“El feminismo tiene que ser y solo puede ser radical”

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Leticia Dolera publica "Morder la manzana"

 

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Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: CONCHA DE LA ROSA

Actriz, directora y ahora autora de Morder la manzana (Planeta), un breve texto feminista en el que Leticia Dolera reflexiona, a partir de su experiencia personal, acerca de los retos del feminismo y de la relevancia de conciencia feminista en una sociedad todavía regida por patrones hetero-patriarcales. Desde hace tiempo, Dolera es una de las voces más reivindicativas dentro del mundo del cine, un mundo que, como ella misma afirma, todavía tiene pendiente una revolución feminista que sacuda las viejas ideas e incorpore a las mujeres en todos los sectores de la industria en perfecta igualdad.

¿El feminismo es la revolución pendiente del siglo XXI?

Es una revolución que viene haciendo pequeñas o grandes revoluciones y lo cierto es que, a lo largo de la historia, hemos conseguido muchos derechos gracias a la fuerza de muchas mujeres y también a la complicidad de muchos hombres. Sin embargo, es cierto también que todavía falta dar el paso definitivo; si bien hemos conseguido la igualdad teórica frente a la ley, en el imaginario y en la cultura seguimos siendo machistas. Por tanto, todavía queda cambiar el imaginario y esto es lo más complicado, porque es lo que está en la raíz de nuestro pensamiento y de nuestro ser. Por eso es tan importante hacer énfasis en la educación y en la cultura, que son los dos ámbitos desde donde estamos transmitiendo los valores y los estereotipos machistas que todavía perduran.

Unos estereotipos a los que, como usted indica, debemos hacer frente de forma global, no solo individualmente.

Es importante terminar con el tópico de que las mujeres somos las primeras machistas o de que estamos en continua enemistad entre nosotras mismas. Estas falsas ideas son una construcción cultural que nos ha hecho muchísimo daño a las mujeres y ha impedido, antes que nada, que nos aliemos y que nos reconozcamos las unas a las otras como sujetos políticos atravesados por la misma opresión. La conciencia de ser todas una y la necesidad de estar unidas nos puede ayudar a tender puentes de empatía entre nosotras y hacer esa revolución pendiente de la que antes hablábamos. Dicho esto, es verdad que tanto hombres como mujeres hemos sido educados y socializados en la cultura machista con lo cual ese imaginario patriarcal y los estereotipos que de éste derivan los arrastramos todos.

Esta idea de una conciencia común está estrechamente ligada al concepto de sororidad y a la convicción de que juntas hacemos la fuerza.

Claro y hacemos la fuerza sobre todo porque somos la mitad de la población y, al ser la mitad de la población, somos la mitad de la fuerza, la mitad de la inteligencia y la mitad de la imaginación.

En el libro dedica varias páginas a los estereotipos vinculados a la belleza y a la imagen y la relación ambivalente que tenemos con ellos: queremos desprendernos de las imposiciones estéticas y, a la vez, las asumimos.

Es una ambivalencia entre querer ser realmente libre y querer encajar y así recibir la aceptación de la sociedad, pero también nuestra propia aceptación, porque nuestra mirada ya está viciada por todo ese mito de la belleza construido para las mujeres. Nosotras mismas no nos vemos bien y no nos aceptamos si tenemos una determinada imagen que no concuerda con los cánones que nos imponen, porque desde muy pequeñas nos han enseñado que las estrías de los culos son feas, que tenemos que ir depiladas, que tenemos que maquillarnos… Ya no somos capaces de valorar hasta qué punto estas reglas nacen de una concepción propia o de una construcción cultural previa. Personalmente, creo que todas estas pautas que nos imponemos derivan de una construcción cultural y de hecho habría que preguntarse en qué momento se decide que las piernas de la mujer no tienen que tener pelos cuando, en realidad, de forma natural las piernas de las mujeres tienen pelo. Aceptando que tenemos sí o sí que depilarnos lo que hacemos es negar nuestra propia biología, pero ¿para qué? ¿Para vivir esclavizadas o gastarnos mucho dinero en la depilación láser?

En este sentido, los estereotipos de belleza no solo tienen que ver con una cosificación del cuerpo de la mujer, sino también con unos planteamientos clasistas, según los cuales la imagen es el reflejo de un estatus social.

Sí, la belleza se ha convertido en una manera de mostrar tu clase y tu nivel económico. En efecto, según que zonas de la ciudad, puedes ver según que tipos de retoques, algunos de ellos quirúrgicos, que, por mucho que la cirugía estética esté ahora casi universalizada, no los ves en otros barrios.

Como apunta Despentes, ¿el feminismo debe ser una revolución que no se limite a la cuestión de género, sino que incorpore también la cuestión de clase?

Es evidente. El feminismo tiene que ser interseccional: debe tener en cuenta la opresión inherente al hecho de ser mujer, es decir, la opresión de género, pero debe tener también en cuenta todas las otras opresiones que se suman, como, por ejemplo, la opresión de clase y también la opresión racial o la opresión vinculada a la condición sexual. Desde el feminismo, es necesario dar con la manera para dar voz a aquellas mujeres que sufren este doble o triple menosprecio.

Sin embargo, partidos como el PP y Ciudadanos criticaron la huelga feminista por ser ideológica, política, pero ¿puede acaso ser el feminismo no político?

Claro que no puede. El feminismo es un movimiento político y social que persigue la construcción de un mundo más justo e igualitario. Y para conseguir este mundo más justo e igualitario es necesario visibilizar las discriminaciones, sea cual sea su naturaleza. A día de hoy, es evidente que las mujeres sufrimos por la brecha salarial, que tenemos un techo cristal que no nos dejan romper, porque se nos juzga mal y porque todavía se cree que el hombre lidera mejor que una mujer. Además, siempre a causa de los estereotipos patriarcales en los que hemos sido educadas y educados, somo las mujeres las que tenemos que renunciar a escalar en el mundo laboral para quedarnos en casa a cuidar de los niños, del hogar y de las personas dependientes como si los hombres no pudieran hacerlo. Hay que visibilizar todas estas circunstancias que no sólo producen violencia económica, sino que también pueden provocar violencia física. Yo no concibo una sociedad que no se levante contra estas circunstancias que todavía sufrimos las mujeres.

Por esto, al inicio le planteaba si el feminismo era revolución pendiente.

Si piensas los siglos de lucha que llevamos de forma consciente a nuestras espaldas, desde Mary Wollstonecraft que escribiera la Vindicación de la mujer, texto que podría perfectamente reivindicarse por completo hoy, está claro que la revolución tarda en llegar, que es una revolución pendiente. Es necesario hablar de revolución, el feminismo tiene que ser una revolución, porque tenemos que combatir un imaginario y una cultura que están muy arraigadas. Tenemos que remover nuestras consciencias y nuestra manera de mirar el mundo.

Por tanto, ¿el feminismo tiene que ser necesariamente radical?

Claro, porque tiene que ir a la raíz de las cosas, a la raíz del patriarcado. Por esto el feminismo tiene que ser y solo puede ser radical.

En su libro apunta que es imprescindible concebir lo privado como político, es decir, como algo social.

Cierto. Por eso es tan importante que las mujeres hayamos comenzado a hablar entre nosotras como que lo sigamos haciendo, porque solamente hablando entre nosotras descubriremos que todas esas circunstancias que hemos vivido a lo largo de nuestra vida, circunstancias en las que nos hemos sentido culpables, en las que no nos hemos visto reconocidas, en las que nos hemos visto acosadas o sentido víctimas de violencia, no son circunstancias personales, sino que son resultado de una estructura social que las ha fomentado. Y todo lo que es estructural es irremediablemente político.

Hasta los años noventa, sin embargo, la violencia doméstica se consideraba como algo privado.

Y esto ha sido así porque todavía está presente la herencia franquista del manual de la buena esposa y, de hecho, aunque nos parezca que no, ha pasado muy poco tiempo desde entonces. Nuestras abuelas fueron criadas con aquellos valores que defendía el Manual de la buena esposa, según el cual la esposa perfecta era aquella que sabía callar, sabía dedicarse completamente a su marido, a quien no debía molestar con sus problemas y para el cual siempre debía estar guapa.

