Venezuela es una nueva Atlántida: se está hundiendo

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Boris Izaguirre publica "Tiempo de tormentas" (Planeta)

 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

Tiempo de tormentas (Planeta) no es una autobiografía, aunque en sus páginas es imposible no ver a su autor, Boris Izaguirre, que describe su último trabajo como una novela de ficción en torno a la figura de su madre, una afamada bailarina de Venezuela. Tiempo de tormentas es también una novela de formación, pues a lo largo de los capítulos el lector recorre los 49 años de Boris, desde su infancia en Venezuela hasta los años de éxito en España; al mismo tiempo, es una novela sobre Venezuela, sobre un país que “se hunde ante la mirada de todos” y sobre la España de los noventa. Tiempo de tormentas es, como señala su autor, una novela sobre las diferentes tormentas que vienen y van a lo largo de la vida, donde casi nunca llega la calma.

 

 

Toda la novela gira en torno a la imagen de un cuadro, cuyo título es Tiempo de tormentas. Estas tormentas, a las que haces referencias, ¿son las tormentas de Boris Izaguirre, las de Venezuela o las que golpean a ambos a lo largo de estos años?

Son las tormentas de esos 49 año que narro en el libro. El secreto de esa frase está en el hecho que siempre pensamos que después de la tormenta viene la calma, pero, en realidad, después de la tormenta viene otra tormenta. En esta década de Instagram y redes sociales, todo son tormentas y cada vez vivimos más en torno a un escándalo o a una conmoción. Yo siempre pensaba que había un límite físico ante las conmociones, es decir, que no se podían soportar una conmoción seguida de otra y, sin embargo, ahora no desarrollamos ninguna capacidad de contención frente a la conmoción, al contrario, parece que estamos dispuestos a más.

No sé si por influencia de El retrato de Dorian Gray, para reflejar el movimiento de las distintas tormentas del libro eliges un cuadro, es decir, una imagen estática.

A mí me encanta El retrato de Dorian Gray, es uno de mis libros favoritos. Mi mamá recibió de un pintor amigo un cuadro y a medida que el pintor fue haciéndose más importante se fue obsesionando por aquella obra que para él era la más lograda y que había regalado a mi mamá. Esta fue una historia real y creo que para mamá su vida se apagó cuando tuvo que devolver el cuadro. Yo siempre tuve la impresión de que de la misma manera que nosotros vivíamos nuestra vida observando el cuadro, el cuadro nos observaba a nosotros.

La actitud de tu madre fue ejemplar y sigue siéndolo no sólo a alabar la diferencia como virtud el hecho de ser diferente, sino al ver en la diferencia un potencial. en tu “diferencia” un potencial.

Es curioso, a ella no le gustaba nada la frase “es una adelantada a su tiempo”, porque, como bailarina que era, pensaba que significaba que estaba perdiendo el compás. Mi madre era una bailarina y tenía un gran sentido del tiempo y del ritmo, así que para ella decirle que se adelantaba a su tiempo era como decirle que estropeaba una pieza. Y si le decías, entonces, que era una pionera, también se quejaba: “¡Nadie quiere ser pionero! Si eres pionero no te das cuenta”, me decía. Yo creo que con sus decisiones mi mamá hizo cosas que la convertían en un ejemplo de lo que significa luchar por la tolerancia y por el respeto. En este sentido, esta novela trata de lo difícil que es ser diferente, pero también de cómo esa dificultad te fortaleza. Yo no sería la persona que está ahora hablando contigo, si ella no hubiera batallado codo conmigo y por mí.

Lo cuentas en la novela y ha sido objeto de más de un titular, pero, a pesar de esto, me cuesta encontrar el tono para preguntarte acerca de la violación que sufriste siendo un adolescente.

