Bernardo Atxaga: “No se apresure usted a comprenderme”

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Nos vamos de paseo con Bernardo Atxaga por las excavaciones de Atapuerca y hablamos sobre el arte del merodeo. Al escritor le gustan los lugares que esconden información bajo la tierra que se pisa.

 

 

 

Texto: GONZALO DE SANTIAGO

En esta etapa de su vida Bernardo Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951) simplemente quiere pasear o, como él dice, salir de “excursión”, que es ese salir del curso normal de los días, en cuerpo y alma. Como aquel elegante caminante que fue Robert Walser, que eligió desaparecer para encontrarse, José Irazu Garmendia -nombre real de Atxaga- también ha convertido sus paseos en literatura. Trae un pequeño libro bajo el brazo Horas Extras (2017) que me regala y que no es sino el resultado de travesías en las que habla de paisajes y pueblos que le son muy queridos de Castilla, Extremadura o el País Vasco o de otros que en su día le parecieron “extraños” como París o Marruecos. “Son excursiones físicas, pero también mentales, porque cada vez me da más por pensar en cosas totalmente ajenas a mi especialidad”.

Este discurrir peripatético lo ha aprendido de otro caminante ilustre como fue Rousseau, “que tiene ese libro maravilloso que son Las ensoñaciones del paseante solitario”. Al igual que el filósofo francés, Atxaga siente la necesidad de desplazarse y activar así el pensamiento para, como el peregrino cansado pero satisfecho, llenar su mochila de ideas reveladoras. “Estas excursiones me llevan siempre al mismo puerto, a lo fundamental: pensar. Mi intención es entrar en capas de la realidad o zonas de la conciencia que están lejos de lo que para mí es el principal enemigo de la literatura: el lugar común”. La vida del escritor vasco se ha mezclado en sus libros. Sus vivencias en Asteasu, su pueblo natal o, más tarde, en las zonas industriales de Andoain o Bilbao han influido mucho en su escritura. Su literatura está compuesta de eso que llamamos azar; de ahí que opte por no quedarse quieto y buscar material narrativo. Todo obedece a un impulso “para seguir vivo, para seguir despierto” y recuerda un lema que se atribuye a Malraux: Il faut agir. Hay que moverse, hay que actuar. “No pido a la realidad más historias que las que buenamente me pueda dar y no comparto la actitud de escritores que, como los turistas que no perdonan una foto, pretenden convertirlo todo en palabra escrita y memorable. En literatura el principal peligro son los estereotipos, las ideas rápidas; si algo lo has pensado sólo una vez, dirás tonterías”.

Su renovado espíritu de flâneur le ha llevado a Burgos, a volver a visitar la montaña mágica de Atapuerca. Es un viaje relativamente corto desde su casa de Zalduondo, el pequeño pueblo alavés en el que reside. Durante la visita Atxaga pregunta y pregunta e incluso toma alguna que otra nota que, quién sabe, puede ser el embrión de alguna historia futura. Él, a su manera, también es un arqueólogo de palabras que busca incansablemente su origen y viaje a través del tiempo porque las palabras, como los caminantes, también se mueven.

“El Aita del euskera proviene del turco ‘Ata’, que es padre. Atila, el último y más poderoso rey de los hunos, es un nombre de origen germánico que significa también ‘El padre’”, reflexiona con una sonrisa, y es que el lenguaje no permanece fosilizado sino que transmuta e incluso a veces desaparece con los pueblos que lo hablaron. “Chautebriand dejó escrito que en las orillas de los ríos amazónicos podían escucharse palabras de lenguas ya desaparecidas porque las repetían los papagayos, pájaros que, como se sabe, pueden vivir un siglo”. Él no cree que eso llegue a pasar con el euskera, lengua en la que escribe, pero sí quizás con un lenguaje que se ha utilizado en el mundo rural y que está desapareciendo. “Invito a la gente a mirar un diccionario. El 60 por ciento de las palabras son como insectos muertos; no tienen contenido ni utilidad en la vida diaria”.

El autor vasco me explica -mientras paseamos por la llamada ‘trinchera del ferrocarril’ de los yacimientos- que le gusta escribir sobre lugares que guardan bajo tierra información de distintas épocas de la humanidad, “lo mismo una piedra de sílex que un tapón de plástico. Esos lugares antiguos, habitados por mil generaciones, suelen tener mil nombres”. De ahí precisamente la extrañeza que le causó el vacío del desierto de Nevada y que plasmó en Días de Nevada (2013). Esos lugares –reconoce- son más difíciles de ser traducidos a lenguaje porque “dan la sensación de ser pura física”.A propósito de su experiencia en Estados Unidos le recuerdo que hace unos años la prestigiosa editora norteamericana Laura Miller, junto con un equipo de investigadores, incluyó el mundo creado por el escritor vasco en Obabakoak (1988) entre los cien universos literarios más importantes de todos los tiempos (Literary wonderlands: A journey through the createst fictional worlds ever created, 2016). Los autores sitúan aquel territorio mágico de la Guipúzcoa rural a la altura de grandes obras como La OdiseaAlicia en el país de las maravillasEl señor de los anillosCien años de soledad o Pedro Páramo, entre otros. 