De ahí la importancia de la educación y, como usted misma apunta, de los juguetes, algunos de los cuales siguen perpetuando estereotipos patriarcales.

Sí, todavía a día de hoy sigue habiendo muchos catálogos de juguetes que asocian el rosa a las niñas y el azul a los niños y donde los niños aparecen siempre con juguetes de acción, mientras que las niñas se dedican a cuidad muñecas y a limpiar. Y no sólo esto: en los libros de texto, las mujeres siguen siendo silenciadas. De hecho, solo el 7, 5% de los personajes que se estudian en los manuales de la ESO son mujeres y esto indica claramente que las mujeres seguimos siendo silenciadas en casi todos los ámbitos, en la historia, en la filosofía, en la literatura… Y subrayo que estamos silenciadas en los libros de texto, porque, si bien nos ha costado mucho por dedicarnos a una profesión que no fuera ama de casa, no se puede negar que ha habido grandes mujeres que han roto el techo de cristal y han hecho cosas relevantes. Sin embargo, no se estudian en los institutos y es dramático, porque el hecho de silenciarlas es una manera de adoctrinar a los alumnos e inculcarles los esquemas de siempre.

Silenciando estas mujeres, no se ofrecen modelos a las nuevas generaciones.

Nos están robando referentes, con los que trabajar nuestra propia autoestima desde niñas, con los que reforzarla y a partir de los cuales creer e imaginar que somos capaces de hacer cosas importantes.

¿Y qué responsabilidad tiene el cine en la construcción de estos referentes? Se lo pregunto teniendo en cuenta que más de una actriz se ha lamentado por no encontrar personajes una vez que se alcanza una determinada edad o que no sean de simple mujer objeto.

Claro que el cine tiene una responsabilidad y por esto el mundo de la cultura tiene que vivir su propia revolución y empezar a construir imaginarios distintos. Esto no quiere decir que haya que censurar los imaginarios actuales; quien quiera seguir haciendo thrillers con tíos al frente y con mujeres esperando en casa lo podrá seguir haciendo. De lo que se trata es de incluir nuevos personajes, nuevas masculinidades, nuevos modelos de liderazgo femenino en las historias y, en definitiva, nuevas miradas detrás de las cámaras para enriquecer el relato cultural.

Para que esto suceda, ¿cuán importante es que haya mujeres directoras y mujeres guionistas?

Es importantísimo, porque el hecho que las mujeres dirijan y escriban sus propias historias añade al relato una nueva mirada que corresponde, además, a la mirada de la mitad de la población, que es diferente a la otra mitad que siempre ha contado la historia. Las experiencias y las vivencias que tenemos las mujeres difieren muchas veces de las de los hombres. ¿Por qué? Porque todavía vivimos en un patriarcado. Es importante darnos voz y dar protagonismo a nuestra mirada sobre el mundo, puesto que, tradicionalmente, las mujeres en el mundo del cine hemos el objeto al cual mirar y no las que mirábamos. Ahora, lo que queremos las mujeres del cine es mirar y construir nuestros relatos, porque no hay que olvidar que una historia de cambia y te influye mucho más que una ley. A ti te pueden decir que algo está bien o está mal, pero si lo vives a través de una historia, poniéndote en la piel de un personaje y empatizando con él, seguramente entenderás mejor porque aquello estaba bien o aquello estaba mal.

Los Golden Globe y los Oscar fueron este año particularmente reivindicativos, abrazando el movimiento MeToo. Los Goya también tuvieron su parte reivindicativa, aunque fue más tibia. ¿Esperaba una mayor radicalidad en las reivindicaciones en la última gala de los Goya?