Y a mí me costó mucho la frialdad con la que escribí la violación. A veces pienso que quizás la única manera de recordar lo acontecido y de escribirlo es desde la frialdad. Cuando hace dos años escribí esa parte, por su puesto me pensé por qué hacerlo y la razón que me di para escribir sobre ello fue que era había sido un momento muy importante y muy real para mi madre y para mí. Aunque todo el tiempo estoy intentando robar la novela, este libro es una novela sobre mi mamá y sobre nuestra relación, que fue extraordinaria. Yo fui violado, pero mi mamá también y por eso tenía que escribirlo y mi deseo máximo no es hacer justicia a través de mi escritura, sino subrayar que uno de los horrores de la homofobia es que un asalto sexual como el mío, durante mucho tiempo, se consideró como un castigo debido. Por esto, yo estaría muy dispuesto a seguir apoyando el titular, si sirve para que se haga una constatación de hasta dónde puede llegar la capacidad de odio del machismo y la homofobia.

Y tu madre peleó para que ese odio no ganara la batalla.

Si, mi mamá tras la tormenta y el caos que provocó esa violación, inmediatamente asumió que había que reconstruir lo destruido e, inmediatamente, indicó y exigió que yo me hiciera cargo de que tenía escoger entre hacerme aplastar por la humillación o seguir siendo la persona que era antes de la violación.

En la novela, abordas también lo que significó el SIDA, que, retomando lo que comentabas antes, no pocos miembros de la Iglesia Católica no dudaron en definir como un castigo merecido.

Y también se dijo esto mismo desde el gobierno de Reagan, el cual firmó un decreto para que no hubiera ayudas para la investigación. Cuando murió Reagan todo el mundo se lo recordó a su viuda y ella tuvo que asumir que las cosas no fueron hechas como debían haber sido hechas. El SIDA fue un horror, porque de nuevo había un instrumento para atacar al distinto, para atacar al diferente. Es verdad que la enfermedad también estaba relacionada al consumo de drogas y esto creó otra minoría afectada, pero el hecho de que la enfermedad atacara a una minoría que tenía una vida sexual distinta fue crucial y tremendo.

Un liet motiv que une tus últimos años en Venezuela y los primeros años en España es la frase de tu madre: “No llames la atención porque ya llamas la atención”

Es una gran frase, propia de mi mamá y de su gran astucia. Seguramente por su vinculación con el mundo de la danza, mi madre miraba el mundo como si fuera un gran escenario y siempre tenía muy presente el lugar y la disposición de las cosas.

¿Este deseo de llamar la atención y ese deseo de convertirte, como dices en la novela, en un animal frívolo respondía a una voluntad de superar el dolor vivido, de importe a él?

Claro. Una persona como yo que lo ha pasado muy mal en diferentes momentos de su vida, busca que esa complejidad se convierta en luminosidad. Creo que si tú conoces el verdadero dolor descubres que, al fondo del dolor, hay amor y hay buen rollo. Las cosas las aprendes mejor con cierto dolor, pero las expresas mejor con buen rollo.

¿Te ha molestado la etiqueta de frívolo?

No, porque el problema es que la gente confunde frivolidad con tontería. Las cosas que son realmente frívolas son mucho más interesantes, tienen más caras y más matices de aquellas que no lo son. El problema es que a la gente no le gusta darse cuenta de ello, porque darse cuenta de ello es darse cuenta de que, al no abrazar la profundidad que te da la frivolidad, te quedas en la superficie, te quedas flotando en una nada, que es donde está la mayoría de la gente. En cambio, los que sabemos que la frivolidad es un gran instrumento somos pocos y tenemos que asumir que se nos señales. A lo largo de los años, para mí la frivolidad ha sido una lupa que aumenta la realidad y que me ha permitido y me permite ver la realidad en toda su dimensión.

A lo mejor todos pecamos de frivolidad. Cuentas cómo en los noventa, cuando “ninguna noticia podía mover de la primera plana a Luis Roldán”, la gente de evadía con la prensa del corazón.

Yo lo que puedo decir es que era así. Fueron los años de Roldán, pero sobre todo del terrorismo de ETA. Tú estabas por la mañana en el programa de María Teresa Campos, que reinaba en esa época, y tanto ella como los demás teníamos de pronto que cambiar de registro porque había un atentado en pleno programa. Esa era realidad del país, que buscaba una cierta normalidad distrayéndose con todos los escándalos de las vidas sentimentales de un grupo de personas y que, de repente, se encontraba en una situación de terrorismo, en una lucha tremenda. Eso era así, fue así y lo que se aprende de ello es que la vida no es de una sola manera, sino que está llena de incertidumbre y de peligro. Esa fue la lección de esos años en España, yo aprendí a vivir en la conmoción: en cualquier momento, el orden establecido se podía quebrantar.

