“Hoy no hay una ciudad que sea el centro de la literatura latinoamericana”

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El ensayista Gustavo Guerrero publica "Paisajes en movimiento"

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: CEDIDA POR EL AUTOR

 

 

Editor en Gallimard, profesor de literatura en la Universidad de Paris Seine, ensayista - Gustavo Guerrero -en 1987 publicó en Anagrama La estrategia neobarroca y en 2008 fue Premio Anagrama de ensayo con La catira de Camilo José Cela- y poeta - La sombra de otros sueños y Círculo del adiós- Gustavo Guerrero publica ahora en Eterna Cadencia Paisajes en movimiento, un libro en el que, a través de tres ensayos, estudia el campo literario hispanoamericano de la última década del XX y estos primeros años del XXI. Interrogándose sobre el nuevo paradigma histórico y sobre el papel de la poesía en este nuevo contexto, estudiando las nuevas relaciones entre el mercado y los productos culturales y analizando la actualidad del concepto de “nacionalidad” y de “literatura nacional”, Guerrero busca las líneas de continuidad y las líneas de ruptura entre el campo literario actual y el pasado que le precede.

 

A partir de lo comentado por Tabarovsky en su reseña, ¿podríamos definir Paisajes en movimiento como un mapeo de los cambios y modulaciones de la cultura latinoamericana desde los últimos años del XX hasta la primera década del XXI?

Sí, creo que lo podemos definir así. Solo cabria agregar que ese mapeo es también una suerte de arqueología del presente que trata de exhumar otros estadios recientes de nuestro ahora y busca en ellos las claves que nos permitan entender mejor esta época incierta y sin nombre en la que estamos.  

En la introducción afirma que quiere evitar “los discursos alarmistas sobre el apocalipsis de la cultura”. ¿Hay un exceso de alarmismo o, como también usted apunta, hay una excesiva asunción de que “no hay nada nuevo bajo el sol” en el análisis del nuevo paradigma cultural hispanoamericano?

Diría que coexisten ambas cosas: el alarmismo y el conformismo. Lo que tienen en común es que ninguna de estas dos actitudes ofrece pistas para entender mejor el proceso de rápidas, de fulgurantes transformaciones por el que hemos pasado y seguimos pasando. Ni la queja ni el bostezo ayudan. Una de las claves del sentimiento de desposesión que embarga hoy a nuestras sociedades procede de esta dificultad para interpretar los cambios que vivimos.

Este mapeo usted lo realiza analizando tres cuestiones: el nuevo paradigma temporal, la transformación de las relaciones entre mercado y productos culturales; la crisis del concepto de nacionalidad. ¿No cree que estas tres cuestiones pueden extrapolarse más allá del ámbito hispanoamericano?

Claro que sí, sobre todo las dos últimas que resultan de fenómenos que no se limitan al ámbito hispanoamericano, sino que tienen un alcance internacional mucho mayor. Me refiero a la concentración empresarial en el sector de las industrias culturales, que empieza en Europa y en Estados Unidos hace ya medio siglo, y al debate sobre nación y globalización, fruto del final de la Guerra Fría. Lo que me interesa es examinar cómo se plantean estas cuestiones en la América Latina de entre dos siglos y cuáles son las respuestas específicas que se les dan dentro de nuestra cultura.

En tanto que editor de Gallimard, ¿puede establecer unos paralelismos entre la transformación del campo literario hispanoamericano y el campo literario francés y/o europeo?

La cuestión de las relaciones entre mercado y productos culturales, por ejemplo, tiene un tejido común dentro del sector editorial en ambos mundos por el impacto de la política del precio fijo del libro, que nace en Francia y se extiende luego a otros países de Europa y a América Latina en el cambio de siglo, como un freno a las políticas neoliberales y a la desregulación a ultranza. Reivindicar un valor específico del libro fue y es un combate común para los editores independientes en América Latina, en Francia y en Europa.