Creo que hubo bastante reivindicación. No sólo todo el público sacó sus abanicos rojos, sino que el discurso de Nora Navas fue impecable, emocionante e iba al grano de las cosas. Creo que el momento del discurso fue uno de los momentos más épicos que yo he vivido en una gala de los Goya. Luego el de Pepa Charro fue también muy incisivo y muy divertido; con ella, vimos a una mujer ocupando el escenario y diciendo verdades como puños. Obviamente, el hecho de que Carla Simón e Isabel Coixet ganaran el Goya como directoras no es fruto de la reivindicación ni tampoco de que el jurado las votara por ser mujeres, sino porque han hecho dos extraordinarios trabajos. Yo no quiero minusvalorar los gestos que sí hubo en la gala, porque fueron importantes y reflejan los pasos que estamos dando dentro de la industria del cine, tratando de despertar a la gente que todavía no se ha dado cuenta de la discriminación que hay dentro de una industria, la del cine, que se presupone muy progresista y muy de izquierda. Lo que pasa es que el machismo no entiende ni de izquierdas ni de derechas, es algo completamente transversal.

Se lo pregunto, porque hubo quien pidió no mezclar el cine con las reivindicaciones feministas.

Venimos de más de 40 años de franquismo, durante los cuales el lema era: El niño mirará al mundo y la niña mirará al hogar. A nuestras espaldas tenemos una tradición machista que pesa mucho y somos herencia de esa ideología. No creo que sea positivo cargar contra hombres determinados por comentarios desafortunados que hayan podido hacer; creo que lo que hay que hacer es cargar contra el sistema, contra un sistema que se llama patriarcado y que genera violencia económica, social, cultural y física contra las mujeres. Lo que tenemos que hacer es despertar, ver que este sistema nos oprime y hacer mucho ruido para que esta movilización llegue hasta arriba, hasta la esfera del poder, y se articule en medidas políticas que modifiquen el sistema.

El último paso, en efecto, sería modificar la legislación.

Cuando hablamos de la necesidad de cambiar la educación, hablamos de que el Ministerio de Cultura y Educación debe revisar los contenidos. No podemos dejar en manos de las familias o de los profesores el trabajo de llenar los vacíos de los programas que da el ministerio.

Hemos hablado de la herencia franquista, pero no debemos olvidar la tradición católica como principal responsable de la perpetuación de ciertos estereotipos.

Obviamente, basta empezar recordando a la figura bíblica de Eva: según ese relato, todas somos hijas de Eva y, por tanto, todas somos unas pecadoras y por nuestra culpa no vivimos en un paraíso en el que seríamos eternamente jóvenes y felices. Este imaginario judeo-cristiano lo arrastramos e impregna nuestra cultura. Basta pensar en el hecho de que, todavía hoy, veneremos a las vírgenes: el hecho de que sea virgen es algo positivo, mientras que nunca se presta atención a la sexualidad de los hombres. Esto es tremendo y lo más curioso de todo es que cuanto más sexualizadas estamos las mujeres en la publicidad y cuando el sexo se ha vuelto una forma de capital es cuando menos estamos hablando de sexualidad en términos de relaciones, en términos de deseo y en términos de igualdad.

Se sexualiza a la mujer en la publicidad, pero, en el día a día, al hombre conquistador se le aplaude, y a la mujer…

A la mujer se la llama zorra. Esto sucede porque se nos roba nuestra sexualidad. No nos dejan adueñarnos de nuestra propia sexualidad y cuando decimos “no”, no somos ni mojigatas ni frígidas, somos personas libres que decidimos sobre nuestra sexualidad. Al mismo tiempo, cuando decimos “sí”, no somos ni zorras ni chicas fáciles.

El lenguaje es una herramienta peligrosa en cuanto, sin darnos cuenta, a través de él aceptamos ciertos estereotipos.

Cierto, una chica fácil es una chica con la que te puedes ir a la cama fácilmente, pero no se habla de un chico fácil. Piensa también en el término “calzonazos”: en una pareja heterosexual, el “calzonazos” es el tío que no manda en casa, pero ¿cuál es el femenino de “calzonazos”? No existe, porque se da por hecho de que es el hombre que manda en casa. Está claro que el lenguaje articula nuestro pensamiento y lo estructura; lo que hay que cambiar es el pensamiento, pero para cambiarlo hay que cambiar el lenguaje y, sobre todo, visualizar todos aquellos términos con los cuales perpetuamos estereotipos.