María Dueñas, éxito y temple

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María Dueñas (Puertollano, 1964). * Sigue viviendo y trabajando en Cartagena, pero visitó Madrid para presentar La templanza (Planeta). * Tras vender más de un millón de libros y ver El tiempo entre costuras adaptado a la televisión con gran éxito, ha aparcado su trabajo en la universidad de Murcia. *La templanza cuenta la historia de Mauro Larrea, un español que fue a buscar fortuna a las minas de plata de México y que, tras arruinarse, encontró una nueva oportunidad en La Habana colonial, desde la que viajó a Jerez, tierra de vino y de bodegas. * “Para mí lo fundamental es disfrutar mientras escribo. Y eso lo consigo investigando, escudriñando”. * “Sigo llevando lo académico dentro. Eso es como un sacerdocio o una vida militar. Sigo unas pautas académicas que me sirven para escribir, útiles para otras facetas de la vida”. * “He tenido la suerte de poder blindarme para no convertirme en un mono de feria. Me invitan a todo tipo de cuestiones surrealistas y he tenido que poner una barrera. ¡Yo no soy la mujer barbuda!”. * “Quiero que el libro cautive a los lectores y que después sigan teniendo ganas de leer”. * “En las otras novelas [las protagonistas] eran mujeres y el amor era lo que las movía, pero un poco contra su voluntad. [Larrea] es un hombre que cree que tiene el dominio, pero al que el amor le cambia todo su mundo”.

 

texto de BEGOÑA PIÑA / fotos de ASÍS G. AYERBE

Mucho antes de que le pregunte nadie cómo se le ocurrió esta historia, María Dueñas ya está contando cómo un día, en un mes de septiembre, a punto de comenzar la promoción de su segunda novela (Misión olvido) y con la primera –sudebut superventas El tiempo entre costuras– todavía viva, tuvo el destello original de por dónde iría con la tercera. Había subido a un avión en Alicante para ir a Londres a grabar un vídeo para un club de lectura, y “al lado llevaba a una pareja de ingleses, muy sonrosados, bebiendo un vino blanco que no tenía buena pinta, a primera hora de la mañana: ‘¡Qué afición al vino!’”, pensó.

“A mí me gusta el vino”, dice, con un café con leche delante. Hoy también es temprano. Estamos en su casa de Madrid, “esta es la casa de las promociones”, bromea la escritora, que sigue viviendo y trabajando en Cartagena. Aquí, en pleno centro de la capital, en el barrio de los Austrias, se nota que todavía no se ha vivido mucho. Todo está impecable, blanco, luminoso, espacioso… Es un rincón recién estrenado de esta nueva vida, que María Dueñas jura y perjura que no es tan nueva, porque ella no ha cambiado tanto.

Mucho más de un millón de ejemplares vendidos, una serie de televisión de máxima audiencia, traducciones a más de veinticinco lenguas… han significado aparcar su trabajo en la universidad de Murcia y dedicarse solo a la escritura. Son variaciones sobre la misma vida, los mismos amigos, cierta inmersión –pero no demasiada– en el circuito editorial, la misma técnica de trabajo, parecidas ambiciones…

“El éxito de El tiempo entre costuras no me supuso ninguna convulsión –insiste la autora, que en esta tercera novela, La templanza, ha buscado a sus personajes dentro del mundo del vino–. Los personajes nacen más tarde que el germen original. Primero son los escenarios, los ambientes, los entornos, y empiezo a avanzar desde ahí. La idea original era el mundo del vino; más bien, el del comercio del vino, sus años de esplendor, el mercado con Inglaterra. A mí me gusta el vino pero, más allá de eso, eso del mercado del vino me parecía seductor. Siempre me ha llamado la atención el gusto por el vino de los ingleses, que es algo que se ha afianzado como cohesión social. Y pensé que podría ser interesante para una novela”. Y ahí nació Mauro Larrea, un español que fue a buscar fortuna a las minas de plata del México de Benito Juárez, y que tras arruinarse encontró una nueva oportunidad en La Habana colonial, desde la que viajó a Jerez, tierra de “negocios boyantes”, de vino y de bodegas.

 

Sacerdocio académico

En las otras dos novelas había un vínculo claro entre los escenarios elegidos y su propia vida o la de su familia. ¿Existe una relación en esta?

En esta no lo hay. Simplemente, empecé a leer sobre Jerez, sobre esa época, las industrias bodegueras… Desconocía que algunas de las grandes bodegas las fundaron indianos. Muchos ni siquiera conocían el Sur de España, pero aquel era un negocio boyante y apostaron por él. Me pareció interesante esa conexión. Luego pensé que el personaje no iba a ser el prototipo del indiano. En realidad, vuelve a España seudoarruinado.

Hablando del personaje principal, es su primer protagonista masculino. ¿Por qué ha hecho esa elección?

En Misión olvido ya hice un amago con los dos hombres que iban de la mano con la protagonista. Había probado con ellos y me sentía cómoda. Y en este caso lo tuve claro desde el principio.

Es un tipo que se va a América a buscar fortuna en las minas. Eso sí le viene de familia, ¿no?

Sí. Mi abuelo no era minero pero trabajó mucho en minas, tuvo incluso la concesión de una. Así que es un territorio que conozco más o menos. Investigando averigüé que la minería de la plata fue una de las grandes fuentes de riqueza en México. Hubo muchos españoles que llegaron a hacer grandes capitales con la plata.

¿Y se jugaban la mujer al billar, como sus personajes?

No, eso es algo consustancial al espíritu minero, el juego. Es un mundo en el que hay muchos hombres solos mucho tiempo y hay mucho juego. Yo no soy nada jugadora, pero sí hay una rama en la familia… Era por dar una vuelta de tuerca.

La Templanza tiene idéntica estructura que las dos novelas anteriores. Un personaje hace un recorrido vital, y al mismo tiempo físico, por varios países… ¿Cree que mirará hacia el interior en algún libro?

No lo creo. Para mí lo fundamental es disfrutar mientras escribo. Y eso lo consigo investigando, escudriñando… Me resulta muy gratificante. Así que supongo que lo hago por eso. Y dudo que acabe haciendo algo introspectivo o estático. Es una actitud un poco egoísta por mi parte.

Disfruta escribiendo, pero alguna vez ha dicho que jamás había pensando en hacerlo, que simplemente, cuando tuvo cierta estabilidad, buscó algo que hacer.

Bueno, lo exacto sería decir que no había tenido la ambición ni la determinación, pero siempre me he movido en el mundo de las letras. Así que, en el fondo, es solo un pequeño giro en mi vida profesional. Lo que pasa es que durante muchos años no tuve el momento ni fue un objetivo vital.

Ahora que vive de la literatura, ¿da por cerrada su etapa en la universidad? ¿Es escritora y ya no es profesora?

Bueno, sigo llevando mucho de lo académico dentro. Eso es como un sacerdocio o una vida militar. Sigo unas pautas académicas que me sirven para escribir, que son útiles para otras facetas de la vida. Es la misma metodología de trabajo, los mismos principios básicos: rigor, disciplina… Sería muy raro que cambiara yo entera. Soy especialista en diseño curricular y en la novela aplico los mismos procedimientos de planificación docente.

“¡No soy la mujer barbuda!”

El tiempo entre costuras fue un tsunami literario, seguro que la obligó a cambiar muchas cosas, ¿es así?

Tengo otras dependencias y otros compromisos, otra dinámica en el día a día. Pero yo tengo un carácter adaptativo y soy muy espontánea, voy organizando las cosas sobre la marcha. No me ha hecho falta un reseteamiento mental. He aprovechado ciertos recursos, he ganado otros nuevos…

¿A pesar de que todo –el éxito de ventas en todo el mundo, la serie de televisión…– ocurriera tan rápido?

Fue rápido, pero fue progresivo, pautado. Ocurrían las cosas mes a mes. Tuve tiempo para ir asimilando con moderación. No me supuso ninguna convulsión. Además, tengo ya unos años que me permiten ver las cosas con raciocinio y serenidad.

Usted es uno de los seres privilegiados que hoy puede vivir de la literatura en España, ¿es consciente?

