“Ya no hay que pedir perdón por escribir relatos fantásticos”

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David Roas publica "Invasión"

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: Núria Claverol i Català

 

David Roas es un especialista en el género fantástico y lo es por dos motivos: dirige en la Universidad Autónoma de Barcelona un grupo de investigación sobre literatura fantástica y es uno de los autores del género más reconocidos del panorama español. Ahora vuelve a Páginas de Espuma con Invasión, un libro de relatos donde, aparentemente, la cotidianidad está “invadida” por lo extraño, lo monstruoso, lo fantástico. Y decimos aparentemente porque la pregunta que nos plantea Roas es: ¿La realidad está invadida por lo fantástico o es la realidad en sí, caótica y sin sentido, la que es fantástica, la que tiene ese elemento extraño que nos espanta?

El libro comienza con una cita de Ignacio Padilla que resume la poética del libro: “La mente nos protege de la realidad, pero el ángulo del horror se encuentra siempre a escasos grados de nuestra rutina”.

A mí me gusta mucho que las citas ayuden, acompañen y provoquen. En este caso, es, además, una forma de homenaje al pobre Nacho, cuyas palabras resumen mi idea acerca de la existencia de un ángulo del horror, concepto que utilizó hace ya tiempo Cristina Fernández Cubas en uno de sus libros de relatos. Tras este “ángulo del horror” está la idea de que en nuestra realidad cotidiana basta mover algo o cambiar tu manera de mirar para que aquello que es previsible y esperable se rompa, es decir, para que en lo cotidiano aparezca algo inesperado. Y para que ocurra lo inesperado, siempre tiene que haber algo que rompa con la expectativa que se tiene.

Sin embargo, este romperse y este aparecer de lo inesperado sucede realmente o creemos que sucede. En otras palabras, ¿acaso lo fantástico no está en nuestra mirada, en nuestra forma de percibir?

Claro, siempre es así, todo depende de cómo miramos y en qué nos fijamos. Hay que saber mirar y, personalmente, me interesa mucho observar los pequeños detalles de lo real que, por lo general, pasan desaparecidos, pero que indican que algo no está funcionando como debiera o como esperamos que debiera funcionar.

Ejemplo de ello es el primer relato, un claro homenaje a Lovecraft.

El hecho de que este sea el primer cuento no es casual. Cuando escribimos, lo que hacemos es llenar vacíos y el protagonista, que es el que observa la casa, lo que hace al mirar es llenar la casa y cuando él se va, ¿qué queda de la casa? Había algo en esa casa de lo que él decía o no. Esta es la pregunta que plantea la ficción.

Uno de los temas del libro es la alteridad: ese otro no es un “otro” sino que es el reflejo del yo que observa.

Nos fijamos en el otro, pero ese otro termina siendo nuestro reflejo. En el fondo de este juego entre el yo y el otro está la idea de que, en realidad, el monstruo somos nosotros, no hay nada más horrible que nosotros mismos. De ahí la portada y el cuento al que se refiere: ¿Quién es verdaderamente horroroso? ¿El niño zombi? ¿Los viejos insoportables? ¿El personaje que observa y que está feliz con la llegada del Apocalipsis? No hay una respuesta única, depende de dónde te posiciones, de cuál es la perspectiva que asumes.

Frankenstein plantea precisamente este dilema: ¿quién es el verdadero monstruo? ¿La criatura creada por Frankenstein o su creador?

Efectivamente. Al final de lo que se trata es que horror está en la realidad misma. Yo no utilizo lo fantástico para ampliar la realidad, para pensar que hay algo más allá; yo soy un materialista al cual lo fantástico y el humor le sirven para darle la vuelta a lo real y, por tanto, para mostrar la verdadera cara de lo real, que es una cara caótica y sin sentido.

Ahí está Cortázar y su idea de lo fantástico cotidiano.

Claro. En el libro hay sombras de grandes nombres y una de las sombras es la de Cortázar. Me interesa mucho su visión de una realidad muy cotidiana donde basta un solo click para descomponerlo todo.

Tus cuentos no solo están llenos de referencias literarias, sino que, en más de una ocasión, partes de un relato reconocido para modificarlo. ¿Podríamos hablar de un juego metaliterario?

A mí el juego metaliterario me gusta mucho. En mis relatos, las referencias están como forma de homenaje a las figuras que me han marcado desde niño, como pueden ser Poe, aunque aquí su figura no es tan explícita como en otros libros, o Lovecraft. Me gusta jugar con estos autores y, sobre todo, con lo que me han dado a través de sus obras, pero no para repetirlo sino para cogerlo y, luego, distanciarme de ello, a través de la parodia, del pastiche o del homenaje. Y esto lo hago no solo con los clásicos, sino también con autores actuales como puede ser Cristina Fernández Cubas, que es una maestra. El día en que, en Caixa Forum, escuché a Cristina leer el relato “Hablar con viejas” decidí que tenía que hacer algo, pero tenía que cambiar de perspectiva, así que decidí ponerme del lado del monstruo y ver qué pasaba con el relato si cambiaba la perspectiva, la mirada.

