Ray Loriga: un artista del trapecio

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Su última novela, “Rendición” (premio Alfaguara), vuelve a ponerlo a dar volteretas en el aire.

 

 

 

 

 

Texto: MIGUEL DALMAU

Foto: ASÍS G. AYERBE

Aparentemente, ya no es aquel joven autor con pinta de rockero que encandilaba a las chicas. En un rapto de sensatez prefirió no ingresar en el Club de los 27 y acaba de cumplir medio siglo. Pero sigue en la carretera, viajando, escribiendo, y apurando los confines del día con una botella de cerveza en la mano y un cigarrillo en la boca. Ray Loriga pertenece a una especie en vías de extinción, la del artista callejero que crea figuras y escenas con la palabra. Como los buenos, se mueve por igual en la vereda y el escritorio; le gusta ver pasar la vida -bendecirla, comentarla y absorberla- como habría hecho Henry Miller en una terraza parisina o Vinicius de Moraes en un “boteco” de Rio de Janeiro.

Enseguida se advierte que tiene un gran porvenir a la espalda, mucho mundo, pero parece más cómodo en la cultura europea y norteamericana. “Yo soy un cruce entre Kafka y Beckett, salvando todas las distancias”. Cuando se le dice que ya no hay que leer a Kafka después de los cincuenta, recurre a El lamento de Portnoy, la obra maestra de otro judío que supo reírse de la sombra asfixiante del padre a base de compulsiones onanistas y ríos de esperma. Loriga ha escrito varias novelas y sabe que alguna es buena, en el sentido de bien escrita, honesta y verdadera. Algo muy raro en estos días. La crítica también lo sabe y él lo valora: “Cuando los críticos discuten cuál es tu mejor libro, es que se han tomado la molestia de leerlos”.

Ray es un devoto de la música: podría pasarse horas hablando de sus ídolos y uno le acompaña fascinado por ese carnaval de la memoria. Estuvo en conciertos de rock memorables y en esos otros que solo disfrutan los elegidos. Cada experiencia le sugiere una reflexión: “Yo vi a David Byrne tocar en un escenario de Nueva York, acompañado exclusivamente de una cassette. Los mejores no necesitan a nadie. Lo mismo pasa con Springsteen. Podría tocar él solito todas sus canciones. Si lleva esa banda acojonante es para dar de comer a sus amigos. En el rock es frecuente, pero no en la salsa. Me lo dijo Ruben Blades: 'No giramos salsa porque es carísimo. Demasiados amigos'”. Ray es, además, uno de los poquísimos escritores que conoce a fondo el género musical. Ha escrito algún libreto para el productor Andrés Vicente Gómez. También ama la danza, sobre todo a Fred Astaire: “No bailaba, volaba. ¿Cómo lo hacía? No se notaba. Eso es el Arte, que no se note”.

Brillante y torrencial, da gusto oírle, aunque su velocidad de crucero te impida a veces subir a bordo. Lo verás pasar como uno de esos transatlánticos de lujo, que provocan maremotos en las embarcaciones pequeñas. Loriga es poderoso, deslumbrante y fugaz, como el Rex en Amarcord. Pero, cuando decide parar máquinas, te descubre un rostro reflexivo y sereno, hecho de ternuras y fragilidad. Incluso se quita los lentes. “Con las gafas de celebrity vendo más libros. Si no fuera por las gafas, no me reconocería nadie. Extraño mundo: te ocultas y eres famoso, te desnudas y ya no te ven”. Uno tiene la impresión de que la fama le ha preocupado siempre. “Eso de triunfar no ha de convertirse en una cursilada. Oasis sí, Beyoncé no. Con lo que cuesta triunfar -somos mil millones intentando lo mismo- y, cuando uno lo consigue, se dedica a salir en el Hola. Si llegas arriba es para cagarte en todo”. Sale ahora su lado bukovskiano, que también lo tiene, algo que entra en colisión con su otro perfil, el de atribulado padre de familia: “Todo lo que pasa por esta cabeza es muy rápido, diferente, no lo compartes. No lo cuentas a los tuyos. Sería demasiado heavy. Es cosa nuestra, del artista. Se asustarían”. Seguramente exagera. Pero les quiere muchísimo y ha de volver a casa para el almuerzo. Unos spaghetti que Fátima, su mujer, aprendió en Venezia. Ella es guapa, fuerte y comprensiva. Se merecen.

Hablamos también de los que se han ido. No tiembla: “Déjame morder la bala y seguir. La bala es el dolor y el dolor es su ausencia”. De pronto ocurre el milagro. Una chica le reconoce y se acerca emocionada. Lleva, además, la última novela de Ray, acaso su mujer-libro, y le pide tímidamente que se lo dedique. Luego ella se aleja. “Los lectores se creen que nos molestan y en realidad nos dan la vida”. Esa misma vida que Loriga ha quemado viviendo.