“En la producción creativa, la lógica que se impone es la del valor hegemónico de lo más visto y de lo mejor posicionado”

Entrevista con Remedios Zafra, ganadora del Premio Anagrama de Ensayo con El entusiasmo

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: MARIA TERESA SLANZI

 

Profesora de Arte, Estudios Visuales, Estudios de Género y Cultura Digital en la Universidad de Sevilla y profesora tutora de Antropología Social y Cultural en la Uned, Remedios Zafra acaba de ganar el Premio Anagrama de Ensayo por El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital. Continuando la investigación realizada en ensayos precedentes,  como Las cartas rotas. Espacios de igualdad y feminización en la Red y Ojos y capital, Zafra cuestiona el concepto tradicional de “entusiasmo”, redefiniéndolo como una herramienta a partir de la cual el sistema capitalista ha precarizado el mundo de la creación, convirtiendo el trabajo creativo en una expresión voluntariosa de la pasión que puede ser compartida en el ilusorio mundo falsamente democratizado de las redes. La lógica de las redes, una lógica de la acumulación y de las falsas expectativas, rige también el mundo universitario, depositario de una “cultura enlatada”, cuyo acceso solo es factible a través de la claudicación ante rígidas y cuestionables formas de evaluación, que pasan por la producción masiva y el respeto a unas fórmulas, que se imponen a la aportación personal y a la búsqueda de propuestas originales.

En la conferencia, citabas las palabras de Roland Barthes, para quien el entusiasmo era el sentimiento motivado por aquello que tiene una visibilidad reducida. Sin embargo, ahora, ¿podríamos hablar de un “entusiasmo” que se genera por las expectativas de visibilidad?

Efectivamente, esa visibilidad reducida que delimitaba algo que se hacía para el contexto familiar y afectivo ha sido transferida completamente en las redes y esto ha motivado a muchas personas, no siempre conscientes de que ese entusiasmo ha sido fomentado y apropiado por la estructura digital capitalista ha sabido rentabilizarlo en su beneficio. No hay cosa que nos motive más a cualquier persona que aquello que hacemos de manera sincera - escribir, componer música o dibujar- interese a otros y como la visibilidad de las redes es global, a poco que encuentres un grupo, por pequeño que sea, de seguidores, te sientes reforzado. Sin embargo, detrás de esta dinámica está un sistema capitalista que ha sabido instrumentalizar muy bien la afición e, incluso, transgredirla, no sólo a nivel de visibilidad, sino también a nivel de expectativas.

En tu ensayo, analizas el mundo de las redes y el mundo de la universidad y ambos parecen regirse por una misma lógica: conseguir visibilidad y likes/ conseguir acreditaciones a través de artículos, congresos….

En ambos casos, podemos hablar de un conseguir que tiene como fin último la acumulación. En mi opinión, “acumulación” es una palabra que define muy bien el capitalismo y la cultura de la red y, al mismo tiempo, define esa posibilidad de llegar a algo. La biopolítica de las redes está pensada para que todo sea muy fácil, para que la tentación sea la de acumular, desde seguidores hasta likes y esta voluntad que domina las redes es equiparable al intento de acumular méritos académicos. Esto es debido a que los sistemas de evaluación académica ya no valoran la complejidad y la calidad, que han sido desglosadas en ítems muy cuestionables y que puntúan más el respeto a una cierta formalidad o la colaboración en determinadas revistas que no el trabajo en sí. Conozco muchas personas que tienen publicados artículos sin alma, que se apoyan en la hipercitación de autores, pero que carecen de toda aportación personal. Sin embargo, al estar publicados en una determinada revista indexada, ya tienen valor y, de esta manera, se acumulan méritos, haciendo que solo los mejor posicionados consigan su plaza en la universidad.

Habría preguntarse qué estructuras de poder rigen estas lógicas, es decir, qué es y quién está en la ANECA, quién decide qué revistas son las indexadas y, al mismo tiempo, qué empresas están detrás de cada like y de cada seguidor que podamos sumar.