¿El hecho de ser un teórico del género y, por tanto, conocer los mecanismos del género condiciona a la hora de escribir?

Inevitablemente, este conocimiento es un elemento más que se suma. Sin embargo, he aprendido más a partir de la ficción y no a partir de la teoría. Siempre me ha sido más útil ir de la ficción a la teoría y no viceversa. Obviamente, cuando comienzo a escribir no pienso fríamente en si voy a escribir un relato con narrador externo, diegético, homodiegético… Es cierto que cuando me pongo a escribir sé lo que estoy haciendo, pero otra cosa es que me salga bien. Lo que sí hago, siendo yo muy estricto en mi teoría de lo fantástico, es jugar con los límites de lo fantástico e hibridarlos. Sin embargo, es la práctica, es el escribir mis propios relatos aquello que ha hecho tomar consciencia de determinadas cuestiones teóricas. Te pongo un ejemplo: siempre había pensado que lo fantástico y el humor eran dos ámbitos que no se tocabas hasta que me di cuenta que, involuntariamente, los estaba mezclando en mis propios relatos como también lo hacían Fernando Iwasaki, Patricia Esteban y otros.

En tus relatos, no solo la figura del niño tiene un papel protagonista, sino que el niño se convierte en una forma de mirar desprejuiciada, carente de toda codificación

Sí, es así porque, por lo general, la mirada del niño es diferente a la nuestra: a través de un niño y de su mirada puedes percibir tanto aquello que te obsesiona como aquello en lo que no te habías fijado, porque para ti, ya adulto, resulta una banalidad, mientras que para él es algo fantástico. En mi caso, siempre estuve obsesionado por los espejos y por el juego el juego de espejos borgesiano, así como también por el tiempo, con el cual los niños tienen una relación muy distinta a la nuestra. Yo estoy convencido de que hay cuentos que no hubiera escrito de no ser por la mirada de mi hijo.

Ese juego con los espejos que planteas a través de la mirada del niño es, al mismo tiempo, una reescritura de la novela de Lewis Carrol, Alicia a través del espejo.

Carroll es un autor que siempre explico en clase y que siempre me ha fascinado. En clase, a los alumnos les explico Alicia a través del espejo como un texto siniestro, nada festivo; a pesar de que con Alicia en el país de las maravillas se haya asociado a Lewis Carroll con un autor para niños no lo es en absoluto. Alicia a través del espejo es un libro que muy difícilmente un niño puede leer. Yo siempre digo que la literatura de Carroll es una literatura con niños, pero no para niños.

Comentabas antes que, hasta hace poco, te parecía extraño mezclar lo fantástico con el horror. ¿Hay un exceso de codificación en el género fantástico que no favorece esta mezcla?

Inevitablemente, todos los géneros están muy codificados, pero es cierto que, a veces, el exceso de codificación puede ser negativo. Me suelo aburrir mucho cuando leo un libro, veo una película o una serie y no hay sorpresa, puesto que, antes de que suceda, ya sé lo que va a ocurrir y, normalmente, cuando sé qué va a pasar es cuando la codificación es exagerada y todo sigue pautas previsibles. Por esto dejé Walking Dead en la primera temporada, me aburrió por su previsibilidad. A mí me gusta romper la codificación, a lo mejor porque me la conozco demasiado bien, pero lo cierto es que creo que hay que buscarle los tres pies al gato. Yo soy muy fan de la película Atrapado en el tiempo y, en este libro, quise llevar esa idea al extremo y atrapé al protagonista en dos minutos.

Es un relato que puede leerse también a partir del Pierre Menard de Borges.

La idea es esta, porque, a fin de cuentas, el personaje no olvida nada y el no olvidar nada, el acumular datos, es el horror.

Otra de las características de tus relatos es su final abierto.

Recuerdo perfectamente cómo se enfadó la gente con el final de Los Soprano, pero a mí me encantó: ¿entran y los matan o todo sigue igual? En mi opinión, la vida sigue, ellos siguen igual, siendo una gente asquerosa como los otros y no pasa nada. A mí me interesa el final abierto porque da margen al lector para que rellene el vacío con sus obsesiones.

Imagino que muchas veces te habrán preguntado por el tardío reconocimiento académico del género fantástico, pero no puedo sino repreguntarte acerca de esta cuestión.

Yo creo que, poco a poco, se van poniendo las cosas en su sitio. Teniendo un grupo de investigación, que, hasta ahora, era el único en España dedicado al género fantástico y que ya va por su tercer año, puedo decir que el género está más o menos consolidado. Poco a poco, el mundo académico, que siempre va por detrás, se está interesando cada vez más por el género fantástico.

¿Y la crítica?

Bueno, por lo que se refiere a la crítica, creo que ya no tiene prejuicios y, pongamos por caso, si Cristina Fernández Cubas publica un libro de cuentos se le reseña como libro de cuentos, ya no preocupa tanto si es de género fantástico o no, si hay relatos de género y relatos que no lo son… La cuestión del género parece importar menos. Ahora ya no hay que pedir perdón por escribir relatos fantásticos ni tampoco ir con cuidado a la hora de definir tus textos como relatos fantásticos. Lo curioso es que, después de tantos años, Invasión es el primero de mis libros que en la librería Laie de Barcelona lo colocan en la sección de literatura fantástica y no en la sección de narrativa española.

