“En nuestro país hay muchos magos entre la clase política, los fiscales, los jueces…”

 

texto ANTONIO ITURBE  foto PAU SANCLEMENTE

José Sanclemente abre el baúl de la magia profesional en ‘Ilusionarium’ (Roca).

José Sanclemente, actualmente presidente de la sociedad editora de Eldiario.es, ha visto los engranajes, e incluso los ha movido y los sigue moviendo, de algunos de los grupos de comunicación y periódicos más significados de los últimas tres décadas. Él es un curioso pertinente que se asomó al mundo de la escritura con la serie de novelas policíacas con trasfondo en los medios de comunicación protagonizadas por el inspector Julián Ortega y la inquieta periodista Leire Castelló. Como no puede parar quieto, ahora ha hecho una inmersión en las aguas opacas del mundo de la magia profesional con un nuevo protagonista, el periodista neoyorquino Christian Bennet. Un plumilla a la vieja usanza, al que las redes sociales no le interesan nada y que solo se fía del afecto de su perro, pero que es un imán para las noticias. Veremos cómo se las compone para dar con el paradero de la hija de la editora de su diario, una profesional del ilusionismo que, oficialmente, cayó al río Sena con su coche y a la que se dio por muerta. Las Vegas, Nueva York, Barcelona y París son los itinerarios que recorremos en este abracadabrante thriller de intriga lleno de resortes, trampas y quiebros que se hace adictivo. Sanclemente ha dado un salto respecto a sus anteriores novelas, y no al vacío.

 

Un mantra recorre el libro: "En cierta manera, nos gusta la mentira". ¿Nos gusta que nos engañen?

A veces, preferimos ser engañados. En ciertos momentos de nuestra vida nos comportamos como cuando asistimos a un espectáculo de ilusionismo. Sabemos que el mago nos va a hacer un truco en el que la apariencia de lo que sucede ante nuestra vista es real, intuimos que no lo es, pero nos sentimos mucho más satisfechos que si conociéramos la verdadera manipulación que hay detrás del efecto que nos ha sorprendido.

¿Nuestro cerebro no se rebela?

Nuestro cerebro nos engaña continuamente. Está más preparado para los estímulos sentimentales que para los racionales, y encima tiene muchos límites. Nuestras neuronas y nuestra retina son incapaces de captar ni la décima parte de lo que nos puede mostrar una fotografía realizada por el teléfono móvil más sencillo. Así es que ya estamos preparados de antemano para el engaño. La verdad absoluta, si existe, se agota en cuanto la conoces; en cambio, la mentira puede durar una eternidad, y eso nos reconforta.

Aunque en un primer momento se dice que el poder de la prensa es ridículo y es una reliquia romántica, después se acaba demostrando que es capaz de poner coto a los malvados. ¿No es usted un romántico?

Posiblemente sea un romántico que sigue pensando que contar lo que está pasando es necesario para poner coto a los desmanes, pero es cierto que muchas veces no pasa nada cuando lo cuentas. Nuestro sistema tiene unas tragaderas muy amplias, a veces parecen infinitas. Nada lo altera. Es como cuando una lagartija pierde su cola y esta se vuelve a regenerar. Ahora que está de moda la “regeneración” en boca de los políticos, tengo la sensación de que, cuando la pronuncian, están pensando en la perpetuación. El periodismo no tiene como misión cambiar ese sistema, quienes tienen que hacerlo son los ciudadanos, pero volvemos a lo de antes, muchos prefieren ser engañados.

Actualmente, casos como el de las escuchas del ministro del Interior, Fernández Díaz, en la prensa han tenido nulas consecuencias políticas. ¿Por qué?

Lo del ministro del Interior podría catalogarse como el virtuosismo del mal al que te referías antes. Juega con la ventaja de la impunidad que le da una justicia que está politizada, pero hemos de reconocer que el personaje ha sabido manipular como nadie y encima mucha gente prefiere creer que han atentado contra su intimidad y han violado su privacidad. Es para nota. En nuestro país hay muchos magos entre la clase política, los fiscales, los jueces, los financieros. A algunos se les ve el truco a la legua, pero ahí siguen, en el escenario, con su público entregado.

Para la preparación del libro, ¿cómo se ha acercado al mundo de la magia?

He visitado todos los escenarios de la novela. He visto varios espectáculos de magia en Las Vegas y en Nueva York. Estuve en Le Double Found de París, un café-teatro en el que actúan los Duvivíer, padre e hija, especialistas en magia de cerca y, por supuesto, en Barcelona en el Rey de la Magia, donde me inscribí en un curso de aprendizaje a la prestidigitación, he de decir que con pobres resultados. No soy muy hábil manipulando los naipes o haciendo desaparecer un pañuelo. Me documenté en los principios de la neurociencia, buscando conocer por qué resulta tan fácil engañarnos. Ha sido una experiencia estupenda. Diría que resulta más fácil ser engañado que engañar a los demás.

Desvela algunos trucos... ¿no teme que se cabreen los magos?

Hay infinidad de trucos que tienen decenas de años, cambia la técnica pero la base es la misma. Houdini hacía números de escapismo atado con cadenas y esposas y sumergido en un tanque de agua que Cris Angel, en Las Vegas, reproduce con efectos de tecnología avanzada asombrosos. No creo que los magos se enfaden por desvelar algún truco en Ilusionarium. Al fin y al cabo es una novela, una ficción, como todo lo que ellos practican magistralmente. Creo que hay bastante de homenaje a la magia, sobre todo a las magas, a las que les ha tocado asumir el papel de ayudantes cuando algunas son las verdaderas artífices de que la ilusión funcione.

 

Deja tus comentarios

Enviar un comentario como invitado

0
términos y condiciones.

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios