Las escritoras de Auschwitz

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Mercedes Monmany publica Ya sabes que volveré

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Crítica literaria y ensayista, interesada en literatura y cultura contemporánea europea, Mercedes Monmany sigue, en parte, la investigación que culminó en su ensayo de 2015, Por las fronteras de Europa, con Ya sabes que volveré. Se trata de un ensayo que, en la estela de Giorgio Agamben con Lo que queda de Auschwitz y de Enzo Traverso con su ensayo La historia desgarrada, indaga sobre la relación entre el Holocausto y la literatura, rescatando una serie de autores, cuyas carreras fueron truncadas como sus propias vidas, pero que dejaron testimonio escrito de su experiencia a través de unos diarios que se definen, en la mayoría de los casos, por una fuerte ambición literaria. Monmany habla de una “generación perdida” de escritores a los que la persecución nazi no dejó proseguir con sus carreras literarias, pero que dejaron en sus diarios testimonio no sólo del horror vivido, sino también de una literatura in nuce que, desafortunadamente, forma ya parte de ese género, el de los campos de concentración, “que nunca debió existir”:

 

 

Ya sabes que volveré continua su trabajo de investigación en torno a la historia europea

Efectivamente, este ensayo es el resultado de años de investigación y del interés por algunos temas en concreto. Yo me considero una divulgadora de temas europeos, entre los cuales está irremediablemente el Holocausto que, como día Imre Kertézs, no es una cuestión privada de los judíos, sino que atañe a toda la civilización occidental. De hecho, la cultura europea, esa misma cultura que crea a Mozart, a Goethe y a Bethoveen, crea también la brutalidad que dio lugar al Holocausto. Por tanto, este libro nace de la voluntad de seguir indagando en temas europeos, porque, y vuelvo a citar a Kértezs, no es necesario ser judío para querer profundizar en torno al Holocausto.

¿La investigación en torno al Holocausto, desde el punto de vista histórico, pero también intelectual y literario, es una tarea pendiente en España?

Hay que decir que España es un caso especial, en cuanto no participó en ninguna de las dos guerras mundiales y, por tanto, el relato que nos llegó, a lo largo de los años, es muy distinto al que se divulgó en el resto de Europa; hay que darse cuenta que, a parte de la dictadura, que la convirtió en una isla alejada de todo, en España no hubo campos de concentración y la comunidad judía empezó a ser significativa solo a partir de los años cincuenta y sesenta. En este contexto, la información que durante años llegó a España sobre el Holocausto fu bastante superficial y, principalmente, llegó a partir de películas. No podemos hablar de una falta de interés, pero sí de un retraso, sobre todo, si nos comparamos con países como Francia, donde, seguramente por el hecho de haber sido un país ocupado, se ha divulgado y estudiado la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto de manera profusa. Hay que decir que la concesión del premio Nobel a Kertész en 2002, ayudó a divulgar la historia de los campos, pero, hasta entonces, la lectura canónica y única era Primo Levi. Los amantes de la poesía leían a Paul Celan, obviamente, pero en líneas generales no se iba más allá de Levi.

Podríamos, por tanto, decir que su ensayo responde a esa voluntad de ir más allá en la divulgación del Holocausto, en especial, desde la crítica cultural y literaria.

Cierto. Todo empezó cuando, tras acudir a un ciclo de conferencias en la Fundación Toledo sobre campos de concentración, me di cuenta de que tres mis escritoras preferidas – Irène Némirovsky, Gertrud Kolmar y Etty Hillesum- habían sido asesinadas en Auschwitz. Además, desde siempre me ha interesado la relación sobre los intelectuales y los campos de concentración, tema sobre el cual hay más de un ensayo escrito, como La historia desgarrada de Enzo Traverso Más allá de la culpa y la expiación de Jean Amery, así Todo ello, el redescubrimiento de aquellas autoras y la posibilidad de indagar en su papel intelectual durante el Holocausto, me llevó a querer hablar tanto de los desaparecidos, de aquella generación eliminada, como de los que sobrevivieron, de Kertész, de Levi, rescatando muchos otros nombres que no tienen la fama de estos dos escritores y que son menos conocidos, pero que merecen la pena conocer, como Ruth Kluger, una mujer que sobrevivió a Auschwitz y que empezó a relatar su experiencia cuando ya habían pasado más de cincuenta años y había rehecho su vida en Estados Unidos. El caso de Kluger es interesante, porque permite ver el bloqueo que provoca una experiencia tan traumática como es el Holocausto, sobre todo cuando se vive siendo una adolescente. Mientras Kluger tardó tanto en poder dar palabras a esa experiencia, Levi escribió nada regresar a Italia y, de hecho, él mismo cuenta que tenía un deseo, casi neurótico, de escribir y contar lo que había vivido. Si esto es un hombre se publica en 1947, en una pequeñísima editorial, puesto que Einaudi rechaza su libro.

El rechazo de Einaudi se suma a ese rechazo que, como relata Levi, sintieron muchos de los supervivientes, que sufrieron ante el aparente desinterés por su experiencia.

Sí, había un rechazo, no se quería conocer aquello que había sucedido, se optaba por mirar hacia otro lado, mientras que muchos de aquellos que regresaban necesitaban contar lo vivido. Seguramente esto fue debido a un sentimiento de culpa, que no sólo sentían los supervivientes por haber sobrevivido, sino también los demás ciudadanos, aquellos que se quedaron sin ser perseguidos. Éstos tenían un sentimiento de culpa por haber hecho más para evitarlo, por haber vivido la guerra sin haber podido evitar los horrores vividos por muchos de sus vecinos, amigos, conocidos. Era una culpa tan insoportable que se prefería no indagar más acerca de lo que había sucedido: la Segunda Guerra Mundial no fue una guerra más, fue una máquina de matar. Y, como apuntas, muchos supervivientes, entre los cuales está Primo Levi, cuentan cómo, una vez regresados a su país de origen, la gente giraba la mirada cada vez que les veía el número en la muñeca. Yo creo era un gesto motivado por la vergüenza de ver como algunos de sus vecinos, de sus conocidos, habían sufrido tales atrocidades.  Y, retomando la historia del rechazo de Levi, la pregunta es cómo se puede rechazar un texto de la calidad de Si esto es un hombre y, sobre todo, cómo puede rechazarlo Natalia Ginzburg, que era judía.

¿Hay una respuesta?

La respuesta es que las editoriales italianas de entonces, en concreto, Einaudi eran marxistas y los comunistas de entonces creían que aquello que había que ensalzar era la victoria de la resistencia frente al nazismo y al fascismo; el exterminio de judíos era visto como una consecuencia colateral. Hoy, evidentemente, esto nos puede escandalizar, pero la percepción de entonces no era la de ahora y, por ello, Si esto es un hombre tarda 14 años en publicarse en una importante editorial.

Junto a Primo Levi, uno de los primeros testimonios clave fue el de Anna Frank.

El diario de Anna Frank tuvo un papel importantísimo como testimonio de lo sucedido, porque eran las anotaciones de una niña de dieciséis años y, por tanto, unas anotaciones que no podían ser resultado de ninguna falsedad ni de ninguna manipulación, como, en cambio afirmaban los negacionistas, que difundían la idea de que el diario de Anna Frank era un texto de propaganda de los aliados. Frente a esto, Otto Frank dedicó su vida a llevar a los tribunales a los negacionistas y, gracias a ello, el diario de Anna se convirtió en un testimonio clave. Sin embargo, Anna Frank no fue la única adolescente que dejó por escrito el testimonio de aquella época; está, por ejemplo, Peter Ginz, un chico checo que, con solo quince años, se dedicaba a la escritura, colaboraba en revistas… Se trataba de una generación brillante que fue completamente aniquilada.

Y el diario fue la forma de escritura por la que apostó la gran mayoría de quienes dejaron por escrito su testimonio.

