Luis Landero: entre soñadores descarriados y peluqueros de ideas

 

texto ANTONIO ITURBE  foto PEDRO BERLANGA

Luis Landero publica “La vida negociable”, literatura en estado puro.

Luis Landero vuelve a ponernos tras los pasos de uno de esos personajes suyos soñadores y fantasiosos, con más traza para la vida imaginaria que para la real. En esta ocasión nos pone frente a la que quizá sea su novela más turbia. El protagonista, Hugo Bayo, es un soñador que se descarría: está tan pendiente de sus sueños desaforados que no se da cuenta de las pesadillas que puede provocar a su alrededor. Y, sin embargo, Landero consigue que pese a los desmanes de Hugo no perdamos la empatía con él. Porque él quiere llevar un buen camino, lo que pasa es que su brújula tiene los imanes fuera de sitio.

También es cierto que es un alocado con causa: en la adolescencia recibe un peso que acaba hundiéndolo. Un secreto de su madre y otro de su madre. El resquebrajamiento del arquetipo de la madre bella e impecable y del padre religioso y de convicciones morales inquebrantables le abre una brecha por la que se cuela un vendaval que le hace huir hacia adelante a lo loco. Empieza a sacarles dinero a sus padres para mantener la boca cerrada de manera cada vez más extorsionadora y se dedica a vivir una vida que aparenta llena de brillo pero que es cochambrosa y se hunde en el lodo de su propia inmoralidad.

Su padre repite una frase que se convertirá para él en un lema: “en la vida todo es negociable”. Se puede negociar con Dios, con los hombres, con tus remordimientos… Hay un momento en que Hugo se percata de su miseria moral y reflexiona, pero su reflexión es, precisamente, que “por muy bajo que uno caiga, mal que bien acaba por amoldarse a su situación”. Y el narrador, suspirante, concluye que “la supervivencia puede más que la ética”.

Hugo descubrirá un talento sorprendente para la peluquería, aunque sea un oficio que no le agrade. Dice el narrador que “La peluquería es un espacio público de libertad y democracia”. Allí se leen periódicos, se discute de todos los temas. Pero a Hugo, harto de ese trabajo y de la servidumbre dócil del peluquero con su clientela, se irritan ante las ideas rancias en una España que dejó poco tiempo atrás la dictadura y en uno de esos ramalazos de genialidad que tiene, esgrime las tijeras al aire con aire amenazante y grita: “Nada me gustaría más en el mundo que ser peluquero de ideas”.

Veremos a Hugo recorrer muchas estaciones y algunos descarrilamientos, pero la novela tiene una conclusión inesperada, un final que emociona al lector ya hipnotizado por esa prosa de Landero que te hace leer y vibrar al mismo tiempo. Ha vuelto a regalarnos uno de esos personajes tan literarios y a la vez tan verdaderos, que ya te acompaña para el resto de la vida.

 

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