“La forma amatoria son siempre formas amatorias”

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La poeta catalana Blanca-Llum Vidal publica " Aquest amor que no és u" (Ultramarinos)

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

“No hi ha pronom per lligar-nos/ens hem confiat a una nostredat estrangera”, dice uno de los versos de Aquest amor que no és u, el poemario de la poeta Blanca-Llum Vidal que publica la editorial barcelonesa Ultramarinos en catalán, lengua de la poeta, y en castellano, en traducción de Berta García Faet. “Esta no es exactamente una edición bilingüe”, apunta Unai Velasco, editor de Ultramarinos, “sino una edición desde la cual leer originalmente en un idioma para, luego, pasar a leer en otro, que amorosamente lo persigue”. De esta manera, el lector de poesía en castellano podrá descubrir una de las voces más potentes y más interesantes de la poesía catalana. Tras La cabra que hi havia, Nosaltres i tu, Homes i ocells y Punyetera Flor, Blanca Llum Vidal nos presenta un canto donde a través del lenguaje, radical y desestabilizador, la poeta indaga en el deseo, en el amor y en los cuerpos. El amor no es uno como tampoco son dos los amantes, porque, como dice la poeta, no hay una una sola forma amatoria, por mucho que esto no hayan dicho. Desestabilizar la idea de amor, ese concepto heredado y asumido, es también desestabilizar nuestro orden, ese orden que comienza en el lenguaje, en nuestra forma de hablar, de decirnos y de decir al otro. La poeta hace del lenguaje poético en una forma de revolución y de cuestionamiento, hace de la poesía el espacio para nombrar lo innombrado, el espacio para hacer brotar esas “puñeteras flores” que nos inquietan.

Con respecto a Punyetera Flor, Sebastià Perelló escribió: “El poema s’escriu en la contrarietat i és una feina lenta i àrdua, endimoniada, a fil per pua, com si qui escriu es fes la punyeta, una lluita amb la llengua i en la llengua”. Creo que, en cierta manera, estas palabras sirven también para hablar de Aquest amor que no és u y por esto me gustaría comenzar preguntándote qué relación hay entre estos dos poemarios.

Seguramente hay un estado que los aúna, que los hermana. Un amor que sabe que no sabe frenarse. Dicho esto, formalmente y existencialmente son dos libros muy distintos. En Punyetera flor hay precipicio y, a pesar del respeto que infunde la presencia constante de una posible caída, hay obsesión por el límite. Cuanto más obsesivo, mejor. Las cuatro sílabas de la mayoría de sus poemas apuntan a esta persistencia, a este mareo. En Aquest amor que no és u, en cambio, y aunque no siempre lo parezca, hay una suerte de serenidad que antes no había ¾en el sentido que intenté tomar una cierta distancia respecto a ese vacío. El vacío está ahí, y sigue atrayendo, pero la atracción también puede ser reflexión. Quizás por eso hay esta multiplicidad de voces, de ángulos de visión, de réplicas y de contrarréplicas ¾porque las conclusiones de una reflexión que gira en torno del deseo, nunca son unas, nunca son absolutas, siempre son parciales, siempre son relativas.

En ese mismo texto, Sebastià Perelló se refería al “poema com a molestia”, algo que también puede decirse de Aquest amor que no és u. ¿Un poemario que, como apunta el editor en la nota de introducción, busca una ruptura, una quiebra que se hace patente a través de la palabra?

Yo no diría que lo que busco aquí es una ruptura, sino más bien no desterrar las rupturas. Me explico: partir del Cantar de los cantares, del Shir ha Shirim, es un gesto profundamente clásico. ¿Qué ruptura hay en volver otra vez a uno de los poemas de amor más leídos de la literatura universal? Ninguna. Ahora bien, sí que hay ruptura respecto a lo que han hecho las traducciones grecocristianas del Shir ha Shirim, esto es, indicar quién habla en cada momento, indicar que ahora se trata de él y ahora de ella, determinar solamente dos voces que se aman, cosa que el original hebreo no hace, y no hacerlo impide una lectura exclusivista y, en el fondo, tan normativa. En este sentido, no rompo. Más bien recupero.

La ruptura, tiene que ver, a nivel temático, con la “forma amatoria”, con un amor no único, sino compartido, entre un yo, un tú, pero también un él. ¿Podemos hablar de un poemario que abraza -incluye- lo político, rompiendo con lo asumido, reclamando la libertad en todas sus formas, empezando por la amorosa?

Así es. Hay un proverbio de Ramon Llull, que amputo de su contexto, que separo de su relación con la divinidad, que utilizo intencionadamente para devenir, así, una guía vital, esto es, un horizonte artístico y político: fuerza de amor no tiene manera.

Decía Freud que tres veces “no” es un “sí”. El tres es número contradictorio, un número que busca precisamente la quiebra, que desestabiliza. De ahí me gustaría preguntarte sobre este número, clave en tu poemario.

Con el tres no solamente viene la política, la condición social, la discordancia. Con el tres viene también el mandato de habérselas con la pluralidad y, en palabras de Víctor Català, ante los colores rabiosamente exclusivistas y las particularidades abusivas, la desconfianza radical. El tres, como dices, desestabiliza, es decir, deja paso al temblor, a las arenas movedizas y al cambio. Gracias al tres, en el libro me voy literalmente por las ramas. Cosa que implica alejarse de las raíces. El tres, el dos más uno (como mínimo), es la imagen intangible del intento de Aquest amor que no és u, el de dejar la esencias atrás, el de alejarse de las esencias¾ sean del tipo que sean. Luce Irigaray, la filósofa de la diferencia sexual, escribió Ce sexe qui n’est pas un. Aunque Irigaray no reduzca la feminidad a una sola cosa y que haga preguntas a lo que considera un gran continente por explorar, sí que lo considera un continente esencial. Existirían así las categorías ontológicas hombre / mujer, anteriores, según la autora, al resto de diferencias. Ante esto, Judith Butler, sin negar la diferencia sexual, se pregunta por qué esta diferencia no puede moverse más allá del binarismo y aceptar la multiplicidad. Este no negar y, a la vez, este cuestionamiento encaminado a acoger, me interpela profundamente ¾y no sólo en relación al género.

“On se separen ‘jo’ i ‘tu’ i per on es busquen” dice uno de los versos. El “yo”, el “tú” y el “él” se separan y se juntan en tu poemario desde la borradura de la línea divisoria. Se confunden, son tres voces y, al mismo tiempo, son una. Además de ser resultado de una lectura atenta de la versión hebraica del Cantar de los cantares, ¿es la plasmación de esa ruptura de la “forma amatoria”?

Aunque no deje de ser pertinente y hasta cierto, de nuevo volveré a esquivar el término ‘ruptura’ y utilizaré de nuevo el de ‘recuperación’. Creo que estos versos responden a tu pregunta: «no hi ha pronom per lligar-nos / ens hem confiat a una nostredat estrangera / però l’amor nostre diu teu i diu meu, amor meu, / i ens contradiu i se’n riu, de la inversión feta norma». La responden en el sentido que, efectivamente, algunas líneas divisorias (entre yo y tu, entre el sujeto que desea y el objeto deseado, entre mi cuerpo y el tuyo) se difuminan (más que se borran). Ahora bien, yo no hablaría de ‘ruptura de la forma amatoria’ porque la forma amatoria ¿cuál es?, ¿quién la ha dictado?, ¿a través de qué relato?, ¿con qué mecanismos simbólicos y materiales?, ¿con qué grado de imposición física y verbal? ¿Acaso no la actualizamos cada vez? La forma amatoria son formas. Ahí me he ido. Reírme de la inversión hecha norma, esto quería, reírme de la institucionalización de los márgenes, de la tematización de la subversión, porque cuando se institucionalizan los márgenes, cuando se tematiza la subversión, se llega fácilmente a las mismas dinámicas de poder que esta norma quería invertir o frenar. En Orgía, Pasolini venía a decir que cuando la diferencia entra en la institución nunca debería ocupar el lugar de lo mismo y de su repetición. La diferencia debería desestabilizar siempre. El amor del Cantar de los Cantares es un amor a la vez clandestino y amenazado. Este es su legado. Un legado transgresor. Hay unos versos de mi último libro, Amor a la brega (Pagès Editors, 2018), que rechazan una manía que muy a menudo tenemos: situar las alternativas en el centro. En un centro que casi siempre las bloquea, las invisibiliza las calla. Dicen así: «Escriu-li només, / i fes-ho distret, descarat / descarnat i directe, / que l’amor prefixat / ni t’agrada ni no, / però que sempre t’ha fet / una mica de mandra».

