"La realidad se hunde en el limo de las leyendas"

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texto ANTONIO ITURBE  foto ASÍS G. AYERBE

Ramón Pernas presenta ‘El libro de Jonás’ (Espasa), una historia de amores góticos y gallegos.

Ramón Pernas tiene la mano caliente. Tras una decena de novelas elaboradas con lentitud geológica, llega a El libro de Jonás con un dominio técnico de herrero antiguo. Una novela técnicamente virtuosa, pero también argumentalmente turbia. Nunca sabemos cómo se llama el protagonista, ni por qué ciertas premoniciones se cumplen o hay desviaciones que llevan a ese otro lado de la frontera de lo racional. El trasfondo gótico que tira del relato gira en torno a una historia sobre el amor que llevan toda una vida profesándose, desde su infancia en Vilaponte, el protagonista y Argenta, la hermana de su mejor amigo. La enigmática marcha del pueblo del hermano de ella tras perder un ojo accidentalmente jugando en la plaza, para no regresar nunca, es un hecho que ha permanecido hibernado durante años en su interior, hasta que su encuentro sentimental abre las compuertas del misterio.

Pernas, librófago que trabaja y vive en Madrid, es un gallego de Viveiro, que en la novela se transustancia en Vilaponte, lugar de la Galicia alta donde la vida apacible está impregnada del humo de las leyendas que se cuentan por las noches en la lareira.

Hay algo vagamente inquietante desde el principio del relato. ¿Por qué nunca sabemos el nombre del protagonista?

El protagonista es innominado por su vocación literaria de la “otredad”, de ambicionar querer siempre ser el otro. ¿Cuál? Ser a un tiempo Gregorio Samsa y experimentar una metamorfosis que dura toda la novela, o acaso identificarse con un personaje que vive en un cuento de Borges.

El protagonista, criado en un pueblo del norte de la costa gallega, hombre de mucho leer, que se va a Madrid a establecerse pero vuelve todos los veranos para San Roque sin faltar a su cita, que está en los sesenta y alguno… Después, le suceden cosas que pertenecen a los mundo de la imaginación, pero ¿cómo de descabellado sería haberle puesto de nombre Ramón, o Moncho, o Monchiño a ese narrador?

Fui modelando un comportamiento que se pareciera al mío propio sin parecerse en nada a mí. Levanté a un tipo que me sonara bien y que, al igual que yo y otro par de docenas, acudiera en agosto a su cita con Vilaponte como quien anda y desanda permanentemente, a lo largo de una vida entera, el camino que lleva a Compostela. Indudablemente, el narrador no soy yo, aunque no traspase con la frecuencia deseada ese cristal, ese espejo en el que parezco mirarme según van pasando las páginas.

Vilaponte es un lugar no solo físico, sino también moral. Dice el protagonista sobre ese Vilaponte al que vuelve para terminar allí sus días: “Odio levemente lo mismo que amo”. ¿Odiamos lo que amamos?

Vilaponte siempre ha sido para mí un estado de ánimo, un conflicto no resuelto, un alfa y omega controvertido. He idealizado en demasía Vilaponte, construyendo a mi antojo un territorio, una Comala, un Castroforte de Baralla, el país literario de Faulkner o el espacio vital de Luis Mateo Diez. A veces me digo a mí mismo que Vilaponte está sobrevalorado. Luego me arrepiento y es en ese contexto de insatisfacción donde ubico ese “odio levemente lo mismo que amo”, porque solo es posible jugar con ambos sentimientos, con el haz y el envés, con la cara y la cruz. Al fin y al cabo, desde ese universo que dio en gran medida forma a mi narrativa, convivo de manera natural con la idea de un Vilaponte inexistente, un pueblo ya irreal que en poco o nada se asemeja al mío. ¿Soy yo de Vilaponte? ¿O Vilaponte soy yo? No hay respuesta previsible. Quizás solo sean sombras para fijar un paisaje con la mar al fondo. ¿A quién le importa?

Por detrás del entramado gótico, que sitúa el relato en recovecos que nos asoman al lado oscuro, hay una reflexión muy terrenal y pegada a la realidad más cruda: envejecemos. Hay ahora una tendencia a hablar de la maravilla de la tercera edad, la edad de oro, el mundo dorado de los séniors, la tercera juventud… ¿Un cuento chino?

La vejez, querido Toni, es un fracaso. Ensalzar la llamada tercera edad es una de las muchas causas perdidas, como el circo, en las que milito. Desde que edito novelas, y ya va una decena, he procurado que crezcan literariamente conmigo. Crecí en ellas y con ellas, y ya se han hecho mayores, tienen sus manías y sus carencias, caminan más despacio, aguardan los achaques “compatibles con la edad”, son mayores sus personajes porque mi mundo narrativo se ha hecho mayor, ha envejecido. Los cuentos para adultos mudaron a una prosa senil de fondo, y me ha dado por escribir con personajes que ya doblaron la sesentena, y así concebí una trilogía que empezó con Hotel Paradiso y que concluirá con El libro de los adioses. No hay mundos dorados donde habitan los viejos, y la edad de oro concluye cuando cumples los treinta años. Los viejos no tienen quien les escriba, son incómodos, huelen mal y ni siquiera compran libros porque ya han leído todo lo que tenían previsto. Mis novelas transcurren contando toda una vida, acaso desde la vejez que constato pero que reivindico. No son siquiera de ese género que se ha dado en llamar autoficción.

 

En Vilaponte, los hombres, cuando pasean, hablan con los árboles. Si escucháramos a los árboles, ¿qué nos contarían?