 

¿Acaso no sigue todo igual? Es decir, como desgraciadamente hemos visto en estos días, ¿no pasamos de lo trágico al mero entretenimiento con solo hacer zaping?

Ha cambiado en cuanto ETA está desarmada, pero sí es cierto que la contradicción perdura o, pero aún, ahora lo trágico ha pasado a convertirse por momentos en el show de la vida misma. Los que hicimos televisión en los noventa y en los primeros años del 2000, aprendimos que teníamos que tener el encaje de lo trágico. Y es que, durante esos años, hubo mucha convulsión y mucha violencia en medio de una aparente normalidad y de un crecimiento económico.

En relación a esta dicotomía, afirmabas en una entrevista que habías crecido entre EL Capital y el Hola.

En mi casa estaba El Capital, porque mi padre era miembro del partido comunista y tanto él como mi madre se sintieron muy implicados en un proceso que hubo en los años sesenta en toda Latinoamérica a raíz del impacto de la Revolución Cubana, que generó entre muchos intelectuales y gente de izquierda una adhesión a esa rebeldía y esto generó también las guerrillas en todo el continente. Yo tenía esto en casa, pero un día salí a la calle y vi al presidente de mi país, Carlos Andrés Pérez, que había nacionalizado el petróleo, en la portada del Hola junto a su esposa, a Farah Diba y al Sha de Irán. En ese momento, tuve claro que a mí lo que me interesaba era ese show y debo decir que el Hola no solo me ha acompañado siempre, sino que ha acompañado a toda una generación en Latinoamérica.

La novela comienza con tu padre afirmando que en Venezuela la revolución ha fracasado y termina en otro fracaso, el del chavismo.

Esta es la verdad. Yo he asistido al fracaso de mi país, al que veo muriéndose. Una de las cosas que me persiguió a lo largo de toda la escritura del libro es que, en mis últimas conversaciones con ella, mi madre me decía que no se podía creer que había nacido en una dictadura y se iba a morir en otra dictadura. En esta sencilla frase me estaba diciendo que habíamos fracasado rotundamente; yo le decía que no podía pensar así, que había hecho unos hijos estupendos, pero para ella todo esto era igual, estaba convencida de que había fallado como ciudadana. Decía que ella era responsable de que el país hubiera fallado.

¿Sentirse responsable del fracaso de tu propio país cuando se es un ciudadano no es asumir injustamente demasiada responsabilidad?

No, mis padres querían educar y crear unas instituciones culturales sólidas en un país del tercer mundo. El no haberlo conseguido, les dolía mucho. Mi papá, además, siempre decía: yo siempre habría apoyado una república socialista, pero nunca una república socialista dirigida por un militar. Además, el chavismo no ha logrado sacar a Venezuela de su condena. El fracaso económico del chavismo es evidente y cruel. La gente se está muriendo de hambre, la gente no puede adquirir nada; el nivel de inflación es tan brutal que ya nada tiene valor, pues supera el 700% y se dice que va a llegar al 3000%. ¿Cómo se puede vivir así? Esto es responsabilidad del gobierno.

A nivel internacional y más allá de los eslóganes de determinados partidos, ¿se es realmente consciente de lo que está pasando en Venezuela?

La comunidad internacional es como una comunidad de vecinos: ¿Tú conoces a todos tus vecinos? Yo creo que la única persona que conozco que tiene una relación casi obsesiva con sus vecinos es mi hermana, que conoce la vida de todos, cuida los perros de todos, se interesa por todos… Pero esto solo puede pasar en California, que es un lugar muy alejado de todo. Venezuela cree que la Comunidad internacional la va a rescatar, pero de lo único que está pendiente la comunidad internacional es de sus contratos petroleros y le importa un pepino lo que está pasando ahí. Además, es imposible explicar a una persona qué es y qué pasa en Venezuela; si te sientas con una persona y le intentas explicar, al medio minuto esa persona ya ha desconectado, porque no le puede caber en la cabeza todo lo que le cuentas. Por esto, digo siempre que Venezuela es una nueva Atlántida: se está hundiendo, todo el mundo lo ve y todo el mundo está esperando que se hunda.