El diario era una forma de escritura inmediata, fue una escritura de urgencia para aquella generación de jóvenes. Lo que sorprende es que, en esta generación, encontramos a adolescentes, como Anna y Peter, pero también a jóvenes en torno a los treinta cuyo diario, más allá del género íntimo, refleja importantes inquietudes intelectuales y un gran talento para la escritura. Pienso, por ejemplo, en Etty Hillesum, que es una Anna Frank, pero con diez años más. Etty empieza su diario cuando tiene 26 años y lo escribe hasta los 29, cuando muere en Auschwitz. Los diez años que separan a Anna de Etty se reflejan en la escritura de la segunda, que tiene más lecturas, más formación y más madurez. Hillesum era una lectura ferviente de Rilke y de Dostoievski y, poco antes de ser detenida, había comenzado a leer a San Agustín y a interesarse por sus planteamientos religiosos. No sabemos qué hubiera podido llegar a ser, una filósofa, una teóloga… de lo que no hay duda es que su diario es espléndido, tiene una profundidad de pensamiento y una carga poética que lo convierte en unos de los mejores textos del siglo XX.

Sin embargo, no está publicado en castellano

No está publicado íntegro; en Italia sí, lo publicó Adelphi, pero aquí se pueden encontrar fragmentos en algunas antologías. En su diario, ella cuenta su día a día, reflexiona sobre sus intereses, sobre el amor e, indudablemente, narra la persecución contra los judíos, persecución que había comenzado con su exclusión y su segregación de la sociedad, en la que el odio antisemita era cada vez más profundo. Lo que sorprende es que, siendo un diario, está escrito impecablemente bien, sin tachaduras, con un estilo poético; en este sentido, su diario es mucho más que un relato personal, es una escritura de urgencia ante lo que está sucediendo. Etty comienza a escribir su diario como una forma de terapia, pero lo mantiene y se convierte en un testimonio voluntario de los cambios que estaba viviendo la sociedad holandesa.

Y como sucede también con los textos de Víctor Klemperer, es un análisis de cómo el germen nacionalista y antisemita va desarrollándose paulatinamente.

El antisemitismo existía desde el caso Dreyfus, así que el germen ya estaba implantado en la sociedad. Lo que sucede es que, como apuntaban algunos historiadores, mientras que antes de la Segunda Guerra Mundial, el antisemitismo se reflejaba en los prejuicios y, en un cierto tipo, de desprecio antisemita, con el nacionalsocialismo se pone en marcha un antisemitismo extremo, legislado y criminal. El antisemitismo, evidentemente, era un sentimiento latente, muy arraigado en las familias y en el ámbito íntimo, como bien cuenta Gregor Von Rezzoli, pero el nazismo lo lleva a las últimas consecuencias.

Volviendo a las autoras que usted menciona en su ensayo, ¿podemos decir que Anna Frank e Iréne Némirovski han tapado o dejado en un segundo plano a muchas otras autoras?

Con Frank y Némirovski sucede lo mismo que con Primo Levi, se han impuesto, sus libros han sido durante mucho tiempo las únicas lecturas sobre el tema, pero evidentemente hay muchas más autoras. Personalmente, me interesan mucho tanto el escritor checo Jiri Weil como Ida Fink, escritora chejoviana y autora de unos cuentos increíbles, pero, como decía, lo que ha sucedido con ellos y con muchos otros es que lo nombres como Levi, Frank o Némirovski han absorbido toda la fama. Sin embargo, con el tiempo, han ido apareciendo otros autores y, hasta hace poco, se están recuperando textos y manuscritos desconocidos.

¿El carácter canónico de Levi se debe a que fue uno de los primeros en narrar su experiencia?

Puede. Hay que pensar que Primo Levi vivió muchos años, antes de su suicidio fatal, resultado de una de las tantas depresiones que padeció como tantos otros supervivientes de los campos. El hijo del pianista de Varsovia me contaba, en efecto, que su padre se quedaba días acostado, sin levantarse; tenía continuas depresiones, como también el poeta Paul Celan, que acabó suicidándose. Y, como te decía, durante muchas décadas, Levi contó, en libros y conferencias, su experiencia en el campo de concentración, convirtiéndose en una referencia para muchos. Lo importante, más allá de esto, es saber que, aparte de los más conocidos, hay grandes maestros dentro de este género literario de los campos de concentración, un género que no debiera nunca haber existido, pero puesto que desgraciadamente existe hay que conocer y divulgar en toda su complejidad y teniendo presente a todos sus autores.

