"Cuando eres muy selectivo leyendo, te vuelves muy exigente con tus propios textos"

 

 

 

texto ANNA MARÍA IGLESIA

Crónicas del amacrana es ya el tercer libro que publica tras el éxito de su primera novela, sin embargo, David Monteagudo sigue siendo conocido principalmente por Fin, libro que consiguió vender más de 50000 ejemplares. Monteagudo no reniega de él, pero tampoco quiere quedarse atrapado en el pasado y busca, manteniéndose fiel a sí mismo, evolucionar hacia una literatura que escape del encasillamiento genérico. Por esto, insiste que Crónicas del amacrana (Rayo Verde) no es un libro de ciencia-ficción, sino un libro que dialoga con muchos géneros. Crónicas del amacrana es un libro de relatos, unidos de tal manera de conformar una novela con un protagonista muy definido: Daniel, un joven que, siendo niño, descubre que su padre trabaja en secreto para una organización encargada de estudiar fenómenos paranormales con el objetivo de controlar la sociedad y prevenir determinados actos “delictivos”.

 

Crónicas del amacrana, ¿un libro de relatos que se lee como una novela?

El libro fue concebido como libro de relatos y todos los relatos fueron escritos en un determinado periodo y con continuidad, exceptuando uno que es posterior a todos los otros. Cuando escribes relatos de manera concentrada en el tiempo, te das cuenta de que terminan teniendo una unidad temática y, por tanto, es normal reunirlos. Estos relatos tienen ya bastante tiempo, pues antes de publicar Fin yo escribí mucho y ahora he recuperado muchos de esos escritos, los he corregido y junto con Laura [Huera, editora de Rayo Verde] los hemos reunido dándoles unidad y, sobre todo, enmarcándoles en una historia, puesto que ahora mismo, es muy difícil ofrecer al público lector mayoritario un libro de relatos. Sí que creo que entre gente más leída no hay tantos prejuicios, pero el lector mayoritario es diferente.

Una de las ideas que plantean los relatos es si es mejor una sociedad controlada en la que se previenen los acontecimientos delictivos o una sociedad libre, pero sujeta al delito.

Es un debate filosófico que se plantea entre dos de los personajes, uno de los cuales representa el pensamiento oficial, es decir, representa a una superestructura de gobierno que ha controlado a la población, mientras que el otro representa un comportamiento más creativo y más libertario y, por tanto, es alguien que cree que una sociedad en la que no te dejan equivocarte es una sociedad sin libertad.

Y se plantea también un diálogo entre lo conocido y lo no conocido.

Lo que representa el personaje joven es la libertad y la creatividad y subraya cómo por mucha tecnología que lo controle la realidad se escapa de cualquier cálculo. Yo quería hablar de esa fuerza que tienen aquellas personas capaces se sobreponerse a su propio destino. Lo que sucede es que por mucho control que se pueda tener sobre el propio destino, siempre hay algo que se nos escapa, algo que aparece u ocurre y que no está previsto.

Ahí está la figura del padre de Daniel, un hombre que termina revelando una parte oculta.

David, que es el narrador de toda la primera parte, en su infancia fue testigo de algunas cosas inexplicables relacionadas con su padre, que ocultaba su verdadera identidad. Al final de su vida, el padre le deja al hijo una carpeta dossier que contiene unos extraños expedientes a través de los cuales le revela a qué se dedicaba. Y estos son los relatos que configuran la segunda parte del libro y que yo asumo que son relatos escritos por el propio padre.

Esa Organización en la que trabaja el padre y que controla lo que pueda llegar a hacer la gente, ¿puede tener una lectura política, orwellianamente política?

En parte, aunque yo no tenía en mente a Orwell. Cuando pensaba la Organización la pensaba como una estructura similar a la CIA, es decir, como una organización que se dedica a estudiar fenómenos paranormales, algo parecido a lo que se nos contaba en la serie Expediente X.

A mí me recordaba la organización secreta de estudios paranormales de Stranger things.

No la he visto, pero mucha gente me lo ha dicho. Yo no suelo ver series, pero sí que había visto en los ochenta Expediente X

Como en Stranger Things y como en otras ficciones televisivas, son los niños aquellos que consiguen percibir lo “extraño”.

Sí, esto aparece en series como Los Goonies, por ejemplo. Para mí, la infancia es donde se cuece todo y, sí, lo que comentas es interesante porque las personas adultas, que creen que tienen todo controlado, no perciben o no se detienen ante posibles estímulos extraños o que rompen con la idea de normalidad. En cambio, los niños, con su mirada inocente y sin prejuicios, pueden tener una mirada mucho más reveladora. Hay que tener en cuenta que es posible que existan otras realidades que escapen de nuestro entendimiento

¿Crees en la existencia de otras realidades?