Hoy vivo de la literatura y, por fortuna, muy bien y estoy encantada. Sé que soy una privilegiada. Vivir solo de esto me permite mucha libertad para organizarme. Ahora puedo vivir diseñando mi calendario y proyecto vital. Pero sé que no me puedo dejar y que tengo que seguir trabajando.

¿El éxito inmediato le convierte a uno en un bicho raro?

En una especie de… pero yo he aprendido, y he tenido la suerte, de poder blindarme para no convertirme en un mono de feria. Me invitan a todo tipo de cuestiones surrealistas y he tenido que poner una barrera. ¡Yo no soy la mujer barbuda!

¿Qué cosas surrealistas?

Pregones en cofradías de vírgenes, anuncios de bolsos de Loewe… Son cosas que creo que no tengo que hacer ahora, agradezco las invitaciones, pero prefiero mantenerme al margen.

¿Antes de “ser” escritora, era consciente de los prejuicios sobre los best sellers que tiene el mundo de la cultura?

No, pero cuando lo sabes también llega un momento en que te empiezan a resbalar. Al principio sí te toca las narices, pero luego aprendes a convivir con ello. Y te hace reflexionar. A mí me ha crecido una concha. No puedes estar todo el día enarbolando una bandera de las situaciones que quieres defender, eso te tocaría la moral.

¿Soportaría que alguien más le preguntara si sus novelas son “para mujeres”?

Lo peor es que lo hace gente que uno consideraría que está por encima de esos estereotipos tan simplones. Pero no me voy a partir la cara.

 

Un hombre trastornado por el amor

A propósito de las mujeres, las de esta novela son curiosas, todas están decididas a ir hacia delante aunque sea por métodos ilegales…

Los personajes femeninos me salen de una manera natural, no es un trabajo esforzado. Las de la novela son mujeres que tienen recursos, son mujeres de otra época, pero con ambiciones y con objetivos. Ha sido así desde que el mundo es mundo. Son mujeres urdidoras, con preocupaciones… pero eso es algo de la condición humana. Y, aunque el personaje principal es un hombre, yo soy una mujer y no he querido tener una visión masculina dentro de la novela.

Con El tiempo entre costuras tal vez no pero, ahora que los ha conocido, ¿cuánto piensa en los lectores?

Intento mantenerlos al margen. Les tengo un inmenso respeto y cada día estoy intentando el mejor resultado, pero no me lo planteo constantemente. Los lectores son un banco de pruebas para tu trabajo, son los que te dan la temperatura, sirven de evaluación posterior. Además, ¡son tan distintos unos de otros!

¿Y usted, como lectora? Ha confesado que lo que sabe como escritora lo ha aprendido de las lecturas; ¿qué ha aprendido, por ejemplo, de Coetzee, uno de sus favoritos?

Bueno. Todo te va dejando un poso en la vida. Pero también me gustan cosas frívolas, no solo cosas negras o turbias o tristes… Creces con lo bueno y con lo malo.

¿Y qué le gustaría que recibiesen sus lectores de sus novelas?

Es una visión panorámica más que cosas concretas. Yo quiero que el libro entero cautive a los lectores y que después de leerlo sigan teniendo ganas de leer.

Antes decía que lo primero que surge es un entorno o un tema sobre el que investigar, ¿entonces decide qué quiere contar aprovechando eso o es algo que va saliendo?

No, no, lo tengo muy claro. En cada libro he querido contar una aventura vital y he querido acotarlas por momentos históricos. Aquí es la aventura vital de un hombre en unos meses de su trayectoria.

En las anteriores, el amor era un motor para los personajes; en esta, no. ¿Eso es porque es un hombre?

Es verdad que aquí el amor no es un motor, pero le trastoca. En las otras novelas eran mujeres y el amor era lo que las movía, pero era un poco contra su voluntad. Sin embargo, este hombre no tiene una posición estática, en eso se parece más a mí que las mujeres de los libros anteriores. Pero a este hombre el amor sí lo perturba. Y eso me hacía gracia. Un hombre que cree que tiene el dominio, pero al que el amor le trastorna los afectos y le cambia todo su mundo.