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texto SANTIAGO BIRADO  foto ARCHIVO

El licántropo acecha en la antología de Juan Antonio Molina Foix “Los hombres-lobo”

Siguiendo con los viernes del terror literario de Librújula en este octubre prolegómeno de la noche de Halloween, nos detenemos en el mito del hombre lobo. “Decir que ha despertado la bestia en un hombre no es siempre una metáfora” es la advertencia que nos hace Juan Antonio Molina Foix en la fascinante antología Los hombres lobo (Penguin Clásicos) que se reedita muy oportunamente. Reúne pioneros relatos góticos como El lobo blanco de las montañas Hartz del Capitán Marryat o Hughes el hombre-lobo de S. Menzies, y piezas escalofriantes como El campamento del perro, de Algernon Blackwood, La caza de P. Fleming, Tabú de G. Household o Le gâloup de C. Seignole.

El licántropo: mitad hombre y mitad lobo, está presente en muy diversas culturas y es uno de los mitos del terror más universales y también más antiguos: su leyenda, transmitida durante generaciones de manera oral en las historias contadas alrededor del fuego, se pierde entre los aullidos de la noche de los tiempos. Aparece en la literatura escrita desde muy pronto: ya en el año 7 d.C. Ovidio en Las Metamorfosis cuenta la historia de Licaon a quien Zeus convirtió en lobo como castigo y unos años después Petronio en su Satyricón relata la transformación de un soldado en lobo.

Juan Antonio Molina Foix nos muestra la larga tradición europea de esas historias que explican tanto los casos de hombres que siendo mordidos por lobos se transforman en animales, como los de niños criados en lo más profundo del bosque por lobos que acaban comportándose como ellos, o los de hombres cuyo profundo contacto con la naturaleza los ha llevado a una manifestación de su ser más primitivo y salvaje. La época Romántica, en la primera mitad del siglo XIX, será un campo abonado para estas leyendas febriles, acentuando en la mayoría de los casos los aspectos sobrenaturales y conectándola más directamente con el mundo de lo oculto y lo monstruoso. Un banquete de terror literario para ponerse las botas.

En El lobo blanco de las montañas Hartz, Frederick Marryat (conocido como Capitrán Marryat por su pasado de marino y su mano para las grandes novelas de aventuras) asistimos a uno de los grandes relatos de licántropos nunca escritos. Es una historia incluida en El buque fantasma en la que un marinero llamado Krantz relata lo que sucedió en su infancia cuando su padre, tras matar a su madre en un arrebato por irse con el amo de la casa donde servía, huyó a las montañas de Transilvania con los hijos. Allí encontró un lobo blanco de un extraño magnetismo y al poco conoció a un padre y su bella hija, a la que pidió en matrimonio. La mujer salía de casa por las noches y regresaba con la ropa manchada de sangre… no era un hombre lobo ¡sino una mujer lobo!

La caza, de Peter Fleming (el hermano del creador de James Bond, Ian Fleming), es otro de los grandes relatos que nos sirve esta antología. Dos hombres se encuentran en una gélida estación porque han llegado al lugar a cazar… algo muy especial. Se relata la historia de cómo un ama de llaves con extraños poderes tuvo un hijo con un lord: el hijo nació con el dedo anular más largo que el dedo corazón, el signo de que será un hombre lobo. Este despechado hijo bastardo dedica toda su sangrienta fuerza animal a asesinar a cuantos herederos nombra el lord. Los cazadores que han venido a por él tal vez acaben siendo cazados.

Hay relatos canónicos como El tabú de Geofrey Household, donde Molina Foix afirma que aparece por primera vez la bala de plata como fórmula de matar al hombre lobo. Y otros con un toque incluso poético como El Gâloup de Claude Seignole, donde la historia se cuenta desde el punto de vista de la bestia empujada por su instinto animal. Y es que los hombres lobo nos asustan porque son bestias de una fuerza arrolladora y de una voracidad insaciable, pero sobre todo nos inquietan porque también, bajo la gruesa mata de pelo y los colmillos manchados de sangre, hay una persona que nos mira desde allá adentro.

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