La historia de un “craso error”

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texto FRANCISCO LUIS DEL PINO OLMEDO  foto ASÍS AYERBE

Santiago Posteguillo cierra su trilogía trajana con ‘La legión perdida’ (Planeta).

Novela de espejos, que va y viene en el espacio y el tiempo, La legión perdida (Planeta) parte del hecho histórico de la desaparición de la legión de Craso para relatarnos –150 años después– la etapa final de Trajano. Esa es la fuerza motriz de la narración, que atraviesa distintos senderos y épocas, para culminar con la muerte de Trajano, la sucesión de otro hispano, Adriano, y la aventura de un gran viaje hasta los confines de la tierra. Travesía plagada de acción y con las peripecias de algunos viejos conocidos de la trilogía, como Marcio, el campeón de la arena del anfiteatro Flavio; su mujer, Alana, y Namura, la hija de ambos, que, con una misión secreta del emperador, se adentrarán en los tres grandes imperios existentes, aparte de Roma. En el año 53 a.C., el cónsul Marco Licino Craso, al mando de un poderoso ejército, cruzó el río Éufrates para conquistar Oriente. Con ello esperaba igualarse en gloria y prestigio a sus compañeros del triunvirato, César y Pompeyo. Sus legiones fueron casi aniquiladas en el norte de Mesopotamia, Craso pereció en la batalla y una legión entera cayó prisionera de los partos. Nadie sabe a ciencia cierta qué pasó con ellos.

 

Hemos quedado con Santiago Posteguillo en un bonito rincón de la Plaza de Oriente de Madrid para que nos hable del último volumen de la trilogía sobre Trajano.Craso cruza el Éufrates con siete u ocho legiones y los partos lo masacran. Un error que se repite y acrecienta cuando Marco Antonio lo vuelve a intentar unos años después y también acaba en desastre”, nos sitúa el escritor valenciano. “Fijaos si debían de estar frescos para el pueblo romano estos hechos cuando dos mil años después seguimos hablando de ‘craso error’, aunque quizá hayamos olvidado el origen de la acepción. Pero, ciento cincuenta y pico años más tarde del sangriento descalabro, el senado de Roma sabía muy bien lo que había sucedido con Craso, y eso de cruzar el Éufrates no lo veía nadie claro”.

La novela es un enfrentamiento entre sueño y pesadilla, miedo y resolución. “En efecto, a veces tenemos un sueño, pero para conseguirlo en ocasiones hemos de enfrentarnos con pesadillas. Y esto es lo que sucede con Trajano al final de su reinado. El sueño de conquistar Partia, de conquistar Oriente. Lo que había logrado Alejandro Magno, lo que habían intentado otros. Pero ese sueño se enfrenta a la pesadilla del recuerdo de la legión perdida, que al final se acaba apoderando de la historia, porque es ese el fantasma que persigue Trajano”.

Posteguillo no se ha limitado a las fuentes clásicas romanas de Horacio, Plinio el Viejo y Plutarco, que abandonan el rastro de la legión perdida en Asia Central. Por el contrario, ha elegido la teoría del experto en cultura e investigación china y del Extremo Oriente Homer Hasenpflug Dubs, pese a estar muy contestada. “Dubs se pone a estudiar textos de la dinastía Han y descubre que un general dice –tan solo diecisiete años después de la derrota de Craso en Carras– que los hunos contra los que está luchando tienen en sus filas a un grupo de mercenarios formidables. No hay manera de acabar con ellos, y describe su pericia militar como la forma de funcionar de las legiones romanas. La conclusión de Dubs es que pueden ser la legión perdida. Y, a pesar de ser muy controvertida la teoría –apunta–, no puede decirse que sea imposible. Gruber, su mayor detractor, tiene que admitir que podría ser real”.

Pero no acaba aquí la historia, o la especulación controvertida, ya que, según indican fuentes chinas –nos explica el autor–, “a parte de estos mercenarios se les perdonó la vida y se los integró en el ejército regular Han”. No cabe duda de que el destino de esa legión extraviada es una fuente de fascinación para Posteguillo. “Tanto, que podría haber hecho una novela solo dedicada a ella. Pero me interesaba no solo el hecho de su desaparición, sino cómo eso afectó a Roma durante siglos. Y cómo Trajano decide enfrentarse a ese fantasma. Me parece que como novela es mucho más potente este juego entre el pasado-pesadilla y el presente-sueño, y a ver cuál puede con el otro”.

 

La legión perdida es una novela de espejos en el espacio y en el tiempo, según decíamos, porque contempla el imperio romano, el parto, el imperio Kushan del norte de la India y el gran imperio Han de la China clásica. ¿Había una razón más allá de la trama para entrecruzar tanta geografía? “Esas cuatro culturas que tengo que manejar a la vez me permiten romper el eurocentrismo, porque a veces pensamos que el imperio romano era el centro del mundo. Mostrar esa ambivalencia me parecía necesario para hacer comprender que la historia de esas épocas era mucho más grande y compleja de lo que creemos”. También hay en la novela una muestra significativa del valor de las lenguas. Una especie de homenaje, tal vez un guiño del filólogo que, al fin y al cabo, es Santiago Posteguillo. “Sí, podría señalarse la importancia que tienen al aproximar culturas entre los pueblos. Y ya eran vitales para poder salvar la propia vida en épocas pasadas, como en alguna escena de la novela se recrea”.

Marco Ulpio Trajano muere en Selinus –actual Gazipasa, al sur de Turquía– en agosto del 117 d.C., probablemente a consecuencia de un ictus provocado en parte por la vida un tanto desordenada que llevó, y su afición al vino. A Posteguillo no le simpatiza su sucesor, Adriano. “Trajano hizo muchas cosas bien, pero le faltó visión o quizá un ataque cerebral inesperado le impidió dejar resuelto el tema de la sucesión, cuando ya tenía claro cómo resolverlo”. ¿Pero por qué detesta a un emperador cuyas excelencias han cantado gentes como la escritora Marguerite Yourcenar en la célebre Memorias de Adriano? “Esta novela, La legión perdida, lucha también contra la versión más light y edulcorada que nos presenta Yourcenar en su maravillosa novela. Pero yo siempre digo que, aunque escrita con admirable introspección y profunda psicología sobre el personaje, solo es parcialmente histórica. Ella misma lo reconoce en entrevistas. De Adriano solo cogió lo que le gustaba y dejó el resto. Apreciaba que era intelectual, culto, que escribía poesía… pero de que tuviera un pronto muy malo, nada. Adriano mata a Apolodoro de Damasco, el gran arquitecto que construyó ese puente imposible sobre el Danubio y otras obras impresionantes, porque se rio de uno de sus proyectos. Y dio un golpe de Estado brutal y descarnado”. Y añade, medio en broma: “Comprende que yo no le puedo tener cariño. No me sentiría cómodo, ni seguro, en su corte”. Dejamos a Santiago Posteguillo con la satisfacción del deber cumplido, al haber llevado a cabo su empeño de rendir un completo homenaje al emperador Trajano. ¡Ave Posteguillo!