Mañas: “Tenemos los políticos y los libros que nos merecemos”

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texto ANTONIO ITURBE  foto MARTA CALVO

Mañas llegó al ecosistema literario a los 23 años como finalista del premio Nadal con Historias del Kronen y su éxito fue fulgurante. La novela fue llevada al cine y se convirtió en los años 1990 en referente de la primera generación de jóvenes en España que habían vivido su adolescencia en un país opulento y cuyo problema no era la supervivencia, sino el hastío y la falta de valores. Pero a su veloz ascenso siguió una caída igualmente vertiginosa. Mensaka quiso ser más de lo mismo pero, en lugar de sorprender, aburrió. Se marchó unos años a Francia, donde siempre ha tenido mejor reconocimiento que en España, y durante estas dos décadas ha seguido publicando.

Después de cinco años sin publicar ficción, regresa con un thriller que él define como “page turner” (un libro tan adictivo que no puedes dejar de pasar páginas compulsivamente). En Todos iremos al paraíso nos cuenta cómo una profesional bien situada –llamada Paz, para más inri– que vive de manera apacible con su familia tiene un leve percance relacionado con unas bicicletas que llevaba en su flamante 4x4. Es algo nimio, pero de manera impulsiva hace algo que no debería haber hecho y de repente se abre ante ella un tobogán que la desliza hacia el crimen de manera inesperadamente siniestra: esa mujer de buena posición y vida intachable se va a convertir en una asesina y va a quedar a su paso un rastro de cadáveres.

 

Tememos a los monstruos... ¿pero quiénes son los monstruos? 

El problema con los monstruos es que no existen o, mejor dicho, que los tenemos dentro. Por eso nos asustan tanto. Paz, mi protagonista, es una mujer que lo tiene todo (un buen trabajo, dos hijos estupendos, un marido exitoso) y, sin embargo, un accidente de tráfico banal y una serie de circunstancias aciagas encadenadas, mediando unas decisiones equivocadas pero comprensibles, van a hacer que, sin premeditación, casi por azar, esta mujer se convierta en una asesina múltiple. Lo que exploro en Todos iremos al paraíso es la delgada línea que nos separa, a los seres que nos consideramos normales, de la monstruosidad.

Muestra la fina línea que separa la normalidad del caos. ¿Somos conscientes de que vivimos en la cuerda floja?

Por supuesto que no, y muchas veces basta el tropezón más tonto para tomar conciencia de ello. Cómo dice Sergio, el marido de Paz, la vida es un estrecho puente tendido sobre el abismo, y encima lleno de gente empujándose unos a otros. Es extremadamente fácil caerse.

Pero, si somos conscientes de tener el precipicio a un paso, ¿eso no nos angustiaría hasta el punto de asfixiarnos?

Si fuéramos plenamente lúcidos no podríamos vivir. La ingenuidad es la mejor defensa de las personas. Por eso, Paz, a medida que va matando a gente " sin querer", insiste en verse como víctima. De otra manera, no soportaría mirarse al espejo.

¿Hay alguna receta para evitar la caída en la vorágine de la violencia? 

Por supuesto. Es tan sencillo como respetar las normas sociales. Los códigos de cortesía son algo más profundo y útil de lo que parece.

Usted ha reivindicado durante años la importancia de la emoción y la rabia como motores del relato. ¿Pero no hay en este libro una invitación a la reflexión? 

En mis primeros libros yo era un romántico incorregible. Entonces quería que cada novela fuese como una canción de Nirvana, desbordante de emoción. Hoy prefiero que sea como una canción de los Beatles, mucho más ceñidita a la melodía, mucho más construida y, supongo, sí, más reflexiva. En Todos iremos al paraíso hay una voz narrativa –la de Paz, la protagonista– que se ciñe al relato de los hechos, pero que tampoco tiene miedo a divagar o a explayarse, si con ello se enriquece la anécdota. El relato es la columna vertebral de una novela, pero la novela tiene también que tener músculo, tendones y carne; tiene que coger cuerpo.

Después de haber reflexionado en sus anteriores obras de ensayo sobre la esencia y los engranajes literarios, para su retorno a la ficción ha elegido el género del thriller taquicárdico. ¿Por qué? 

Con cada nuevo libro procuro marcarme un nuevo reto. En este caso he pretendido escribir una obra hitchcockiana, llena de suspense y peripecia. El objetivo era que esta novela fuese un auténtico page turner, a la americana. Es la primera vez que voluntaria y muy conscientemente he construido un thriller. Y he disfrutado enormemente con la experiencia. 

Ha vivido el mayor encumbramiento tras la publicación de Historias del Kronen y después las críticas más adversas. ¿El escritor vive siempre al borde del abismo?

Yo tuve la suerte de que mi primera novela tuviera una repercusión importante y un gran éxito de ventas. Gracias a ese éxito he podido dedicarme desde hace veinte años exclusivamente a la literatura.

Si empezara de nuevo y con lo que ahora sabe, ¿qué cambiaría? 

Soy consciente de ser un privilegiado y, cuando pienso en el Kronen, no siento sino agradecimiento. De lo demás tampoco cambiaría nada. Sé que en cada momento he dado lo mejor que podía.

¿Se marchó aquellos años a Francia decepcionado por el trato que se le dispensaba en su propia casa? 

Supongo que me venía bien cambiar de aires. Tenía que digerir el éxito de Kronen. La distancia ayuda a poner las cosas en perspectiva.

¿Qué podemos aprender del sistema cultural francés? 

El respeto a la inteligencia y el talento. La finura de la prosa ensayística. La apertura al mundo. Un legítimo orgullo por ser la cuna de algunas de las mayores y más sofisticadas inteligencias literarias. Yo no sabría entender la literatura sin figuras como Baudelaire, Stendhal o Céline.

Hace unos días, Eduardo Mendoza lanzaba un mensaje derrotista sobre la lectura en la actualidad y hablaba de que estamos rodeados hoy día de libros birriosos. ¿Usted cómo lo ve?

Tenemos los políticos y los libros que nos merecemos. Ni más ni menos. Lo que no nos merecemos son los deportistas que hemos tenido en los últimos años. A Nadal y a Gasol habría que hacerles un monumento. Los deportistas han sido los grandes héroes de este arranque de siglo. Ojalá pudiésemos los escritores alardear de la mitad de sus éxitos.