Marcos Giralt Torrente: "Lo único que me importa es escribir buenos libros"

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Tras publicar su libro de relatos El fin del amor en 2011 y tras ganar en 2010 el Premio Naciona de Narrativa con Tiempo de vida, Marcos Giralt Torrente vuelve a confiar en el género breve, género con el que debutó en 1995 de la mano de Anagrama, donde hoy publica Mudar de piel. Un libro de relatos en torno a la culpa, las relaciones familiares, especialmente hermanos y padres e hijos, ambientados ya no en parajes exóticos, sino en el espacio íntimo del hogar, un espacio que, de la mano de Giralt Torrente, se convierte en reflejo, metáfora, de la sociedad: en el ambiente familiar observamos las complejas dinámicas que rigen en sentido amplio las relaciones humanas.

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: JESÚS MARCHAMALO

 

Antes que nada, me gustaría comenzar preguntándote la relación entre Mudar de piel y El final del amor, tu anterior libro de relatos.

Todos los libros nacen un poco del anterior y este es, en parte, el caso de Mudar de piel. El final del amor es un libro que tuvo un premio y, como sabes, en cualquier premio hay una fecha de entrega del manuscrito a la que te tienes someterte esté o no totalmente terminado. Y esto es un poco lo que sucedió con El final del amor: pese a estar muy contento del libro, tuve que entregarlo antes de terminarlo del todo. Me habría gustado incorporar un cuento más, de tal manera que, en lugar de contener cuatro, contuviera cinco. Así hubiera tenido un centro sobre el que orbitaría el resto. Y es que, debido a una especie de superstición, creo que los libros de relatos deben contener siempre un número impar. A El final del amor le faltaba ese quinto cuento, que lo habría hecho más equilibrado.

Es decir, Mudar de piel es, en cierta manera, enmendar una ligera insatisfacción con respecto a El final del amor.

Más o menos. Cuando escribía El final del amor no tenía claro cuál sería el título, ni siquiera adivinaba el tema que terminaría por estar detrás de cada uno de los relatos, el amor. De hecho, si a El final del amor lo hubiera titulado Mudar de piel también habría colado. Con los títulos pasa así: eliges uno y, luego, buscas una explicación que justifique tu elección. Dejando eso a un lado, me enfrenté a Mudar de piel con el deseo de hacer un volumen compacto y equilibrado y, a la vez, con el deseo de huir de los ambientes más exóticos que dominaban en El final del amor, donde había relatos que se desarrollaban en África, otros en la Toscana y en Nueva York. En Mudar de piel quería hacer una búsqueda más interior y, puesto que intentaba que el volumen fuera más compacto, me interesaba centrarme en espacios recogidos.

Es decir, buscar un ámbito más íntimo y, a la vez, más universal.

Al final los interiores de las casas son los que son. En todos los interiores de la casa se vive más o menos lo mismo.

Alice Munro es una autora clave en tu formación como autor de relatos.

Para mí, Alice Munro es una autora fundamental y representa una genealogía a la que me acojo feliz. Su influencia sobre mi idea del cuento ha sido fundamental, no solo en este libro, sino a lo largo de mi trayectoria como escritor. En El final del amor, por ejemplo, hay cuentos bastantes extensos que bien podríamos definir como munronianos. Sin embargo, en el caso de Mudar de piel hay algo diferente y tiene que ver con esos espacios interiores de los que hablaba antes. ¿Qué ha caracterizado la literatura escrita por mujeres? Mientras los hombres han afrontado en sus novelas grandes cambios de civilización, guerras y acontecimientos sociales diversos, la literatura escrita por mujeres es más intimista y solía tener como escenario la casa, puesto que, casi hasta el siglo pasado, las mujeres estaban confinadas en el espacio doméstico, de donde nacía su inspiración. Yo me acojo a esta tradición que me parece espléndida, puesto que en un simple hecho cotidiano puede haber tantos matices como en una batalla que cambia el rumbo de la historia.