¿Qué ha sido de ese mundo de Obaba? ¿También ha desaparecido? ¿Se ha fosilizado? Atxaga duda antes de contestar. “Sigue estando ahí, pero es más difícil de ver, de sentir. Así como en estos yacimientos hay estratos que se superponen, en estos tiempos es mucho más difícil de percibir lo que yo llamo el mundo antiguo”. La novela, que cumple este año su treinta aniversario, recreó un mundo, el rural, en el que pesaba más la tradición y la memoria que el presente; hablaba de unos personajes que se parecían más a seres de otros siglos que a sus propios contemporáneos de las ciudades.

De alguna forma -charlamos- hay una línea de continuidad en la historia apenas inalterable desde tiempos casi prehistóricos que vino a romperse con la aparición de la televisión primero y de las nuevas tecnologías después. El mundo de Obaba era un mundo antiguo en el sentido literal del término, en el que se explicaba lo incomprensible a través del mito o de la naturaleza y no a través de Freud o la psicología. “Pero ese mundo rural aún perdura. Tuve una revelación cuando conocí Pompeya. Uno de los mosaicos representa a las hijas de Ifigenia jugando a las tabas, ese mismo juego que veía practicar en Asteasu a mis primas cuando éramos niños. Hay muchos juegos que aparecen en los libros de Petronio que hemos repetido en nuestra infancia”.

¿Cómo debe acercarse el escritor ante una realidad pronta a desaparecer? ¿Con espíritu de filólogo, de etnógrafo o casi como un notario que está dando fe de una realidad que acaba? Le recuerdo que gracias a los libros de Miguel Delibes podemos hoy revivir un mundo ya casi desaparecido, el de la Castilla rural. “A mí lo que más me interesa es lo que el tiempo hace con los lugares, el tiempo es una sustancia que lo transforma todo, como un líquido disolvente, y eso se nota también en el lenguaje”. Por eso destaca la importancia de libros que rescatan lugares y seres del paso de los días como los del etnógrafo Antonio Zavala, que dio voz a aquéllos a los que se llama comúnmente analfabetos y que están llenos de sabiduría popular. “Son libros hechos a partir de un magnetofón que recogen la tradición oral. Es una literatura que deja constancia de que ha existido un mundo no tan lejano y quizá más bello que el nuestro”. A mí me viene a la cabeza un escritor que nos gusta a ambos: el albanés Ismael Kadaré, que en su libro Expediente H. narra las peripecias de dos eruditos especialistas en Homero que recorren la Albania rural para estudiar las formas de transmisión de la poesía épica oral. “En cierta forma el secreto reside en acercarse a la realidad sin apriorismos, sin prejuicios, dejando que esa realidad se permeabilice en el alma de escritor”.

Atxaga recuerda una frase que André Gide dijo a una admiradora “Por favor, no se apresure usted a comprenderme” y es que la realidad merece un respeto: “Una de las sabias lecciones que me ha dado mi oficio es que si conozco algo por propia experiencia estoy más cerca de lo que yo llamo verdad poética. Veo con gran escepticismo una novela sobre los campos de exterminio nazis escrita por un señor de Wisconsin, pero me creo en cambio los libros que han escrito Mariano Constante o Primo Levy”.

De ahí su desconfianza sobre lo que denomina el ‘establishment literario’, que en ocasiones puede llegar a consolidar situaciones de hecho injustas. “La literatura es a la creación lo que la religión católica al misterio de la vida, es decir, una vulgarización. No es más que un concepto de clase para nombrar algo más amplio: la invención. La iglesia que se ha levantado sobre la piedra creadora es la literatura y está trufada de ideología”. Y es por ello por lo que –dice- le queda poco espacio en el mercado editorial español. “Los escritores como yo tienen dos vientos en contra: el comercial y el ideológico. Hoy en día los lectores esperan una determinada obra y el escritor está muy compelido por el estereotipo literario. Las novelas requieren mucho tiempo y, en cierta medida, una aceptación de las reglas del juego dominantes”.

Reivindica, por tanto, el derecho del autor de hacer lo que le dé la gana, de dedicarse a más de un género e incluso de confundirlos; luchar contra su tiranía y escapar de la presión social. “¿Acaso uno se imagina a Robinson Crusoe escribiendo novelas?”, bromea. Así lo hizo con El paraíso y los gatos (2013), un relato que adopta la forma de cuento, poema, reflexión, chiste… y que narra el propio escritor en directo acompañado de música. Quizá, pienso en voz alta mientras apuramos nuestra charla, sea bueno regresar a ese estado de inocencia del que se acerca por primera vez a la literatura para evocar sus posibilidades infinitas. Repensarlo todo mientras paseamos y acabar -como Atxaga o el genial poeta adolescente- con los zapatos rotos y el corazón lleno.