De hecho, su análisis de las nuevas relaciones entre el mercado y los productos culturales, donde Jorge Herralde tiene un papel protagonista, parece dibujar la actual situación del mercado literario/editorial español.

Sí incorporo citas de Jorge Herralde en varios fragmentos del ensayo. Herralde es, de hecho, uno de los editores independientes más presentes en América Latina a principios del siglo. Tanto sus libros y sus palabras como su ejemplo fueron muy importantes en el debate sobre la edición independiente.

Observa, por un lado, el desplazamiento del libro como objeto ligado a la cultura a objeto con un valor de cambio y, por el otro, la sobreproducción de libros. Si bien, se ve que la sobrepoducción no es algo nuevo del XXI, ¿cuál es el detonante que lleva a un cambio en la lógica del mercado?

Pienso que hay dos: por un lado, la revolución tecnológica, que abarata costes, agiliza la fabricación y permite un aumento sin precedente de la producción; por otro, las políticas editoriales de los grandes grupos que se lanzan a la conquista de públicos masivos, de mayores rendimientos y de una optima visibilidad a través del control del espacio en librerías.   

Cesar Aira, como usted observa, es un autor estrechamente vinculado al campo literario y, al mismo tiempo, ejemplo de sobreproducción

Creo que Aira hace algo bien particular en esos años: es el novelista que se sobre-produce como para hacer visibles las nuevas condiciones del mercado y convertirlas lúdicamente en uno de los resortes de su propia obra.

André Schriffin sostiene que el gran cambio del mundo editorial tiene que ver en gran parte con la concentración empresarial. Sin embargo, usted destaca positivamente la aparición en contemporáneo de editoriales independientes.

Fueron la respuesta necesaria a unas condiciones de mercado que rayaban en la situación de monopolio no solo en América Latina sino en muchos países de Europa y en los Estados Unidos. Además, en su momento, protegieron una cierta idea del oficio de editar y, con él, una cierta idea de la literatura.

En relación a esto, usted menciona la caída en ventas de los autores del post boom en comparación con el éxito del boom. ¿Fue el boom un momento estelar tanto a nivel literario como comercial?

Sí lo fue. Tanto que una de las obsesiones de muchos editores y agentes durante el cambio de siglo fue trata repetir esa experiencia a través del marketing. Pero no funcionó.

Actualmente, el boom queda ya bastante lejos. Hay una generación que ya no puede definirse como post-boom. ¿Cómo se está articulando el mercado y la difusión de estos nuevos autores tanto dentro del campo hispanoamericano como en el campo europeo y estadounidense, esencial actualmente?

Creo que, dentro del sector editorial, hay más diversidad ahora que hace veinte años gracias a la profusión de editoriales independientes, pequeñas y medianas. Además, la internacionalización de un autor y una obra se produce cada vez más temprano y, en ciertos casos, obtiene un impacto más rápido y más amplio. Baste pensar en el caso de Samanta Schweblin, que llega a la short list Booker Prize con su primera novela.  

Asimismo, con respecto al boom ¿ha cambiado la capitalidad literaria -lo fue Barcelona y lo fue París- para la literatura hispanoamericana?

Hoy ya no hay una capital o una ciudad que sea como el centro de la literatura latinoamericana. Schweblin vive en Berlin, Lina Meruane y Valeria Luiselli en Nueva York, Rodrigo Blanco Calderón y Diego Trelles en París, como otros y otras viven en Buenos Aires, México o Bogotá.

El primer ensayo parte de la conferencia de Octavio Paz al recibir el Nobel para distanciarse: “nuestro presente, vivido en este ahora, ya no corresponde a la experiencia del presente de Paz, todavía bien asentado en el siglo XX”. ¿Qué diferencia hay entre la experiencia del presente en el XXI?