¿Lo esperamos desde la indiferencia y la seguridad de que aquello que sucede a Venezuela no nos pasará a nosotros?

Por supuesto. Es lógico pensar que aquello que pasa en Venezuela no puede pasar en Europa, pero creo que lo que nos enseña el caso de Venezuela es que hay que ser muy responsable de tu propio voto. Sin embargo, creo que vivimos una época en la que somos bastante irresponsables con este tipo de decisiones. Votar es importantísimo, pero todavía más importante es responsabilizarte de tu voto.

Y hablando de responsabilidad, tal y como cuentas en el libro, fueron muchos los que te dijeron que ser famoso implicada responsabilidad.

Yo siempre he pensado que la fama es una ideología. Cuando era más pequeño, pensaba que la fama era un poder, porque la fama doblega e hipnotiza. Cuando la fama llegó a mí, me di cuenta que una vez metido en ese vagón, yo tenía que ser muy serio y muy disciplinado. Yo solamente he tenido dos disciplinas en mi vida: nadar y ser famoso.

Pero una cosa es la fama como resultado de una profesión y otra bien distinta y muy actual ahora mismo es la fama como profesión.

La fama ha ido acompañada de logros y de una carrera con errores y aciertos. Humildemente, me parece que he conseguido separar mi carrera de esa fascinación y coqueteo con un monstruo que es tremendo. Es cierto que muchas veces la gente me señala como si simplemente fuera famoso, pero yo tengo el respaldo de lo escrito. Mi mamá siempre decía que, al ser muy agradable, he sabido llevar muy bien el hecho de ser famoso. Ser famoso es como ser una drag queens: las drag queens lo primero que aprenden es a ser agradables, porque ellas son famosas cuando son drag queens, pero cuando dejan de serlo, son personas completamente anónimas. Por esto creo que es importante ver la fama como una disciplina y así no dejarte zarandear por el toro mecánico en el que puede convertirse la fama y que te puede derribar en cualquier momento.

No puedo dejar de preguntarte, por el papel central que ocupa en la novela, ¿qué fue Terenci Moix para Boris Izaguirre?

La muerte de Terenci fue un golpe, porque, a pesar de que veíamos el deterioro avanzaba, él estaba con esa cabeza tan increíble siempre pensando en lo que tenía que venir. La última vez que hablé con él, estaba maravillado por el hecho que la Filmoteca de Barcelona iba a hacer una retrospectiva de sus películas más queridas. Y, al día siguiente de esta conversación, me llamó Bibiana Fernández para decirme que estaba desolada y que no entendía como había podido ocurrir. Yo no entendía a qué se refería, hasta que, de repente, todos comenzaron a avisarme de la muerte de Terenci. ¿Qué fue Terenci? Él fue una persona que lucho muchísimo por su libertad y esto lo transmitía. Recuerdo perfectamente cuando, en una ocasión, yo estaba muy agobiado y le comenté que, a lo mejor, todo lo que estaba haciendo me podía estropear mi carrera cómo escritor; entonces él me dijo: “Tienes toda la vida para ser escritor y es muy difícil que vuelva a repetirse la oportunidad de ser una estrella”. Lo que te puedo decir es que, durante todo este Procés, he echado de menos no poder oír su opinión acerca de todo lo que estaba pasando.

Para concluir, déjame preguntarte lo mismo que pregunta Mimí, uno de tus personajes: ¿Dónde irán todas esas fotos? ¿Las fotos desaparecerán y quedará la palabra escrita?

Todo este universo que hemos construido en torno a las alfombras rojas y, sobre todo, el hecho que hayamos convertido las alfombras rojas en más importante que los eventos que preceden es algo sorprendente, es un sino de nuestro tiempo. Ahora mismo, es más importante la alfombra roja que los Oscar o que los Goya. Me encanta que culminemos así está conversación, porque la pregunta es precisamente esta: dónde van a ir a parar los centenares y miles de instantáneas que se evaporan todos los días.