Me sorprende que no supieras que en Vilaponte los hombres hablan con los árboles mientras pasean. Pues así es, y ellos les dan cuenta y razón de cuantas personas pasaron antes que nosotros a su lado, son historias cotidianas de cuando llovió seis noches y siete días y el cielo no dejaba ver el sol, o cuando un viento huracanado abatió la hilera de avellanos que había junto al río. Les comentan lo mucho que desearían poder caminar, preguntan cuánto cambió Vilaponte, se interesan por personas que han desaparecido, cosas así, y al protagonista del libro de Jonás no dejan de preguntarle por determinados artículos del código civil, o del derecho administrativo y procesal, conociendo su oficio de catedrático de derecho. El último chopo antes de llegar a la curva siente una profunda tristeza por no haber podido ser abogado.

“Mi padre hablaba entre paréntesis”… ¿y eso cómo se hace?

El padre del protagonista hablaba despacio y con voz casi inaudible, siempre con circunloquios, dando rodeos, prolongando las frases, como estos personajes que viven en el libro de donde nunca salieron. Hay que leer las frases salpimentándolas de comas y de puntos y aparte. Es lo que se llama en Vilaponte hablar entre paréntesis. ¿O no? .

Dice el protagonista que “he procurado vivir sin hacer demasiado ruido”. En nuestra sociedad eso se considera un fracaso: si no tienes seguidores en Twitter, si no acumulas likes en Facebook, si no eres influencer estás jodido. ¿Hemos convertido la soledad y el silencio en un tabú?

El protagonista ha llegado tarde a las redes sociales, las conoce pero no las frecuenta, sigue viviendo de manera discreta lo que va de sus fantasías a sus libros. No es un fracasado, pues ni siquiera tiene que ocuparse por defenderse tras la muralla libresca que le proporciona argumentos para ser feliz. Vive sin hacer demasiado ruido. Es posible que ejerza una timidez enfermiza e impostada. Quién sabe.

Se habla de ese universo de los recuerdos que tal vez ni siquiera existió, “porque muchos ni siquiera son tuyos, son leídos o vividos por otras personas”. ¿Cómo han sido de cruciales los libros para tu vida?

Para mí, que vivo en todas las preposiciones que llegan al mundo del libro, en, para, sobre… los libros nutrieron mi imaginario, ilustraron mi vida, sanaron dolores físicos y anímicos, me hicieron soñar historias que solo vienen en los textos leídos, son cientos, según la luz de los mediodías los libros que fueron reformateando mi vida, tantos que no caben en una enumeración somera.

 

El narrador se instala un ordenador con Google y empieza a arrinconar los libros: “Condené la consulta de libros que crecieron conmigo”. Para la cultura y para la lectura, ¿Google es la solución o el problema?

Google es un problema y, como diría Marx, todo problema lo es porque conlleva solución. Es una excelente herramienta y el aliado, el catón cultural de la vejez, pues hace mucha compañía. Es posible ignorar Google, aunque es difícil. Google todavía no viene en los libros.

La relación del narrador con Argenta es una parábola en sí misma. Llevan toda la vida amándose y esperándose el uno al otro, sufriendo en soledad. Y, cuando cuarenta años después dan el paso de confesarse su amor y unen sus vidas, los dos –sobre todo él– se dan cuenta de que era mejor soñarlo. ¿No es desesperante? Si no consigues tus sueños vives en la frustración, y si los logras caes en la decepción…

Soñar una pasión es vivir las vísperas y nada hay más intenso que aguardar lo que todavía se espera. Y, si es una mujer, es más placentero soñar para que el hechizo no se quiebre como en un cuento romántico para adolescentes.

Y el circo, que aparece aquí más de refilón, pero que siempre acaba asomando la carpa de colores en tus novelas…

El circo que yo amo es una presencia inexcusable en mi vida. Dormí en caravanas, viví el circo desde dentro, me inoculé el veneno de la carpa, para el que no existe antídoto. He contribuido a apuntalar el viejo espectáculo desde las páginas de los diarios y los libros. Soy, y lo digo sin disimulo, el único activista español en el frente cultural del circo.

Dice el narrador: “Me molestan los simples y adoro a los humildes”. ¿Y cómo diferenciarlos?

Se diferencian a primera vista los simples de los humildes. Se distinguen en la barra de un bar, en los silencios y en los saludos. Los simples caminan sin disimulo, los humildes suelen ser cabizbajos y algo tristes. Los simples son obvios, previsibles en demasía.

La novela nos va creando un creciente desasosiego. Suceden cosas inexplicables, hasta que se desliza hacia un final sorprendente y oscuro. No contaremos cuál. Pero sí podríamos apuntar que el protagonista –eterno pusilánime, melancólico y amante de su rutina– toma una decisión tajante, incluso heroica, o simplemente honesta. ¿De qué materia están hechos los héroes?

El héroe es aquel que una vez en su vida es capaz de dar un quiebro a su historia y convertirla desde la honestidad en heroicidad. Los héroes están construidos con los materiales de la gallardía, muy cerca de la materia con que se diseñan los sueños.

Esta es una novela que tiene una cucharada dulce y tres amargas. ¿La literatura hay que tomarla sin azúcar?

Todos los libros maridan bien con una copa de buen vino. El azúcar se transmutó en edulcorante. Hay demasiado en la literatura de consumo, un exceso de azúcar que pervierte todos los sabores esenciales.

Estás llegando a los 65, una edad que marca una frontera. ¿Qué ves al otro lado? ¿Cuál es tu plan para llegar a la cima de la vida?

Yo no veo otra cosa que no sea leer y escribir, al otro lado de esa frontera no elegida. Acaso, y remedando a nuestro señor Alonso Quijano, después de estos años solo me quede, libros por escribir y editar mediante, “vivir loco y morir cuerdo”.