Si no me equivoco los 9 cuentos de Salinger están también detrás sino de su libro, sí de su concepción del relato, al menos por lo que se refiere al número impar del los relatos del libro.

Los Nueve cuentos fueron para mí un libro fetiche en mi adolescencia, mucho más que El guardián entre el centeno. Me los regaló un novio de mi madre y me entusiasmaron. Los leí varias veces y durante bastante tiempo, cuando afrontaba mis primeras tentativas de escritura, los imité. La mirada de Salinger sobre ese período de la vida es insuperable. Más allá de eso, no tienen una influencia directa en Mudar de piel. Quise que el libro tuviera nueve cuentos como una especie de guiño secreto a un libro que tuvo importancia en mi formación de escritor, pero nada más. Puedo hablarte de otros autores en los que si pensé mientras escribía, con los que voluntariamente quise trazar un diálogo en piezas aisladas del volumen. Además de Munro, Richard Ford, Doctorow, Lorrie Moore..

En el caso de Mudar de piel, la influencia de Munro se concreta en su obra Mi vida querida.

Sí, exacto. Mi vida querida ha sido muy importante. Una parte de los cuentos en especial, los más breves, que son -si recuerdo bien- meras evocaciones de un momento de la infancia o la adolescencia que se resuelven casi en exclusiva mediante sutiles elipsis. Cuando los leí, me recuerdo pensando que quería hacer algo parecido, más concentrado que las casi nouvelles características de sus libros anteriores. Los cuatro primeros cuentos -no los he ordenado cronológicamente- están escritos siguiendo ese modelo. Los más cortos del libro, frente a otros más largos y más deshinbidamente ficcionales, en los que se aprecian otras influencias.

Has subrayado en más de una ocasión el carácter ficcional de estos relatos, sin embargo, leyendo otras entrevistas, me da la intención que la lectura autobiografista siempre está ahí.

Bueno, lo subrayo partiendo de la convicción de que nada es rigurosa y completamente ficción. Al final, los escritores escriben sobre la realidad y, más en concreto, sobre la realidad conocida, sobre lo que han vivido, lo que han leído, lo que les han contado… Y sobre esa realidad componen sus puzles. A veces los puzles son más representativos de ellos mismos y, por tanto, hay un mayor componente autobiográfico y, otras veces lo confinan a un plano más secundario. Sin embargo, siempre hay un trasfondo biográfico, puesto que uno siempre termina escribiendo acerca de lo que le preocupa. Algo que me gusta hacer y que hago en este libro, como hacen muchos otros escritores, es ir dejando pequeñas pistas sobre mí, como sucede en el relato Sombras que reverberan, donde la protagonista es una escritora que acaba de publicar un libro sobre su madre. Es un pequeño juego con mis lectores, un guiño que hace referencia a Tiempo de vida, el libro que escribí sobre mi padre. Muchas veces lo autobiográfico está y no lo puedes evitar, porque no puede dejar de coger elementos de la realidad que te rodea, y a veces lo autobiográfico está de forma consciente, porque te interesa dejar guiños a los lectores. En todos los cuentos hay partes de mí, pero solamente hay uno que podemos calificar de autobiográfico, porque plasmo una experiencia real. Me refiero al relato de Traición, donde, si bien la peripecia que se cuenta no sucedió jamás, hago un retrato de ficción de un tío mío.

Si en toda la ficción siempre hay elemento biográfico, ¿en toda narración autobiográfica, hay ficción?

Si, claro. La ficción pura no existe como tampoco existe la no ficción pura. La realidad siempre se nos presenta de forma parcial y subjetiva. Solamente un dios podría contarnos la realidad tal y como es, porque su relato sería la suma de todas las realidades de las personas que han intervenido en un conflicto determinado. Pero me pregunto, incluso, si ese dios hipotético lograría ser objetivo. La memoria, por ejemplo, es un filtro que se activa en el momento siguiente en que empiezas a reconstruir y a recordar.