Estas son cuestiones claves. Al hablar de sistema, muchas veces obvio citar estas estructuras porque las doy por sentadas, pero evidentemente están ahí y cuando hablo de sistema me refiero al sistema capitalista, social y económico que está profundamente imbricado en las estructuras, que hoy articulan tanto las redes como las vidas cotidianas y que son generadoras de deseo y de expectativas. Por lo que se refiere a la academia, es cierto que es necesario preguntarse qué es la ANECA, cómo funcionan los sistemas de evaluación y de contratación o qué está detrás de Google scholar, que se ha convertido en una categoría clave para posicionar y contratar profesores. Estas estructuras de poder son, normalmente, eclipsadas:  cuando hablamos de universidad solemos referirnos al profesorado y al alumnado, pero nunca mencionamos estas estructuras, que son el lugar desde donde se está acomodando el capitalismo y se están consolidando formas propias del mercando dentro del ámbito académico. Y, por lo que se refiere a la red, es lo mismo, solo que en las redes hay menos engaño, porque son de por sí espacios empresariales; sin embargo, este aspecto empresarial se camufla, fomentando el espejismo de que las redes son espacios sociales. Mucha gente que está en las redes sociales olvida que está poseído, controlado y utilizado por parte del poder empresarial, que se esconde detrás de cada uno de nuestros intercambios en la red.

En este sentido, el entusiasmo lejos de ser una forma de libertad, es un sentimiento fomentado a partir del cual justificar la precarización, a la que dedicas gran parte de tu ensayo.

Una de las perversiones que pone en riesgo el sistema cultural y creativo contemporáneo es precisamente la transformación y la tergiversación de ese entusiasmo que surge de la pasión sincera. En una ocasión, un alumno muy inteligente me comentaba que le llamaba la atención que la libertad y la posibilidad de elegir están muy presentes en la vida, pero de una manera ficticia, porque, en realidad, la libertad de elegir es muy limitada y se concentra, sobre todo, en aquellos aspectos que nos interesan emocionalmente. Y es así. Por esto, yo distingo entre un entusiasmo inducido, del que se sirve el sistema para sacer beneficio económico, y un entusiasmo sincero, que es el entusiasmo positivo que nos anima a hacer cosas y que es el que deberíamos recuperar, porque es el que nos permite decir “no” a muchas cosas. Es cierto que cuando decimos “no” podemos terminar en contextos periféricos, que también nos pueden abocar a la precariedad, pero nos posiciona en contra del sistema Y, volviendo a tu pregunta, el capitalismo convierte algo positivo, como el afecto, en algo perverso y esto es lo que ha hecho con el entusiasmo: el capitalismo ha quitado valor económico a gran parte del universo creativo, afirmando que aquello que creamos por entusiasmo y por pasión está mucho más allá de toda cuestión económica. A través de este gesto, lo que consigue el sistema capitalista es subyugarnos y mantenernos en un contexto muy desigual.

En este sentido, ¿el capital cultural ha roto toda unión con el capital económico o, por lo menos, con el hecho de formar parte de una clase dominante?

Creo que hay una transformación con respecto a una cultura elitizada y jerarquizada que se podía visualizar hace unas décadas. El hecho de que la red nos haya permitido a todos ser productores-creativos no es algo negativo de por sí en cuanto las redes tienen una enorme potencia democratizadora y horizontalizadora, pero, después de esta primera lectura positiva, nos encontramos con el reto de operar con ese excedente de producción creativa, consecuencia directa de las redes. En los años noventa, las primeras lecturas de internet concebían la red como una herramienta emancipadora que operaría como un instrumento de liberación y democratización, en cuanto la masa ciudadana se apropiaría de su producción. Sin embargo, lo que nos hemos encontrado es con una clara colonización de internet por parte de las industrias digitales, que han gestionado el excedente de producción, convirtiéndolo en operativo. Creo que esta gestión, bajo la primacía de la celeridad y la abundancia, ha promovido el espejismo de poder tenerlo todo, cuando, en realidad, solamente ves lo que te muestra la máquina y, por tanto, aquello que interesa a las empresas. ¿Cuál es, por tanto, la lógica de la máquina ante la producción creativa? Es la lógica del valor hegemónico de lo más visto y de lo mejor posicionado.