Me gustaría preguntarte sobre la escritura como cuerpo o sobre el cuerpo como escritura, sobre todo a partir de estos versos: “Volia estranyar-me del cos de la lletra, / dels cossos fent cos en rotllana,/”.

Los discursos de amalgama que ha generado la posmodernidad sobre la escritura como cuerpo o sobre el cuerpo como escritura no me interpelan especialmente ¾cosa que no quiere decir que la escritura y el cuerpo no se mezclen sin querer o a veces adrede. La modernidad, como explica Henri Meschonnic, es un combate que siempre comienza porque ella es un estado naciente, infinitamente naciente, del sujeto, de su historia, de su sentido. La modernidad no pasó ¾otra cosa bien distinta es que se la quiere liquidar por diferentes razones y asumiendo las consecuencias de esta liquidación. En relación a la escritura y al cuerpo, creo que es Butler quien decía que, cuando me pongo a hablar del cuerpo, en seguida me doy cuenta de que no estoy hablando si no de lenguaje. El cuerpo a través del cual se expresa el sujeto que quiere decir alguna cosa sobre lo que hace este cuerpo con el mismo y con los otros cuerpos es, efectivamente, un nudo. Quizás por incapacidad de deshacer este nudo, quizás porque en el fondo este nudo me encanta, quizás por las dos cosas a la vez, los versos que citas son completamente irónicos. Se ríen del nudo: «el cos de la lletra» es un referencia exclusivamente tipográfica que resuena en otro tipo de cuerpos, los cuerpos humanos.

En el libro, a tu poemario le sigue traducción al castellano de Berta García Faet, una traducción que sigue a tu poemario, que no lo acompaña y, por tanto, que funciona como texto autónomo. Me gustaría preguntarte no sólo sobre tu experiencia al leerte traducida, sino también a la experiencia que despierta en el lector esta ordenación que se encuentra con dos textos que, conjuntamente, conforman un tercer texto, el libro.

Las conversaciones transatlánticas con Berta, que vive en Estados Unidos, y con Unai fueron una experiencia maravillosa. Encallarse horas y horas en cómo traducir una expresión tan infantil, tan mallorquina y, en Aquest amor que no és u, tan llevada al cuerpo y tan llevada al sexo, como es «pic pelleric», que proviene de la canción popular «pic pelleric, cama cama de rupit, cama cama d’arengada», una canción que es puro deliro, como tan a menudo lo es la tradición popular, fue un auténtico goce. Para mí tiene mucho sentido que este libro, justamente este, se haya traducido. Leo la traducción y es Berta y soy yo. Ninguna de las dos es por entero y ninguna de las dos está fragmentada. Las dos irrumpimos en realidades que son las mismas y no lo son. Leerme traducida es hurgarme desde la distancia. La traducción actúa a modo de tres. Leerme traducida es verme otra. Esa otra que soy.

“Escribo esta nota en una lengua con la que no escribo. Hoy escribo esta nota en la lengua de vecinos y amigos (…) en la lengua de Federico García Lorca y en la lengua de sus asesinos; en la lengua con la que se tuerce la ley y con la que ahora se enjaula la democracia en España”, escribes en la nota final.

De la mano de estas personas, efectivamente, el castellano no ha sido derrumbe democrático, sino vida y resistencia. A ellos me debo.

Y por último, defines el poemario como “una declaración de amor y un tiempo de desmesura consciente y de sexo”. ¿Toda una declaración para un tiempo en el que se necesitaría más desmesura, es decir, más libertad?

Contesto esta pregunta un día después de que Bolsonaro haya ganado unas elecciones en Brasil; dos días después de que un supremacista blanco haya atentado en una sinagoga y haya asesinado, entre otras, a una superviviente de la Shoah de 97 años; dos días después de que hayan muerto dos bebés más en el Mediterráneo. Ya ves. Más libertad, sí, siempre. Más desmesura, depende. No deberíamos regalarles la ponderación, la cordura, el equilibro y la mesura al autoritarismo. En su boca, se gastan. Gastados, atizan monstruos.