Y hablando de filtros, tus relatos están narrados a través del filtro representado por unos narradores que son poco fiables.

Totalmente. En la narración de un relato puedes tener un narrador que es simplemente testigo y puedes tener, en el polo opuesto, un narrador que esté implicado. Sin embargo, a mí no me gusta decantarme por uno de estos dos extremos, al contrario, me gusta moverme en el medio, en la ambigüedad. Presentar narradores que se observan a sí mismos con la aparente frialdad de un testigo, o narradores testigos que se deslizan desde una comprensible empatía hasta socavar soterradamente el afán de neutralidad con el que parecían comprometidos. Me gusta moverme en ese finísimo hilo.

El sentimiento de culpa, tema central del libro, es también una especie de filtro a través de la cual interpretamos la realidad.

La culpa es una gramática complicada, principalmente porque obedece a razones muy distintas, a veces contradictorias. En un conflicto entre dos, por ejemplo, ambos pueden sentir culpa. Tú te puedes sentir culpable porque has ocasionado un prejuicio a alguien y ese alguien, a su vez, puede sentirse culpable por el resentimiento que ese prejuicio le ha ocasionado. Muchas veces, la culpa es el pegamento que anuda las relaciones humanas y, de hecho, muchas relaciones humanas se sustentan en el sentimiento de la culpa de uno hacia el otro. La culpa es un campo de minas muy fértil para la indagación.

En el libro, está muy presente la culpa que sienten los padres hacia sus hijos

Sí, en el libro hay dos padres que tienen un sentimiento de culpabilidad con respecto a los hijos. En el relato Baker y margaritas nos encontramos con una madre que vive con el drama de que no le gusta la hija que tiene y se siente culpable no solo porque no le gusta cómo es su propia hija, sino también porque se siente responsable de que su hija sea como es. Luego, en Abrir ventanas, encontramos a un padre que también se siente culpable, pero en este caso la hija es una mera intermediaria de la culpa, ya que de lo que él se siente culpable es en realidad de la ausencia de la madre, fallecida recientemente, a quien le fue infiel, y con quien dejó cosas sin cerrar.

El sentimiento de culpa viene, además, acompañado por la decepción o la frustración.

Es muy raro encontrarse en la vida personas completamente satisfechas. Cuando tienes una carencia tiendes a pensar que la persona que no la tiene disfruta de una vida perfecta, feliz, pero no es así. Vivir te hace darte cuenta de que aquellos que tienen lo que a ti te falta no son necesariamente felices. Puede que haya alguien con la capacidad de tenerlo todo en perfecta armonía, no sé, un monje budista, pero a mí, como escritor, no me resulta interesante a la hora de escribir. Ahí no hay conflicto. Somos seres incompletos que tenemos la certidumbre de vivir atrapados en una sola y única identidad o manera de ser, cuando, en realidad, nuestra identidad no es más que un relato que nos hacemos de nosotros mismo y que los otros se hacen de nosotros. Todos nosotros somos muchas personas a la vez y la literatura, al menos para mí, se funda en ese intento de reconstruir un yo hecho de fragmentos, de piezas distintas. Creo que los personajes de mi libro se acercan lo más posible. En todos los cuentos se percibe una salida.

Más de un teórico de la literatura, afirma que esta disgregación del yo está al origen del auge del yo en literatura.

De hecho, para mí, la preponderancia del yo en ficción y en no ficción es resultado de la falta de seguridades que nos ofrece este periodo histórico que estamos viviendo. La literatura no hace más que reflejar el tiempo en el que vivimos, si bien los temas que trata son siempre los mismos. Lo que cambia es la manera en que interpretamos estos temas, nos acercamos a ellos siempre desde la perspectiva o desde la mirada que nos ofrece el tiempo en que vivimos. Por esto te decía que la buena literatura refleja su tiempo, siendo, al mismo tiempo, universal, pudiendo ser leída a lo largo de diferentes tiempos históricos. Dicho esto, esta preponderancia del yo responde a la crisis de paradigma que estamos viviendo: la civilización está cambiando, pero no sabemos hacia dónde. Solo sabemos que vamos a salir perjudicados y que ya no hay teorías felices a las cuales podemos aferrarnos.

