"La libertad es lo que nos hace específicamente humanos"

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David Torres publica "Palos de ciego"

 

 

 

 

 

Texto: DIEGO PRADO

Foto: ASÍS G. AYERBE

 David Torres (Madrid, 1966), conocido por sus polémicas y siempre brillantes columnas en el diario Público, lleva casi veinte años dedicado con pasión a la literatura. Narrador premiado, guionista, articulista de prensa, profesor de escritura, desde su primera y celebrada novela, Nanga Parbat (1999), ha venido publicando libros de casi todos los géneros (novelas, relatos, libros de viajes, poesía, ensayo y artículos). En Palos de ciego (Círculo de Tiza) indaga de nuevo en la raíz del mal, partiendo de unos hechos oscuros y poco divulgados de la era estalinista, y también de un dramático episodio familiar.

Tengo entendido que este libro se ha estado gestando a lo largo de estos últimos veinticuatro años y que intentaste sin éxito escribirlo varias veces. ¿Por qué se te resistía? ¿Es esa la razón por la cual estamos ante una obra híbrida, a caballo entre la novela de no ficción, el ensayo y la autobiografía?

La razón de esa resistencia es uno de los secretos del libro. De hecho, Palos de ciego es, en buena parte, la historia de cómo y por qué no pude escribir una novela que me cayó encima a los 25 años y que se abortó definitivamente un cuarto de siglo después. Incluye también un viaje frustrado, una autobiografía trunca y un intento por explicar la fascinación por las historias inconclusas.

En alguna de tus obras anteriores (pienso en La sangre y el ámbar, libro sobre tus viajes a Polonia, o la novela Punto de fisión, con el desastre de Chernobyl como fondo), muestras una especial predilección por la historia negra de la Europa del Este. Ahora, en Palos de ciego indagas en algunos sucesos oscuros no muy conocidos de la era estalinista. ¿De dónde te viene ese interés casi geográfico?

No lo sé, no es algo racional. Supongo que en parte tiene que ver con el hecho de que, al igual que Ucrania, España pertenece a la periferia de Europa, y las ondas concéntricas de la historia nos golpean de un modo similar. El estalinismo soltó sus monstruos por Ucrania y aquí el fascismo se atrincheró cuatro décadas.

Frente al discurso enloquecido y sin concesiones de Hitler, por ejemplo, Stalin se nos presenta como un dictador tan criminal como contradictorio. Las excepciones que hace con ciertos artistas contrarios a su régimen de terror (Bulgákov, Mandelshtam, Yúdina o Ajmátova, entre otros) los convierten en un personaje tan caprichoso como peligrosamente impredecible. Sabemos que Stalin, pese a todo, admiraba el arte, era capaz de conmoverse con el concierto para piano nº 23 de Mozart o asistir más de quince veces a la representación de Los días de los Turbin de Bulgákov. ¿Sentía una especie de admiración por estos artistas a los que no eliminó, al menos físicamente?

La equiparación entre comunismo y nazismo es uno de los motivos que me ha obligado a leer casi un centenar de libros. Mi conclusión, si es que hay alguna, se encuentra en la segunda parte del libro, La sombra de Stalin. Evidentemente, despacharlo como un tirano sanguinario y sádico, aparte de ser una visión simplificadora y falsa, no sirve de mucho. Lo fascinante de Stalin es que cada una de las decisiones que tomó (muchas de ellas espantosas) tenía un sentido, una finalidad: salvar a la Unión Soviética del único modo que él creía posible. Consideraba que Ajmátova, Shostakóvich, Mandelshtam o Yúdina eran artistas demasiado valiosos como para sacrificarlos por una venganza personal, pero el modo en que intentó dirigirlos y manipularlos es asombroso.

Vale la pena detenerse un instante en el caso sorprendente de María Yúdina, la gran pianista rusa, cuya historia cuentas en el libro. Yúdina accedió a realizar a toda prisa, y en una sola noche, el concierto para piano antes mencionado de Mozart para que Stalin tuviera el disco por la mañana. En cambio, cuando este, maravillado y agradecido, le manda una gran suma de dinero en pago, Yúdina lo rechaza con enorme valentía y coraje, diciéndole que rezará por la salvación de su alma criminal. Stalin, no obstante, no solo no mueve un dedo, sino que ordena que nadie la toque. ¿Superstición? ¿O acaso el tirano, como el Calígula de Camus, apreciaba la valentía de aquellos que le decían la verdad en lugar de los que le adulaban por miedo?