De ahí, el fomento a una cultura opiácea de la mera evasión.

Efectivamente. Por una parte, hay un interés político y económico en la promoción de un oció de evasión, por la sencilla razón de que tranquiliza, pues cuando no hay nada sobre lo qué pensar, el único activismo posible es el activismo de salón, a través de simples interacciones por el ordenador. Por otra parte, la evasión y el entretenimiento, reconforta y neutraliza la saturación ante tanta información. Desde la cultura, nuestra obligación es enfrentarnos de forma crítica a nuestro tiempo y a nuestro contexto, valorando también las contradicciones en las que nos encontramos y pocas ideas más contradictorias hay que la de que, gracias al poder democratizador de las redes, podemos verlo todo. Al contrario, como te decía, solo vemos lo más visto, lo que quieren que veamos y, por tanto, aquello que consolida y refuerza una cultural hegemónica y comercial. En otras palabras, lo que vemos son modelos que se repiten porque funcionan cuantitativamente hablando. Este fenómeno se ve claramente entre los adolescentes, puesto que es muy llamativo como frente a la diversidad que cabría esperar entre los modelos identitarios, los modelos que los movilizan son muy homogéneos.

Si bien el concepto de identidad es cuestionado y problematizado desde una multitud de disciplinas, las redes proyectan un concepto identitario retrógrado y prototípico.

Es curioso, pero esto sucede porque ahora tenemos instrumentos muy potentes para asentar determinados imaginarios y llama particularmente la atención cómo ante tanta diversidad, los modelos son siempre los mismos. Las influencers son, actualmente, el modelo a seguir para muchas jóvenes y lo mismo pasa con los youtubers, modelo para muchos jóvenes. En antropología simbólica se habla de cómo, en cada cultura, los cuerpos perfectos han tendido a representarse y a mostrarse como imágenes fijas, mientras que los cuerpos imperfectos han necesitado la presentación directa. Piensa, por ejemplo, en el circo o la feria. Esto sigue siendo así: Instagramm es una imagen estática, mientras que youtube es una presentación de la realidad, de lo frikie. Para las mujeres este fenómeno es una sentencia, porque los estereotipos que siguen predominando son los estereotipos de canon, donde hay solamente homogeneidad.

En tu ensayo hablar de que la “feminización de la precariedad”, subrayando, aún más si cabe, la situación de precariedad que, desde siempre, han ocupado las mujeres en el ámbito laboral.

Yo diferencio el proceso de feminización del feminismo, que describo como un contrapunto a la feminización de la precariedad. En el uso del término “feminización” me ha despertado más de un conflicto, porque yo vengo del ciberfeminismo, donde nos oponíamos al concepto de “feminización”, entendido como aquello denostado o lo vulnerable, y proponíamos que la “feminización” significase horizontalización e igualación. Sin embargo, en un análisis crítico como es este ensayo, he optado por utilizar “feminización” para hablar de colectivos laboralmente más precarios y, no acaso, entre estos colectivos están las mujeres. Basta analizar hacia dónde se orientan las mujeres en el mundo laboral y qué posiciones ocupan: todavía hoy, la formación en los niveles medios sigue orientado a los chicos hacia áreas científicas y técnicas y, a las chicas, hacia las humanidades, los magisterios y el arte. Se provoca así, al menos en el mundo de la creación, un problema estructural: la creación crea de una bolsa de trabajadoras. Sin embargo, si te fijas en quiénes son los directores de los museos o los comisarios de las exposiciones, te darás cuenta de que estas mujeres nunca llegan a ocupar los lugares de liderazgo. Las mujeres siguen ocupando los niveles más básicos que, además, se definen por prácticas que eran características de las labores domésticos: polivalencia, flexibilidad, no dotación de valor de las prácticas… Hay, por tanto, una analogía entre el trabajo de cuidado y doméstico, que tanto nos ha costado reconocer laboralmente, y los trabajos dentro del mundo de la cultura.