Como apuntabas antes, en Sombras que reverberan encontramos a una escritora como protagonista…

Sí, la protagonista es escritora y uno de los guiños que me permito es que en un momento dado critica el mundo de los festivales, a los escritores gallitos que allí se encuentra.

Y por lo que se refiere a las críticas. Se ha subrayado mucho que has tardado siete años en publicar, ¿las prisas y el ritmo frenético de publicación no sería también objeto de crítica?

Claro. Yo no entiendo esta feria de las vanidades tan tremebunda. A mí lo único que me importa es escribir buenos libros y no el tiempo entre un libro y otro. Sin embargo, cuando llevas tres años sin publicar y vas a eventos literarios y socializas, te encuentras con más de un colega que te subraya que llevas bastante tiempo sin publicar. Cuando me hacen estos comentarios a mí solo me apetece contestar: “Yo lo que quiero es publicar buenos libros, no como algunos”. Las primeras veces que te hacen estos comentarios puedes responder con desenvoltura, pero, a medida que pasa el tiempo, aunque lo racionalices y te digas a ti mismo que lo único que importa es el libro y no el tiempo que tardas, estos comentarios terminan por producirte inseguridades.

Se publica mucho y, a veces, da la sensación de que importa más la cantidad que la calidad.

Sí, totalmente. Y muchas veces es imposible no preguntarse por qué escribe cierta gente. En muchos de mis colegas la necesidad de indagar en los mecanismos de la realidad que determinó su vocación literaria parece haber dado paso a la rutina. Siempre ha habido escritores que han desembarcado en la literatura por razones espurias, para tener influencia o brillar socialmente. No me refiero a ellos, que para mí son simplemente impostores. Me refiero a los que algún día tuvieron vocación genuina y ya ni siquiera recuerdan por qué escriben o se ven obligados a facturar regularmente libros ya escritos por ellos mismos o que no contienen nada salvo papel y tinta

Cuando ganaste el Premio Nacional con Tiempo de vida comentaste que el reconocimiento a una generación que llegaba a destiempo por ese tapón de crecimiento representado por una generación anterior.

No me gusta hablar de tapón, término que se la ha utilizado demasiado. Peros sí me reafirmo en mis palabras, porque creo que la generación anterior fue muy poco generosa con nosotros. Ellos fueron apoyados en muchos casos por la generación de los 50 así como por todo el aparato mediático. Sin embargo, tiempo después, los que se beneficiaron de esa generosidad no han sido generosos con la generación siguiente, más bien lo contrario. Lo han sido algunos, no puedo olvidarme de Vila Matas y de otros, pero son una rareza. Lo más común ha sido el silencio. Les ha sido más fácil hablar en sus columnas de un escritor rumano o de uno ya muerto que de alguien más joven que ellos. Les ha faltado curiosidad y generosidad. Aunque también he de decir que en algunos -he observado- esa actitud parece estar cambiando. Si a eso se suma el mimetismo de la crítica...

¿Te refieres al desprestigio de la crítica?

No toda la crítica está desprestigiada, por fortuna. Pero hay críticos, efectivamente, que no se enfrentan a su labor con la honradez suficiente. Por lo general, a mí me suelen gustar más las críticas escritas por los escritores, porque para ellos la crítica no es el territorio donde gestionar su ego. Obviamente puede haber excepciones, escritores que no pueden evitar ajustar cuentas con sus colegas. Pero no es lo normal. Los escritores suelen ser más generosos porque conocen lo difícil que es escribir un libro, bueno o malo, y porque no hacen política. Son lo que son por su propia obra, no necesitan la crítica. Claro que hay críticos estupendos, pero, a menudo, te encuentras con otros que administran sus favores y fobias conforme a criterios ajenos a lo literario. Adulan a determinadas figuras con las que le interesa estar a bien, porque algún día tal vez les sean de ayuda para entrar en determinados círculos, y lo compensan siendo duros con otros menos poderosos o enemistados con aquellos. A mi generación le ha hecho mucho daño esa mezquindad.