Y, ¿éste es el propósito final de su ensayo?

Sí, quería recuperar esa generación perdida, sobre todo, a algunas de sus protagonistas, pero quería recuperarlas, de ahí la foto de la portada, como jóvenes en activo, como jóvenes que escribían y que ya habían empezado una carrera literaria y filosófica cuando la guerra les quitó ese futuro brillante que iban a tener. Muchas veces, a estos jóvenes, a ellas y a ellos, se los representa con un pijama de rallas, como si fueran solamente víctimas, gente sin nombre; creo que es importante reivindicar aquello que aportaron en el mundo cultural.

Uno de los nombres que rescata es el Gertrud Kolmar que murió en Auschwitz, tres años después de la muerte de su primo, Walter Benjamin

Su historia, la de Kolmar y la de Benjamin, es terrible, los dos primos acabaron muriendo. Los dos, en sus infancias berlinesas, vivieron en un mundo de algodón, el padre de Benjamin era un marchante de arte, el padre de Kolmar era abogado. Desde esa infancia feliz, desde esa juventud llena de estímulos, durante la cual Kolmar conoció el ambiente cultural de Berlín, de los Café Teatros, junto a Erika y Klaus Mann, era inimaginable que, en tan solo pocos años, el mundo iba a cambiar y sus vidas serían truncadas por la guerra. Todo fue muy rápido, termina la Primera Guerra Mundial, llega la República de Weimer y en 1933 están todos con el brazo levantado. En solo diez años, Hitler y sus secuaces, a los que en un inicio nadie prestó atención, cometieron la barbaridad que todos conocemos.

Puede que el nombre de Benjamin haya prevalecido en el ámbito filosófico y literario, pero no hay que olvidar que Kolmann era una poeta muy notable.

Efectivamente. A Kolmann la llamo la Emily Dickinson berlinesa, porque era una mujer retraída, aunque ya tuviera tres novelas, que anunciaba un futuro impresionante dentro de la poesía alemana. Su nombre no era desconocido, se la comparaba ya con los grandes, pero todavía no se había consolidado. Salvo Irene Némirovski que, antes de la guerra, ya era una autora asentada con muchas ventas, las otras mujeres que aparecen en mi libro eran jóvenes que tenían un futuro brillante delante, pero fue interrumpido.

Otro de los nombres que encontramos en su ensayo es el de Simone Veil en cuyas memorias, a diferencia de los autores citados hasta ahora, su experiencia en el campo de concentración no ocupa un lugar central.

Yo he leído su biografía, Una vida, y, es cierto, dedica solo unas páginas a su experiencia en Auschwitz, aunque siempre estuvo relacionada con asociaciones de antiguos deportados e implicada en la conservación de la memoria. Sin embargo, la política la absorbió completamente y se dedicó a la construcción de Europa, un proyecto indispensable, todavía hoy y por entonces todavía más, para evitar que se vuelva a repetir un horror como el vivido durante la Segunda Guerra Mundial. Tal y como la pensaba Veil y muchos de quienes creyeron y pensaron este proyecto, Europa era una manera de atajar la peste del nacionalismo, que puede llevar a situaciones extremas si no se le pone límites.

Sin embargo, la lógica del genocidio volvió a repetirse en Iugoslavia

La lógica era la misma y todos, a través del telediario, presenciamos el genocidio que se llevó a cabo. Cuando la guerra de los Balcanes, había una gran sensación de impotencia, pues cuando se enciende la chispa y el odio tiene un programa para exterminar al otro, a aquel que considera distinto étnicamente, es muy difícil pararlo. El odio es una maquinaria muy poderosa que, por muchas organizaciones internacionales, manifiestos y firmas, es muy difícil frenar. Lo estamos comprobando, ahora mismo, con Siria, que es una masacre que contemplamos a diario y es un gran fracaso de todos, como lo fue la Guerra de los Balcanes, el primer gran fracaso de Europa desde su fundación.