Sergi Pàmies: “Somos hijos de la historia que nos ha tocado”

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El escritor Sergi Pàmies publica L'art de portar gavardina, un libro doce relatos más un bonus track

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: QUADERNS CREMA

 

L’art de portar gavardina (Quaderns Crema) es el nuevo libro de relatos de Sergi Pàmies. Con una estructura de disco -doce relatos y un bonus track- este nuevo libro de relatos nos ofrece al mejor Pàmies. La ausencia es el eje vertebral de libro y, a la vez, el motor de cada uno de los relatos, donde la memoria se convierte en el relato a partir del cual hacer una indagación íntima y dolorosa en un yo contradictorio, un yo dubitativo, un yo que se piensa a sí mismo a través de una historia de la que no puede renegar y a partir de unas pérdidas a las que debe hacer frente en momento vital e histórico en el que, como se narra en el primero de los relatos, no parece encontrar su lugar. La reflexión sobre la memoria y la pérdida está, asimismo, estrechamente ligada a la reflexión acerca de la escritura, como herramienta para dotar(se) de sentido.

La frase de su madre de que de todo es susceptible de convertirse en literatura resume bastante bien la poética de estos relatos, donde los recuerdos, la cotidianidad, la fabulación, la pérdida… todo se convierte en materia para hacer literatura.

Sí, por esto mismo hago referencia a esta frase que decía mi madre. Sin embargo, hay una diferencia entre la manera en que concebía la escritura mi madre y la manera en que la concibo yo. En mi caso, yo he trabajado siempre con la realidad, con la imaginación y con la memoria. En el caso de este libro, en comparación con los anteriores, diría que hay más memoria, menos imaginación y mucha realidad; por tanto, lo que ha cambiado en este libro con respecto a los anteriores es la proporción, pero los elementos siguen siendo los mismos. Mi madre, por el contrario, pensaba que la vida era el gran motor de la escritura. Ella, al menos en mi opinión, fue el summum de la expresión de cuando la vida es literatura.

Usted insiste de que L’art de portar gavardina es un libro de ficción. ¿La memoria es una de las ficciones que componen estos relatos?

Sin duda. Esto está estudiadísimo. La memoria es una recreación a través de un relato. No solo la memoria necesita un relato, sino que, cuando las cosas nos han impactado y han sido muy importantes para nosotros, en la medida que las contamos, van cambiando. Por tanto, la memoria no es nunca fiable como elemento de realidad, pero sí es la manera de explicarnos el pasado. Por este motivo, es muy importante que estén los historiadores que, de una más metódica y forense, cuente los hechos tal y como son. Y es que la memoria es un género de ficción basado, eso sí, en hechos reales.

Dicho de otra manera, la memoria tiene que ver más con la experiencia que con los hechos acaecidos.

Yo no sé si Anna Frank era escritora, lo que es seguro es que nos cuenta una experiencia que solo nos puede contar ella. Los historiadores no se deben preocupar por la experiencia, porque ellos se mueven en el ámbito de los hechos, no de la experiencia. Mientras que la literatura creativa se ocupa de todo aquello que solo puede decirse con palabras, la historia en un relato que, en principio, se puede explicar de muchas maneras. La forma artística que mejor puede contar las emociones, las contradicciones, las paradojas es, al menos hasta el momento, la literatura.

Sus relatos se caracterizan por estas narrador desde una doble perspectiva: por un lado, una mirada emocional y, por el otro, una mirada fría, que se aleja de los hechos.

Sí, pero no se debe a que haya un método, es algo más bien intuitivo. Mi última novela llevaba por título Sentimental precisamente porque tenía la sensación de que estaba comenzando un proyecto literario en el que ya no tenía la prevención purista contra los sentimientos, una prevención que sí había tenido hasta entonces. Sin embargo, me he dado cuenta de que esta prevención la tengo, la sigo teniendo. Y en L’art de portar gavardina se ve este combate interno de alguien que es reacio a las emociones y, al mismo tiempo, sabe que no es bueno esta actitud de rechazo. No creo que esta lucha interna sea algo propio de los escritores, creo que tiene que ver con la época en la que vivimos y con la época en la que fuimos educados, cuando nos decían que los hombres no lloran. Este tira y afloja entre una mirada sentimental y una mirada lejana es lo que me define: no soy ni atrevido, ni valiente ni alocado, pero tampoco soy frío y calculador. Me muevo en este territorio en el que no te acabas de definir demasiado ni de comprometerte completamente con algo; este es el territorio moral-racional-emocional en el que se inscriben los relatos de este libro.