Yúdina no lo rechazó: lo aceptó y dijo que entregaría el dinero a los pobres de su iglesia. La decisión de Stalin es paradójica, en efecto, pero tampoco muy distinta al modo en que reaccionó al feroz epigrama de Mandelshtam. Shostakóvich habla de superstición, pero yo creo más bien que no le interesaba la venganza personal. No podía sacrificar por un simple insulto a una pianista de la talla de María Yúdina que, salvo Sviatoslav Richter, apenas tenía parangón en la Unión Soviética. Por otra parte, en efecto, Yúdina encarna el papel ancestral de yurodivi, el profeta de Borís Godunov, el loco capaz de gritarle al zar la verdad a la cara.

En el libro hay una parte que hace referencia a un hecho familiar luctuoso: la existencia de un David Torres anterior a ti que supuestamente vivió un solo día y que pudo haber sido uno de los miles de niños robados del franquismo. ¿Cómo casa eso con los crímenes estalinistas? ¿Fue este terrible descubrimiento el germen de este libro tan personal?

Yo acababa de tirar la toalla con Borrón (que era el nombre provisional de la novela sobre la matanza de los lirniki) cuando, hacia octubre del año pasado, recordé que llevaba el mismo nombre de un hermano muerto, David Torres, que nació el 27 de octubre de 1965, un año y un mes antes que yo, y murió al día siguiente. Fue en una de esas espantosas clínicas del franquismo donde se dedicaban al tráfico de los niños robados, una de las muchas infamias que este país todavía no ha resuelto. Aunque estamos prácticamente seguros de que murió, siempre nos quedará la sospecha de si mi hermano sigue vivo en alguna parte. De repente comprendí que la historia de los lirniki y la de mi hermano compartían un sustrato común, el de la ignorancia, la duda, la imposibilidad de conocer la verdad. Recordé entonces aquella idea de Freud, que era más fácil romper una nuez cuando la cascas contra otra, y decidí chocar esas dos tinieblas: la histórica y la personal. La matanza de los lirniki y la muerte de mi hermano.

¿Quiénes fueron los juglares ciegos ucranianos de los que hablas en el libro, y por qué razón fueron masacrados?

Esa respuesta ocupa bastantes páginas del libro. Los lirniki o banduristi eran unas cofradías de músicos ciegos ambulantes que iban mendigando por los caminos mientras cantaban dumas sobre héroes del pasado, canciones religiosas, etc. En cierto modo eran la veta más pura del folklore ucraniano, la memoria viviente de la nación. Se dice que en la década de los años 1930 hubo un congreso en Járkov para reunirlos y explicarles que no podían seguir hablando de esas cosas. Supuestamente, los mataron a todos. La investigación sobre la fecha y el lugar exacto de esa matanza fue una de las anclas que frenó Borrón y, finalmente, se convirtió también en la espina dorsal de Palos de ciego.

Si tuviera que buscar un Leitmotiv afín a todas tus obras, diría que este reside en la indagación que haces del mal. ¿Por qué nos fascina tanto?

No lo sé. Supongo que, en cierto modo, tendría que darte una respuesta casi teológica. El mal es la posibilidad de la libertad, y la libertad es lo que nos hace específicamente humanos.

Otro de los temas secundarios del libro es la relación con los animales...

Sí, el daño que les hacemos, el amor que les damos. Hablo de los calamares que pescaba de niño y cómo un día, de repente, al ver la agonía del animal en el fondo del bote, decidí no volver a lanzar una potera en mi vida. Hablo de los gorriones que he rescatado del suelo, de los gusanos de seda que criaba de niño, de una perra que tenía mi amigo Abraham García, la cual desenterró a tres cachorros muertos para intentar amamantarlos. Ningún animal causa dolor a sabiendas.

Finalmente, no puedo resistirme a preguntarte cuándo volveremos a leer una novela protagonizada por Roberto Esteban, el boxeador perdedor reciclado en guardaespaldas de las novelas más negras que has firmado, El gran silencio y Niños de tiza.

Espero que un año de estos. Le guardo mucho cariño a Roberto y creo que le debo al menos una más, para ver cómo cojea.