Sara Mesa escribe recto sobre renglones torcidos

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texto MILO J. KRMPOTIC foto ASÍS AYERBE

Los relatos de Mala letra (Anagrama), de Sara Mesa, discurren entre infancias no idealizadas y víctimas que se rebelan.

Con su novela Cicatriz aún sin cerrar, pues fue una de las obras patrias mejor valoradas en los resúmenes críticos de fin de año, la madrileña de nacimiento pero sevillana de adopción regresa con una colección de relatos donde la Mala letra (Anagrama) invita tanto al abuso de autoridad ajeno como a la reivindicación propia. Hablamos con ella una mañana de domingo, escenario de calma y silencio sobre el que se cuela el rumor de una lavadora cercana. Como en sus historias, hay en esta charla cotidianidad e interferencia.

 

Ya en novela, ya en relatos, su imaginario se viene desplegando en torno a la ciudad ficticia de Cárdenas. ¿Cómo nace ese escenario y que le aporta?

Cárdenas nació en mi novela Un incendio invisible, que se reeditará próximamente, y en la que se contaba la historia de otra ciudad, Vado, que se iba quedando abandonada. Los habitantes de Vado emigraban a la ciudad vecina, Cárdenas, trasladando allí los problemas propios de la superpoblación -desigualdad, paro…-. Cárdenas es una ciudad anodina, más o menos grande, el prototipo de cualquier ciudad española que va perdiendo su personalidad. Es simplemente un escenario en el que puedo situar a mis personajes evitando la tediosa tarea (para mí) de la documentación: puedo inventar los nombres de los barrios, su configuración, sus calles, sus establecimientos, sin que me venga el lector de turno a reprochar: “Eso no es así”.

A su vez, Cárdenas, en cuanto capital, es el sueño de una serie de personajes que podríamos definir, sin el menor ánimo peyorativo, como “de pueblo”. Es una España provinciana, quizá incluso rural, que parece haber desaparecido del imaginario dramático contemporáneo (si no es desde el realismo o unos parámetros más míticos, como los de la ópera prima de su “vecino” Jesús Carrasco). ¿De dónde surge su interés por ella?

Yo me he criado y he vivido siempre en la periferia. Sevilla es, por supuesto, una ciudad grande, bulliciosa y menos provinciana de lo que se tiende a pensar, pero la vida de los barrios es otra cosa, así como la de los pueblos -ruralidad nada idealizada- que es la que ahora me interesa más. Pero, independientemente de todo esto, siento que en mis narraciones (sean novelas, sean cuentos) el escenario tiene menos importancia que el conflicto interno de los personajes, que creo fácilmente transferible a otros contextos.

Siguiendo esa línea, me ha llamado la atención, respecto a los relatos de Mala letra, que a menudo apunten a desencuentros prácticamente de otra época. Son hechos que sin duda siguen dándose (madres solteras, hijos que se ven obligados a encargarse del negocio familiar… ¡un pícnic dominical con todo lo que ello comporta!), pero que parecen remitir antes al siglo XX que al XXI. ¿Es consciente de ese gesto anacrónico?

No lo veo como anacronía, en tanto que en ningún momento digo que las historias estén ubicadas en la actualidad. De manera natural, cuando hablo de la infancia tiendo a hacerlo del mundo y el momento en que yo era niña, y lo mismo con la adolescencia. Y repito lo mismo que he dicho antes: los conflictos interiores por los que pasan los personajes, si los reduces a su esqueleto, son fácilmente transferibles a la actualidad.

En uno de los cuentos presenta a un coronel franquista en su cuartel de invierno último. Dos aspectos de interés al respecto: uno, que rompe la estructura habitual en el volumen, con esa voz que constantemente corrige al narrador. ¿Qué le llevó a optar por esa fractura casi metaliteraria, cuando sus narraciones tienden a ser más “tradicionales”? (al final de Mármol esboza una ruptura similar, pero diría que menos marcada)

Bueno, en varios cuentos del volumen planea la cuestión de la escritura, más la manera de contar o de ver el mundo que la literatura en sí. Esto está desde el título, cuestión que aparece en Mármol, como dices, pero también en Mustélidos, cuento que esboza una especie de poética. A mí, la metaliteratura no me interesa como cuestión ensimismada y egocéntrica, pero sí me gusta reflexionar sobre la manera de contar las cosas, la elección del foco, el entender que vemos lo que vemos en función del lugar donde estamos.

