¿En qué nos hemos convertido para hacer sufrir por placer a tantos animales?

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La filósofa Corine Pelluchon publica “Manifiesto animalista”

 

 

texto y foto FRANCISCO LUIS DEL PINO OLMEDO

Afirma la filósofa Corine Pelluchon que la causa animal es la de la humanidad en su último libro Manifiesto animalista (Reservoir Books/Rosa del Vents). Ojalá su lectura haga desistir a las autoridades de las once ciudades rusas que tienen previsto eliminar brutalmente a miles de perros y gatos sin hogar, e incluso pájaros, para “dar seguridad y una estancia agradable dando buena imagen” a los visitantes del Mundial 2018 que tendrá lugar a finales de junio.

Si de entrada esta doctora y profesora francesa, especialista en filosofía política y moral, ética aplicada y bioética, impone por su currículo y aparente seriedad, su amabilidad trasmite calidez y confianza. Algo incómoda ante la cámara pregunta si puede sonreír porque, explica algo contrariada, en Francia los fotógrafos le piden siempre que no lo haga al retratarla. Más relajada, la autora del “Manifiesto animalista” se esfuerza en hablar español, y de algunas palabras al principio, llega casi a hilvanar una breve conversación.

 

 “Yo empecé a ser vegetariana en el año 2003, aunque este tema ya me rondaba; por eso dejé de comer carne. Pero fue dos o tres años más tarde cuando dediqué tiempo a visionar reportajes sobre el mal trato, a investigar, y a comprender completamente la sensibilidad de los animales. Fue un trauma total"

¿Cómo gestionó ese choque emocional?

Sentí entonces vergüenza respecto a todo lo que hacemos; lo que me parece interesante es que ese fue el periodo en que de manera excepcional dejé de trabajar, y había realizado una serie de visitas a enfermos hospitalizados que estaban en la etapa final de su vida. Eran personas afectadas de demencia, y que sufrían carencias importantes; desprovistas de todo lo que normalmente constituye la identidad social de la persona.  

Un cruce ante el dolor y la indefensión de los seres humanos y los animales... ¿Qué sucedió?

Empecé a trabajar el concepto de la vulnerabilidad en los seres humanos, y eso coincidió en el tiempo con una serie de investigaciones sobre lo que sentían los animales en la experimentación, la ganadería, la moda. Me pareció imposible separar ambas cosas en esa relación con las personas que, sin duda, se encontraban en la última página de su vida. Por lo tanto, ese fue el primer brote de lo que he llamado después la “Ética de la vulnerabilidad”

¿En qué consiste esa ética de la vulnerabilidad?

Es una ética amplia, cuyo objetivo es concebir la humanidad de una manera que vaya más allá de la razón, que considere esa vulnerabilidad y esa corporeidad. Es decir, creo que, para sentir realmente ese sufrimiento de los animales, hay que aceptar el sufrir intentando ponerse en su lugar.

 No parece nada fácil lograrlo…

 Es algo muy difícil, porque normalmente intentamos abandonar, aparcar, separar emociones y raciocinio. Por tanto, ahí se produjo una especie de terremoto en una causa inseparable en mi existencia.

Pero parece que lo logró…

Esperé unos años para encontrar las palabras, los términos para integrar todo esto en un trabajo filosófico construido, para que no sean mi indignación y mi sufrimiento los que produzcan los conceptos. Conseguí poder salir de la simple denuncia para construirlo.

¿Tiene usted animales en casa?

Yo nací en el ámbito rural, en un entorno de agricultura con un poco de ganadería extensiva; las vacas lecheras tenían nombre cada una, y las gallinas vivían fuera en el campo. También vi cómo se les quita la vida. Además, siempre hemos tenido gatos y perros; tengo una gata (Ninette) que he adoptado, y ahora vivimos en París, pero se viene de vacaciones conmigo cuando voy al campo. Hago todo lo que puedo para que tenga una vida de gata.

¿Cuál es la historia de Ninette?

A mi gata que adoro la adopté en un momento especial de mi vida, y creo que nos parecemos. Un animal adoptado es un encuentro, y a menudo te muestra algo escondido que descubres uno o dos años después de tenerle contigo. Yo siempre digo que es el gato de mi vida; pero había un dilema, porque un gato es un predador, carnívoro. ¡Es el único en mi casa que no es vegano!

Afirma usted en su ensayo que el respeto a los animales redunda en el respeto a nosotros mismos…

Yo me pregunto en qué nos hemos convertido para aceptar que cada día, por placeres que podrían ser sustituibles, hacer sufrir a tantos animales. Y hacerles sufrir en condiciones que son abominables, cuando de hecho nadie se atreve a decir que son máquinas, ni nadie les niega su sensibilidad. El maltrato animal es un reflejo de un modelo de desarrollo basado en la explotación ilimitada de los recursos de la tierra de ciertos humanos.

En su “Manifiesto animal” apunta que es una oportunidad para iniciar una reconstrucción y una transición hacia un modelo de desarrollo más justo para humanos y no humanos.

Se trataría de completar esa herencia de la ilustración promoviendo esta transición ecológica, solidaria; esa consideración para con todos los seres vivos, pero que empieza en uno mismo. Es decir, se trata de un proyecto político en el sentido más amplio del término. La ética no es un conjunto de normas y argumentos, sino igualmente un proyecto de transformación y de ampliación de los intereses de uno. Y amar a los animales es sentir que su bienestar es una parte de nuestro bienestar. Eso cambia completamente toda la manera de ser, de vivir. La causa animal puede ser el punto de entrada a este gran proyecto que predefine el humanismo, pero que también le da un sentido.

La literatura se ha ocupado del tema desde diversos enfoques. ¿Qué opinión le merece “Rebelión en la granja”, de George Orwell?

La novela de Orwell es fundamental y muy interesante. Al hablar de animales hablamos mucho de nosotros. “Rebelión en la granja” subraya el carácter reversible del poder. Yo creo que el sufrimiento de los animales es algo que solo la literatura puede expresar. ¡El combate político es a menudo demasiado ideológico!

En el libro intenta ser pragmática para hacer posible ese proyecto político, sin beligerancia ni perjuicio para los diversos actores.

Yo quería salir del impase en que estamos en Francia y en otros lugares, donde la gente choca entre los animalistas y los que no lo son. Hay que entender que los ganaderos, los aficionados a la Fiesta, los adiestradores no son monstruos. Tendríamos que acabar con ciertas prácticas bárbaras que son reconocidas por todos. Y de valor político sería hacerlo. Por el contrario, no se trata que la gente se quede en el paro. Hay que buscar espacios dignos para todos. La causa animal puede ser causa de prosperidad económica como explico en mi libro. No se trata de arruinar la economía, sino de atraer a los actores económicos y arrimar el ascua a la sardina de estos para que el movimiento sea irreversible.

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