¿No es curiosa la separación entre narrativa española y literatura de género, donde se mezclan narrativas en distintas lenguas?

Sí, además esta subdivisión puede ser buena y mala a la vez. Hay un público que no va a pasar por la mesa de narrativa y va a ir directamente a la mesa de literatura de género. Pero también hay un público que no va a pasar por la mesa de literatura de género y va a ir directamente a la mesa de narrativa.

Es decir, habría que estar en ambas mesas.

Sí, debería pedirlo. En relación a lo que te decía hace un momento, creo que la academia se está interesando cada vez más por el género, algo que no pasaba hace mucho. Cuando comencé a hacer mi tesis doctoral, era algo raro dedicarse a la literatura fantástica y, de hecho, cuando la defendí en 2000 creo que era la segunda que se hacía sobre lo fantástico en la literatura española. Quizá lo que todavía perdura es esa separación entre literatura friqui y literatura con mayúsculas. El año pasado, invitaron a Cristina al Festival Celsius y allí se encontró con lectores que están leyendo terror de cualquier tipo y no la conocían. Evidentemente, había muchos otros que la conocían y, precisamente por esto, porque reconocían su trabajo la invitaron. Sin embargo, quizás es en esta separación entre los lectores/autores del phantom y los “literarios” donde se nota un resquemor entre unos y otros, si bien luego estamos nosotros, que estamos en medio y tratamos de combinar ambos ámbitos

Lo cierto es que el caso de España es particular, porque en el ámbito anglosajón y en parte de la literatura hispanoamericana, pienso, por ejemplo, en la argentina, lo fantástico es un género no sólo reconocido, sino que no se separa de lo “literario”.

Es verdad. Y, de hecho, seguramente por eso, reconozco que yo también llegué muy tarde a la literatura fantástica española. El primer libro de Cristina que leí fue El ángulo del terror, es decir, hasta el 90 yo no había leído nada suyo, puesto que, aunque había hecho literatura española, desde niño mi mundo literario ha sido el inglés, el francés, pero no el español. Recuerdo cómo me cabreaba cuando estudiaba literatura española del XIX: no entendía cómo existiendo Stevenson o Conrad tenía que leer a Galdós, que está muy bien, pero para mí era incomparable con la literatura inglesa, francesa o rusa de ese mismo periodo. Yo siempre me he identificado más con autores extranjeros, pero, con el tiempo, he ido descubriendo grandes autores en castellano. Quizás aquí se lee más a los autores phanton, pero no a los más grandes.

También porque hay muchos autores que practicaron el género fantástico, pero no son conocidos por ello.

Sí, mi mujer y yo publicamos en 2008 una antología de la literatura fantástica del XX y el primer autor era Baroja y le seguían nombres como Valle-Inclán o Benet, es decir, nombres que no suelen aparecer dentro del género fantástico. Esto obliga a preguntarse qué nos han enseñado con respecto a la literatura española, cómo nos han explicado la historia de la literatura española. Nos han hecho pensar que aquí no había literatura fantástica y, por tanto, a los que nos gustaba el género nos han empujado a buscar referentes en el extranjero.

Al final, volvemos a lo de antes: ¿eludir el término “fantástico” o no?

Este es la cuestión. Ayer en la Feria de Madrid, me daba cuenta que si hablabas de “fantástico” había lectores que se acercaban y otros, en cambio, se alejaban. Pese a todo, ahora el panorama es mucho mejor. Somos muchos los escritores y escritoras que practicamos el género.

Por último, ya que hemos hablado del cuento, me gustaría preguntarte sobre el microrrelato, un género que, no sé si estarás de acuerdo conmigo, se ha banalizado.

Hay una hiperproducción brutal. Ahora todo el mundo escribe microrrelato. En la academia, llevan años cortándome la cabeza porque digo que, para mí, el microrrelato es un cuento pequeñito, es un cuento al que lo has expurgado de todo y le has dejado un mínimo flash. Por un lado, como tú dices, es un género que se ha banalizado y, por otra parte, desde la teoría se está hablando del cuarto género, como si el microrrelato fuera un género nuevo al mismo nivel que la novela, el ensayo y la poesía. Y esto, sinceramente, no lo comparto. El microrrelato es una forma de relato, pero no un género por sí mismo. A nivel de escritura, lo que pasa ahora es que, por un lado, se cree que si has escrito algo muy corto ya has creado un microrrelato y, por otro lado, se lleva el microrrelato al simple momento de ingenio, que, a la larga, es agotador. Yo soy muy fan de Ana María Shua y de Luisa Valenzuela, pero entre tantos microrrelatos hay algunos que son geniales y otros que son un mero chiste lingüístico, que no digo que estén mal, pero el microrrelato no puede ser solo esto.