No existen los fantasmas, pero…

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texto MILO J. KRMPOTIC'  foto MARIO KRMPOTIC'

Toni Hill se pasa al misterio gótico con ‘Los ángeles de hielo’ (Grijalbo).

Un soldado inglés que salió de las guerras napoleónicas disparado hacia España (posiblemente antes de lo que le tocaba, de ahí que le conviniera poner tierra de por medio) ejerce de explicación al apellido de este vecino de L’Hospitalet, traductor y asesor editorial del Grupo Penguin Random House. ¿También, quizá, de su gesto fabulador? Tanto da, no entraremos en análisis psicológicos, que bastante hay ya de ellos en Los ángeles de hielo (Lumen), un noir barcelonés ambientado en 1916 que añade a la coctelera, elegantemente folletinesca (“quería poner lo que sé hacer al servicio de una trama”, dirá después), una guerra mundial y alguna que otra aparición fantasmal al estilo Otra vuelta de tuerca. El día de nuestro encuentro, adecuándose inquietantemente al trasfondo de la novela, la Ciudad Condal padece uno de esos aguaceros que invitan a ver siluetas extrañas al otro lado de los ventanales. Menos mal que la luz no llega a irse jamás en el restaurante Tra-Bal de la calle Balmes, que acoge nuestra charla, porque de otro modo bien podríamos habernos imaginado en otro tiempo y otro espacio, quizá en un internado femenino del Maresme a principios del siglo XX, azotados por las inclemencias de la culpa, la neurosis y un torcido hambre de venganza.

 

Ambientaste el cierre de la trilogía del Mosso d’Esquadra Héctor Salgado en las protestas del 15-M. Y con Los ángeles de hielo has pegado un salto al pasado de cien años. ¿Necesitabas airearte un poco respecto al crimen contemporáneo?

Sí, tal cual. Necesitaba airearme respecto al crimen, respecto al estilo también, respecto a la recreación de un telón de fondo. Es que estamos hablando de tres novelas escritas en apenas cuatro años. En la primera hubo poco fondo, en la segunda hubo algo más, porque acontecía en plena crisis, y en la tercera ya muchísimo. Yo tenía claro que Salgado terminaba ahí, al menos por un tiempo. Así que me apetecía mucho hacer una novela de pasadizos y escaleras y todas esas cosas. Ya en la trilogía había detalles góticos: las muñecas en la piscina de la primera novela, el hallazgo de los cadáveres en la tercera… Pero sí, me apetecía cambiar de registro sin traicionarme. El género negro me gusta mucho, pero tengo la sensación de que hay que ampliarlo. Y, si esto no se considera género negro, pues ya me muevo yo, no hay problema. Ahora estoy pensando una novela ambientada de nuevo en 2016, pero quedarme anclado en la trama detectivesca pura y dura, en ese momento, no me atraía nada.  

En efecto, Los amantes de Hiroshima y Los ángeles de hielo coinciden en su regurgitación de asesinatos y traumas del pasado. Es algo sobre lo que el género negro a veces pasa de puntillas: la vigencia del crimen, el modo en que perdura en el tiempo por mal resuelto, por no resuelto, por las cicatrices que deja…

Claro, es que hay algo falso en las novelas detectivescas clásicas: se descubre al culpable y se acaba. Pero ahí tienes a una serie de gente que durante un rato han sido personajes secundarios importantes para la novela y que de repente dejan de importar, por más que tengan que seguir viviendo sin su marido, sin su mujer, sin su hijo...

La catarsis dura menos que el dolor.

Sí, es algo que me interesaba mucho en Los amantes de Hiroshima, aunque en Los ángeles de hielo son más traumas del pasado que llevan a crímenes en la actualidad (entendiendo como actualidad el año 1916), allí no hay un crimen previo.

Otro aspecto recurrente en tu obra son los matrimonios que acaban mal. Mira mi dedo anular izquierdo y dime cómo puedo escapar a la maldición.

[Se ríe] No todos acaban mal, pero digamos que no tengo una gran fe en la duración de las relaciones sentimentales... lo cual no quiere decir que no haya opciones. Pero más ahora, cuando la vida es tan rápida y hay tantos cambios de trabajo, de ubicación… Luego está lo de Tolstói, aunque es mentira, porque no existen las familias felices [vuelve a reírse].

Te licenciaste en psicología y has convertido a tu último “héroe” en un psiquiatra amigo de la familia Freud. No obstante, más allá de las cartas y consejos que le dirige Anna, una de las hijas de Sigmund, no llegas a mostrar al Gran Hombre en persona. ¿Pudor o temías que su presencia se comiera la novela?