Es muy curioso que, siendo alguien que se dedica a la literatura fantástica, sea muy escéptico. Cuando quieren colarme algo que resuena a extraño o paranormal, me cierro en banda y desconfío. Creo que estas realidades existen solo como metáforas y, de hecho, hay sucesos que están sucediendo actualmente que podrían interpretarse como una forma de abducción colectiva.

¿Se crea mejor desde el escepticismo?

Es más fácil crear si eres escéptico, porque entonces tienes mucha más libertad y no te preocupas si te traicionas o no, puesto que no partes de ninguna creencia previa. Suelo decir siempre que a mí siempre me han desagradado las historias en las que los personajes sufren, pero, si este sufrimiento lo narramos desde una belleza estética y formal, entonces se hace tolerable. Yo trato de ser honesto conmigo mismo y trato de escribir libros que a mí me gusta leer. Me gusta leer libros que no te expliquen de forma descarnada una realidad terrible, prefiero historias construidas a partir de la imaginación o que estén tan bien escritas que el goce estético te haga trascender las miserias de la vida humana.

¿Cuáles son tus referentes?

En mi literatura, hay una gran influencia de la televisión y del cine, sobre todo de la televisión que vi en mi infancia. Pienso en series como StarTrek, La cabina o El asfalto de Narciso Ibañez Serrador. A parte de todo esto, está la literatura, pues soy un lector voraz desde que tenía once años y lo que intento es que en mis textos se perciba el poso de la tradición literaria. Mis referentes literarios son bastante concretos: Cortázar, Borges, Edgar Allan Poe y Chejov, cuyos cuentos son superiores a todos.

¿De qué manera te han influido Borges y Cortázar?

Yo aspiro a emular a Borges en cuanto al estilo, pues admiro ese castellano tan elegante. Es siempre un placer leerle. En cambio, de Cortázar tomo el uso de la cotidianidad: parto de un espacio muy reconocible y muy viciado por las costumbres y allí hago suceder lo imprevisible. Al final, lo que hago siempre es jugar con la cotidianidad como un espacio que se fractura y con la ambigüedad; estas son constantes de mi literatura y yo, que tengo mucha obra escrita aun sin publicar, puedo decir que con el tiempo aprendes de ti mismo y te das cuenta que hay una industria editorial que espera algo bastante concreto de ti.

¿Sentiste mucho el peso del éxito de Fin, tu primera novela?

Sí, supuso un gran peso Fin. Es muy peligroso que tanto éxito te llegue con la primera obra, porque te puede dejar completamente paralizado. En mi caso, Fin fue un best seller a nivel nacional, evidentemente, no fue un Soldados de Salamina, que consiguió vender un millón de copias, pero sí es cierto que conseguimos llegar a los 50.000 ejemplares vendidos y, poco después, hicieron la película. Todo este éxito es peligroso porque como escritor te encuentras en todos los medios de comunicación y ganas dinero; todo esto, te puede descontrolar. Mi suerte fue que yo había escrito mucho antes de publicar Fin; llevaba ocho o nueve años escribiendo en total anonimato, sin ningún contacto con el mundo editorial. Esto hizo que, para publicar el segundo y el tercer libro, solamente tuve que sacar el material que ya tenía escrito y corregirlo. Esto fue una suerte, porque después del éxito de Fin, me bloqueé un poco a nivel artístico y esto que había dejado la fábrica y, en teoría, tenía más tiempo que nunca para escribir.

¿Te considerabas escritor antes de publicar Fin o fue solo tras su publicación que te reconociste como autor?

Yo tenía muy claro que para poder decir que yo era escritor, tenía que tener un cierto reconocimiento. De hecho, yo no decía a nadie que escribía, primero, por pudor y, segundo, porque me daba miedo convertirme en una de esas personas que se pasa la vida escribiendo libros que nadie termina leyendo y que no interesan a nadie. Por esto, para mí era importante que una editorial me publicara, no quería la autopublicación.

Sin embargo, ¿siempre fuiste literariamente exigente con tus textos?

Siempre he sido muy exigente conmigo mismo y, además, siendo una persona que le gusta leer, quería que mis textos tuvieran una cierta calidad. Cuando eres muy selectivo leyendo, te vuelves muy exigente con tus propios textos.

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