Hablas de generosidad, pero también se podría hablar de que la crítica se ha vuelto demasiado amable, eliminando el carácter crítico y, por tanto, no haciendo criba.

Bueno, decimos “crítica” cuando, en verdad, estamos hablando de reseñas de 300 0 500 palabras y en ese espacio es casi imposible analizar un libro. Y creo que hay que distinguir entre el “reseñismo” de literatura traducida y el de literatura en español, que es donde se libran las intrigas de las que hablaba antes. El exceso de amabilidad en el primero, además de porque no hay tanto en juego, proviene también de una falta de criterio clamorosa, de falta de lecturas, de no tener nada serio que decir.

¿Eres lector de las reseñas o críticas que se publican?

Leo las críticas que me hacen y cuando han sido negativas -que también me ha pasado-, me afectan, claro. ¿Las de otros? Sí, aunque no todas. Tiendo a leer sólo las de mis críticos de referencia, aquellos de los que me fío, pero cuando un escritor me interesa también leo las críticas de gente que no es de mi total confianza por ver qué se dice.

Acabas de publicar un libro de relatos, género por el que, a priori, están apostando varias editoriales y algunas, incluso, como es el caso de Páginas de espuma, se han especializado. ¿Crees que ha cambiado la percepción de dicho género desde que comenzaras a publicar?

Ha habido un cambio de percepción con respecto al relato, pero lo que no sé es si este cambio es simplemente un espejismo. Lo comento porque sigo sintiendo las mismas reticencias de siempre por parte de algunos críticos. Desde la primera línea de algunas reseñas notas que los críticos no se enfrentan a un libro de relatos con la misma solemnidad con la que se enfrentan a las novelas. Lo que sí es cierto es que se publican más relatos y que los escritores por tanto cada vez se atreven más con ellos, algo insólito en la época en que yo publiqué mi primer libro. Sólo un editor tan atrevido como Jorge Herralde habría estado dispuesto, como lo estuvo él, a publicar un primer libro que fuera un conjunto de relatos. No se puede negar que el panorama está cambiando en cierto modo, pero, repito, no sé si es un espejismo, porque ya digo que sigo percibiendo ese desdén latente. Asimismo, no sé hasta qué punto se venden libros de relatos. Lamentablemente, creo que no se está vendiendo nada y no creo que los relatos sean una excepción en este panorama más bien desolador.

¿El desdén es fruto de una tradición más dada a la novela?

El desdén se funda en la ignorancia. Y la verdad es que no entiendo por qué. Desde los años cincuenta, en España en todas las generaciones hay buenos cuentistas. Y en la última, la de los escritores que han empezado a publicar después del 2000, es muy notorio. Está llena de cuentistas, algunos muy buenos. No entiendo por qué los críticos no parecen haber recorrido un camino similar. El momento es especialmente fértil porque se han caído los ámbitos cerrados de las literaturas nacionales y, desde hace algún tiempo, los escritores se forman en tradiciones literarias más diversas.

La literatura hispanoamericana fue, de hecho, donde te formaste como escritor.

Bueno, no solo. Cuando era adolescente pedí a dos personas de las que me fiaba que me hicieran dos listas, una de literatura universal y una de literatura española, y me recuerdo en el instituto leyendo sistemáticamente cada uno de los títulos. Pero antes, cuando empezaba a volar solo como lector, la colección La biblioteca de Babel de Siruela tuvo una gran influencia sobre mí y luego autores como Borges, Cortázar, Oneti, Bioy Casares… A todos ellos los exprimí todo lo que pude.