Paz vivió la esperanza de ver surgir una civilización nueva tras el fin de la Guerra Fría. Creyó que la poesía podía ser una de las fuentes principales de esa nueva civilización que entronizaría el presente como su tiempo propio. Pero ese presente derivo rápidamente en presentismo (el propio Paz pudo comprobarlo) y hoy no cesa de devorar nuestro futuro mientras nos aleja peligrosamente del pasado.  

La idea de la experiencia del presente tiene que ver con una ruptura con un sentido de la historicidad, de nuestra historicidad; tiene que ver con “presente continuo”. La pregunta que se plantea es cómo se transforma -o como muere- la poesía en este abuso del instante presente.

La poesía moderna, que se concibe como vanguardia cultural, como lenguaje del futuro, tiene que reajustar su ambición y buscarse una nueva legitimidad ante el reajuste de nuestro régimen de historicidad. Creo que en ello está desde el siglo pasado, redefiniendo su estatuto y su lugar dentro de la cultura contemporánea. E incluso su medio porque hoy la poesía se vuelve hacia sus origines orales y visuales a través del slam y de otras prácticas artísticas performativas. Ya no solo es escritura.    

Si en el primer ensayo se plantea la marginalidad de la poesía, en el segundo se plantea la centralidad de la novela y también la marginalización del ensayo. ¿Se está homogeneizando a nivel de géneros el campo literario?

En parte, sí, como lo muestro en el libro. El ascenso de la novela es un hecho económico y literario. Pero existen también nuevos géneros que compiten hoy con la novela, como la crónica, por ejemplo, muy apreciada en Latinoamérica. De modo que no hay que ver este reajuste de los géneros como algo definitivo. Aunque la hegemonía de la novela nunca antes haya sido tan evidente.

En el último capítulo analiza la crisis del concepto de identidad nacional. En su momento, Sarlo definió a Borges como un escritor en las orillas. ¿Esta crisis de la idea de identidad nacional es de ahora o autores como Borges ya parecían cuestionar el concepto de “literatura nacional"?

La cuestión nacional ha sido un problema recurrente en la cultura latinoamericana desde el siglo XIX, desde la fundación de nuestras repúblicas. Lo que me interesa en el libro son las nuevas condiciones en que se da ese debate entre los dos siglos, en tiempos de la globalización. Se trata de una transformación radical que pone en tela de juicio la referencia nacional de un modo que quizás Borges nunca soñó. Pero tampoco este debate está terminado. La pregunta urgente hoy, en medio de este regreso de las formas más autoritarias del nacionalismo, es para qué comunidad por venir se va a escribir la literatura en estas primeras décadas del nuevo siglo.  

Usted hace hincapié en la obra Historia argentina de Rodrigo Fresán. ¿La novela fragmentaria de Fresán planteó un nuevo relato de lo nacional?

Fue el punto de partida o el pistoletazo de salida de una nueva generación, la que empieza a escribir y a darse a conocer en los noventa y dos mil. Ese libro de Fresán, de 1991, tiene la virtud de resumir y anunciar muchos de los problemas y asuntos que ocuparían a la literatura joven que se hace en esos años. Entre ellos, el tema de la crisis de la nación, que es central y reaparecerá en toda una seria de escritores de los noventa y dos mil cuyo tono, como bien lo dijo Josefina Ludmer, es un “tono antinacional”

Junto a Historia argentina, la antología de Alberto Fuguet, McOndo, es también es esencial, pero no sólo para una redefinición del concepto de “literatura nacional”, sino para una redefinición de la figura del escritor.

Creo que sí, es una de las primeras antologías donde se plantea la redefinición de la   figura del escritor a través del paradigma del “escritor joven” que se deslastra de la herencia del gran intelectual y del letrado, y se sitúa en una relación distinta con sus lectores. Este es un proceso que continua, la reinvención de la figura del escritor. Acaso nada este contribuyendo a ello con más fuerza en este momento que la aparición de una pléyade de escritoras latinoamericanas que reinventan sus posturas públicas y crean otra idea de lo que significa ser hoy un(a) escritor(a).