Esta doble mirada se percibe particularmente en el relato que usted dedica a la Transición, que usted narra desde su propia experiencia y, al mismo tiempo, desde la lejanía que le confiere el tiempo transcurrido.

Este relato es un pequeño apunte a pie de página contra la criminalización y la ridiculización de la Transición. No digo que no haya caducado ni que no sea anacrónica, no entro en esto. Lo que digo es que la Transición permitió que un señor que había estado 40 años escondido pudiera volver a su casa y para poder volver tuvo que negociar con quienes lo habían torturado. Ministros franquistas y torturadores se sentaron a hablar con comunistas que habían sido estalinistas y, por tanto, no especialmente demócratas. Todos ellos se reunieron en una misma mesa, en torno a la cual también estaba sentada la iglesia y los sindicatos, todavía ilegalizados, llegando a acuerdos en un momento particularmente trágico de la historia. A través de ese diálogo, se pusieron de acuerdo para hacer aquello que fue llamado “Transición”. Puesto que el cuento está ambientado en esa época, me ha apetecido dejar constancia de ese período, pero no tanto como forma de contestación de lo que se dice ahora, sino porque yo viví esa época y sé de lo que hablo. Muchas veces, cuando escucho hablar de la “asquerosa Transición borbónica” tengo la sensación de que quienes lo dicen ni la vivieron ni saben de lo que hablan.

En ese relato, en el que aparece la figura de Semprún, clave en la historia de su familia, hace confluir, como en parte también hace en el relato que tiene el 11-S como escenario de fondo, la historia colectiva con la experiencia personal.

Sí, es cierto. Sin embargo, yo diría que los dos relatos están en planos distintos. En el relato sobre el 11-S planteo un contraste entre la tragedia colectiva y la mezquindad particular. En el caso de Semprún, el planteamiento es más perverso, porque mi padre fue la última persona que, en el congreso de Checoslovaquia, intentó reorientar las ansias democráticas de Semprún la noche antes de que la dirección del partido, en la que estaba mi padre, expulsara a Semprún, que, a diferencia de mi padre, tenía toda la razón. En este hecho que tiene a mi padre como protagonista, yo tengo una implicación personal, porque soy el hijo de quien expulsó a Semprún y adopto literariamente una condición que es todavía más perversa y más gamberra: en un intento de alejarme de mi padre por lo que hizo, digo que llegué a creer que Semprún era mi verdadero padre. Aquí está la transgresión.

En este relato, asimismo, plantea un recorrido similar en su relación con su padre y con Semprún: se trata de un recorrido que va de la idealización a la constatación crítica de lo que hicieron y/o representaron ambos.

Yo era un adolescente y como todo adolescente que quería matar a un padre que había idealizado, sin duda por la complicada situación política en la que se encontraba. Las circunstancias me habían llevado a una idealización que, luego, se convirtió en un deseo tal de matar al padre que llegué a desear -y creer- que Semprún fuera mi padre. Al mismo tiempo, en el relato cuento cómo llega un momento en el que yo, bueno, el protagonista del relato empieza a tener una opinión ya no tan idealizada del papel de Semprún como intelectual comprometido. He intentado que el relato no suene a revancha. Lo que quería dejar claro era el bando en el que irremediablemente estoy y se trata del bando del señor mayor en la silla de ruedas que es mi padre. Este es el mi bando, porque es el que me toca. Ya me hubiera gustado ser hijo de Semprún e ir al festival de Cannes, pero no es así. Yo soy hijo del aragonés que echó a Semprún del partido. En cierta manera, este cuento está en línea con las novelas de Cercas: somos hijos de la historia que nos ha tocado.

La pérdida es el motor para repensar la historia personal y repensarse a sí mismo en su relación con la expareja, con los hijos, con los padres y con el contexto.