Además, en tu ensayo, subrayas como la mujer debe hacer frente a su cosificación, es decir, a los juicios sobre su cuerpo y su imagen antes que sobre su valía intelectual.  

En todos los sectores, pero en cultura es todavía más evidente, la idea que se impone es que la mujer va precedida de un cuerpo y de una imagen sobre la cual opinar. Muchas veces es más fácil que, ante una mujer intelectual o artista, se hable de su imagen que de su trabajo. Cada una de nosotras tenemos el derecho de tener la imagen que queramos, pero no entiendo por qué debe ser tema de conversación, sobre todo cuando a los hombres nunca se les cuestiona por su imagen o su cuerpo. Al respecto, me parece muy potente la idea de Yourcenar, según la cual los hombres que leen y piensan siempre han pertenecido a lo humano, mientras que las mujeres que leen y piensan siempre han ido precedidas de una historia afectiva y de una imagen sobre la cual opinar.

De ahí la importancia de contrarrestar críticamente desde la cultura los conceptos asumidos o, como tú dices en relación a la academia, de oponerse a la “cultura envasada” que no admite respuesta crítica.  

En mi opinión, la cultura y académica forman parte del contrapoder, de esa visión crítica capaz de hacer resistencia a los estamentos de poder y de transformarlos. Yo no soy radical en el sentido que no creo que haya que aniquilar el sistema político y económico que tenemos, más bien creo que hay que transformarlo. El capitalismo, al que tanto criticamos, ha sido el responsable de que, a principios de siglo, muchas mujeres salieran de casa para trabajar. Sin embargo, es evidente que el sistema que tenemos es profundamente mejorable y debemos aspirar a mejorarlo.

¿Crees de verdad que la academia funciona como contrapoder?

En este momento, la academia está pasando una etapa de crisis y, efectivamente, se ha instaurado una “cultura envasada” que no acepta nada nuevo que salga de ese envase, sin embargo, a pesar de esto, dentro de la academia conviven mundos distintos y, afortunadamente, hay un sector crítico muy potente que opera como alteridad dentro de la academia. Yo confío en que esta alteridad sea escuchada y, antes o después, podamos modificar la academia desde dentro.

Esta alteridad, en muchos casos, ha terminado por conformar una periferia cultural. ¿El reto de la universidad es recuperar esta alteridad que ella misma ha expulsado?

La imaginación es un concepto clave para lo que tenemos por delante, porque, si está claro que los modelos actuales están contribuyendo a mantener formas desigualdad, no perdemos nada en imaginar otras fórmulas posibles. Es evidente que, hoy en día, gente muy brillante se queda fuera de los contextos académicos y termina expulsada en la periferia; sin embargo, al mismo tiempo, se están planteando fórmulas de hibridación entre la academia y los contextos culturales y, seguramente, la academia del futuro esté más interseccionada con internet y con la cultura.

¿Ha dado la espalda la academia a la sociedad?

Sí, el problema es que la academia tiene una estructura conservadora, que para algunos es su seña de identidad, y, hoy en día, no está sabiendo responder a los cambios de época. De hecho, hay un desequilibrio muy grande entre aquello que proporciona la academia y aquello que necesita el mundo. Creo que, en vistas al futuro, hay que replantease el modelo y, por ejemplo, creo las clases deberán valerse de internet para llegar a más personas y para racionalizar los tiempos de conversación y de prácticas. Algo ya está cambiando a través de los MOCS, cursos a distancia, el problema es que estos MOCS están siendo asumidos de forma desinteresada, porque las propias universidades no los valoras. En mi opinión, la universidad tiene que replantearse su forma de concebir la docencia y de concebir el conocimiento: no puede ser que existan áreas académicas obsoletas, que tenían sentido hace treinta años, pero que ahora requieren una renovación, que no llega. Además, la permanencia de estas disciplinas limita la contratación, porque si tienes un sistema de áreas de conocimiento que son las que son y pides unos perfiles relacionados con estas áreas, solamente contratarás a los más dóciles, que son los que ceden y siguen la línea marcada por la actual estructura.

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