensas que tienes un mundo que construyes como en un sueño. Luego ves a lo que aspirabas y el resultado.

¿A veces hay que obligarse a escribir aunque se ande disperso?

A mí me funciona. Cuesta mucho vencer la incertidumbre, saber si vas a sacar agua del pozo. Pero te pones y de pronto las cosas surgen, una cosa tira de la otra. Y pasa eso maravilloso: lo que no estaba en ti, o no sabías que estaba ahí, aparece. Y te sientes orgulloso, al menos un instante. Porque la felicidad del escritor es efímera.

En este libro decide archivar la ficción y contar hechos ciertos de su vida…

De manera impresionista.

Todo suena muy sincero.

Todo lo que cuento es verdad o lo que yo creo que es la verdad. Pero un escritor siempre ha de ser verdadero, también cuando hace novelas de ficción. No quiero decir sincero, pero sí verdadero. Los libros son verdaderos o no lo son.

¿Y cómo conseguirlo?
Rulfo decía que la novela es una suma de mentiras cuyo resultado es una verdad.

¡Este es un libro proustiano, pero en vez de magdalena, chanfaina!

Pero, precisamente, al paso de la vida la memoria tiene que perder peso. No podemos sobrecargarla, hay que ir soltando lastre.