Es que había que tener mucho cuidado con varios aspectos: la guerra y los recuerdos de la guerra, la tensa situación de Barcelona con el anarquismo, Freud y Anna… Yo quería dar una visión panorámica y para ello tenía que utilizar unos elementos y dejar otros de lado. Pero tampoco podía permitir que uno de esos elementos se comiera mucha novela. Y Anna Freud se comía menos novela que Sigmund. Por otro lado, era raro que el protagonista le escribiera a Sigmund en persona. Y, de hecho, aunque Anna no sea un “ángel de hielo”, bien podría haber estudiado en ese internado. Anna acabó siendo psicoanalista, pero en su familia querían que fuera maestra, así que su destino podría haber sido el mismo que el de Blanca, Maria Mercé y todas estas chicas. Luego hay cosas que no pones por coherencia narrativa, porque no tiene sentido que se revelen, pero también he descubierto que los personajes reales me cortan mucho, tengo un cierto pudor porque son un referente para mucha gente, así que limité su presencia a unas cuantas cartas que servían para evocar Viena y para demostrar la idea de que el azar, lo inesperado, puede ser trágico: los cuatro hijos varones de Freud sobreviven a la guerra y, cuando ya los tiene a todos en casa, va y se le muere Sophie de gripe. A todo esto, me leí tres biografías de Freud y, cuando ya tenía la novela prácticamente acabada, sale la de Roudinesco en Debate, que teóricamente aportaba cosas nuevas, así que me fui corriendo a comprarla, no fuera a haber algo en ella que me desmintiera.    

El psicoanálisis coincide con el cristianismo al sostener que la verdad libera, pero el libro bien podría apuntar en un sentido opuesto. ¿O, más allá de moralejas, pretendes mostrar que, de un modo u otro, somos prisioneros de nuestras elecciones?

Ambas cosas. La verdad es necesaria, y a partir de ahí tienes que reconstruir tu vida. Pero eso no quiere decir que te libere de nada, al revés: a veces descubres que has tenido cierta culpa en algo que no sabías. La verdad es pedagógica y el modo en que la manejes conformará tu futuro. Es verdad que el cristianismo, con la confesión, consiste en revelar tus pecados, y el psicoanálisis apunta también por ahí. Pero contar las cosas, aunque resulte catártico, no te cura de nada. La catarsis es solo un paso hacia la curación y, de hecho, puede empeorar las cosas, porque al hablarlo vuelves a hacer presente ese problema del pasado.

 

Junto a Viena y Barcelona, lo has avanzado ya, un escenario secundario pero básico en la novela se halla en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. ¿Qué aporta ese conflicto al relato?

Muchas cosas. Sobre todo, la incertidumbre del protagonista. Él no deja de ser un niño bien. Con una infancia un tanto peculiar, porque su madre está en Viena y su padre en Barcelona, pero igualmente bastante cómoda. Luego va a seguir las teorías freudianas, que en aquella época eran casi un dogma: podías seguirlas o no, pero si las seguías, las seguías. Y de golpe se encuentra con un conflicto en el que todo se tambalea, como se tambaleó toda Europa. Y, al ver que alguien tiene un ataque de ansiedad en las trincheras, se recoloca: sí, habrá unas causas pasadas, pero lo que de verdad motiva el ataque es que el tipo se halla en ese momento en esa trinchera, que es la gran pega que se le puede poner a Freud, el que sitúe el origen de todos los traumas en la infancia. Además, el principio del siglo XX debió de ser parecido al del siglo XXI, con su estallido tecnológico y sus ansias de progreso. Y esa especie de vida brillante, sobre todo si eres burgués, se le va a la mierda a Frederic en la guerra. Ya no por la guerra en sí misma, que también, porque fue absurda, pero también por sus amigos. Otro de las temas de la novela es la dualidad, tanto por la paranoia llevada a un extremo como por la presencia, por el mito del doble. Frederic tiene dos amigos y uno se convierte casi en un santo, capaz de predecir su propia muerte, mientras que el otro se convierte en un demonio que disfruta matando.

Es una novela muy hitchcockiana, en ese sentido.

Sí, pero es que Rebeca también está ahí. Aunque hice que el ama de llaves fuera simpática. Inquietante, pero simpática.

Pero pienso en todos los personajes femeninos, en general. Solo falta que una de ellas aparezca con peluca junto al Golden Gate.

Es una novela muy femenina. En el momento en que eliges como escenario un internado femenino... Y es una novela sobre la represión, y la represión sexual ha sido siempre infinitamente mayor en las mujeres.

Es el origen de la histeria.

Claro. Si estoy hablando de Freud, de histeria, de neurosis y de todo esto… necesitaba a una serie de mujeres, pero intenté que cada una de ellas fuera distinta y la verdad es que creo que los personajes femeninos me han salido bastante diferentes entre sí.

Algo más allá, resulta evidente que traducir Jane Eyre te marcó.

Utilicé algún elemento de Otra vuelta de tuerca en Los amantes de Hiroshima. Luego, dentro de las novelas góticas, estaba Cumbres borrascosas, que es más una historia de amor. Uno de los lemas que tenía en la cabeza era lo de las “niñas malas”, que te digan que eres malo de pequeño sin que lo seas. Sin que AÚN lo seas [se ríe]. Y eso me remitía directamente a Jane Eyre, así que para qué buscar otros referentes, conociendo tan bien la novela. Al principio fue un pequeño guiño, la obra de teatro que organizan las chicas, pero comencé a jugar con ello a más niveles. Además la volví a leer, porque me mandaron la reedición que han hecho en Penguin Classics con mi traducción, y me fui metiendo en esas cosas tan decimonónicas como el tiempo, las nubes, los paseos… Y al final la novela ha acabado siendo como una versión perversa de Jane Eyre.

Ya por último, no existen los fantasmas pero haberlos, haylos, ¿eh?

Yo digo siempre que los fantasmas no existen, que los ves tú porque los tienes aquí [se señala la cabeza]. Tú tienes un fantasma y lo proyectas. Los fantasmas como la señora de negro de la novela no existen… espero, vamos.