Y el segundo aspecto: la identificación del personaje protagonista y el estallido de violencia que representa el clímax del relato no solo introducen el elemento político en una colección que tiende a apostar antes por lo íntimo, sino que podrían entenderse como un ajuste de cuentas. ¿Percibió ese riesgo?

Es otra forma diferente de representar el tema de la culpa: se trata de un personaje que no se arrepiente y que, si pudiera, repetiría de nuevo sus hechos (“Nada nuevo”). Pero lo interesante, para mí, es la interpretación que da su nieto de la memoria, con partes que sabe, que intuye o que le han contado... la reconstrucción de esos hechos. No es un ajuste de cuentas en tanto que el coronel muere de viejo -la vejez es dura en todo caso- y es más, se desliza la sospecha acerca de si la cartera no lo inventó todo. Es cierto que es un cuento algo distinto al resto en cuanto a sus personajes, pero la temática, me pareció, encajaba bien en el conjunto.

 

Hay varios niños y adolescentes entre los protagonistas de estos cuentos. Y casi siempre aparecen sometidos a las correcciones de la memoria o a una actitud rigurosa por parte de sus adultos (de hecho, el hermano mayor de Papá es de goma, al erigirse en responsable de los otros, se comporta con ellos como un mini-adulto). La infancia en Mala letra es una lejanía, se presenta ajena a ese ideal de libertad que tantas veces le asociamos, es prácticamente un campo de entrenamiento para las constricciones mayúsculas que llegarán con el paso de los años…

Sí, estoy muy de acuerdo con todo esto que apuntas. Me resultan extremadamente ajenas las interpretaciones idealizadas de la infancia y la adolescencia como época feliz y libre de problemas. Y, en muchos de los cuentos, trato de darles la vuelta a los tópicos de la sentimentalidad, especialmente al de la protección -que normalmente se plasma en restricciones-. Y también creo que es una época en la que se tiende a corregir la mala letra -en sentido metafórico-, juzgando bajo criterios arbitrarios lo bueno y lo malo. Me parece significativo en ese sentido Palabras-piedra, en la que se aborta una relación de amistad entre una niña y un adulto simplemente porque no es normal o es socialmente sospechosa.

Y esas constricciones no dejan de aumentar en forma de sentimiento de culpa, exceso de responsabilidad, miedo… Diríase que no hay posibilidad de redención. Esta obra podría haberse titulado tranquilamente El triunfo del superyó

[Se ríe] Puede ser, pero convendrás conmigo en que es un título muchísimo más feo. Ya he dicho en alguna ocasión que Mala letra es un título que me sugirió Carlos Zanón, no corresponde a ninguno de los cuentos en concreto -aunque se relaciona mucho con Mármol- y, más que poner el acento en ese triunfo del superyó, lo hace en el impulso de la rebeldía, ese escribir mal conscientemente...

En el relato ¿Qué nos está pasando? presenta una situación paralela a la de su anterior novela, Cicatriz: un personaje masculino que abusa (aquí desde la posición social y laboral, allí desde una supuesta superioridad cultural y moral, y la resonancia que le otorga internet) y un personaje femenino que hasta cierto punto se deja abusar. Más allá de la siempre encomiable ambigüedad, ¿qué le ofrece esa indagación en la fascinación por el mal –en cuanto sus protagonistas no salen incólumes–, aunque se trate de un mal menor o directamente mediocre?  

Pues esto se relaciona con lo que he dicho antes, el hecho de escribir mal, con mala letra, incluye también hacerlo de temas que nos incomodan. Cuando existen un culpable y una víctima claros el lector se siente reconfortado (esto es “buena letra”), pero a mí lo que me interesa es indagar un poco más en la complejidad de otras situaciones. No digo que no haya víctimas puras (claro que las hay, por desgracia), pero a mí, con mi tendencia a la “mala letra”, lo que me tienta es escribir sobre historias mucho más ambiguas y turbias. En ¿Qué nos está pasando? existe un jefe que abusa de su poder para acercarse a una empleada (argumento poco original), pero en realidad de lo que trata el cuento es de mostrar cómo esa empleada, a su vez, abusa de su poder en la familia o con el hombre discapacitado que vende cupones. Ella se da cuenta, al final del cuento, de que no es en el fondo tan diferente de su jefe, puesto que esboza el mismo gesto de desprecio hacia el vendedor de cupones. Y ahí viene esa pregunta que se hace, “¿qué nos está pasando?, ¿en qué momento dejamos de ser limpios para empezar a estropearnos y corrompernos?”. Ya sé que esto no es muy agradable de leer, pero en fin, son las consecuencias de coger mal el lápiz, ¿no?