Este es un libro sobre la ausencia, sobre la ausencia de los padres, sobre la ausencia del amor y sobre la transformación de la relación con los hijos, cuando éstos ya no te necesitan. La pérdida lo activa todo, de ahí la frase de que te das cuenta de las cosas cuando las pierdes. El dicho simplifica un poco demasiado las cosas; no es exactamente así, ojalá así fuera, pero es evidente el papel de la pérdida en el momento de reencontrarte con los circuitos de memoria que habías ignorado e, incluso, despreciado de manera fácil.

En este libro, como sucedía también en el anterior, el humor se ha disipado, apareciendo solo en momentos muy puntuales.

Bueno, desde hace ya tiempo intento que todas las historias que explico sean tristes, pero que, al mismo tiempo, se puedan leer con una sonrisa. A lo mejor, en el libro Si menges una llimona sense fe ganyotes todavía había algún relato que estaba pensado para hacer reír, pero desde hace ya 15 años que no intento hacer reír. Al contrario, me gustan las historias tristes, siempre y cuando se puedan leer con una gran satisfacción, con un placer humanístico, con un placer reconfortante. El humor y la ironía son el aceite de la ensalada, pero no me interesa pensar una historia cuya finalidad sea hacer reír.

¿Por qué?

Seguramente porque ya tengo la oportunidad de hacer reír a través de mis artículos o de la radio. Es como si me hubiera especializado en escribir relatos en los que me doy la libertad de hacer todo aquello que no puedo hacer en los artículos. Es decir, en un artículo de periódico no puedo decir que estoy muy triste porque se ha muerto mi madre, como sí puedo hacer en un relato, pero, por el contrario, en un artículo sí puedo hacer un chiste y escribir para hacer reír. En estos últimos años, en los que he escrito con asiduidad en los periódicos, los relatos se han ido convirtiendo en un espacio de intimidad, en un espacio donde busco la intimidad conmigo mismo, lo tortuoso, lo terapéutico y lo catártico. Seguramente, si no escribiera en los periódicos, en este libro habría un relato de humor.

En el relato acerca de su madre, Teresa Pàmies, cuenta como la escritura no solo es una forma de vida, sino que se convierte en un ancla de salvación. El fin de la escritura es, en cierta medida, el fin de la vida.

Para mi madre la escritura era esta ancla de salvación a la que te refieres. Para mi madre, el sentido de la vida estaba muy relacionado con el hecho de escribir. Por lo que se refiere a mí, tengo mis dudas de que sea así, pero comienzo a sospechar que también. Mi madre comenzó a publicar tarde, cuando tenía 50 años, y escribió hasta los noventa. En estas cuatro décadas de escritura, mi madre consiguió una plenitud como persona a través de la escritura que no había tenido en los 50 años anteriores, cuando no escribía. Mi madre es ejemplo de como la escritura llega a ser una forma de vida, eso sí tan respetable como tantas otras.

Uno de los relatos está ambientado completamente en el aeropuerto. ¿Es el aeropuerto un buen lugar para observar y encontrar historiar?

Yo voy regularmente al aeropuerto a ver a la gente que llega. No voy cada día, no te asustes, solo voy dos o tres veces al año. Es un espectáculo gratuito, asequible y fabuloso, recomiendo a cualquiera ir al aeropuerto a observar cómo llega la genta, cómo la gente se besa al reencontrarse, a observar con que extraño frenesí consiguen emocionarse al volverse a ver y, a los diez metros, empezar ya a discutir. Es un espectáculo. Normalmente voy y vuelvo, pero un día pasó algo que no estaba previsto y surgió el relato de este libro. Sin embargo, es una excepción: casi siempre vuelvo a casa si nada, pero no importa, porque lo que busco es simplemente volver a casa relajado. El aeropuerto es, para mí, el equivalente a los baños turcos.

Por último, en este libro de relatos lo ha vuelto a hacer: se mata a sí mismo.

Aquí tenemos un problema: Yo me he matado siempre, en todos los libros, lo que pasa es que ahora se ha hecho público. Hasta ahora, yo me mataba tranquilamente, en la intimidad, pero ahora ya se ha hecho público que el matarme es algo que hago siempre. Llevo desde 1986 matándome, pero nadie se había dado cuenta hasta ahora, hasta el 2018.