“Cuando yo era niño, el rechazo a los homosexuales era terrible” Rafael Herrero

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Entrevistamos a Rafael Herrero, el autor de la novela “El fin de las dulces mentiras” (Ed. Alrevés), sobre una venganza larvada durante más de cuarenta años de silencio. 

 

 

 

 

 

Texto: Roser Herrera

 

El fin de las dulces mentiras es un retrato fascinante de lo peor y de lo mejor del ser humano. Una historia de mentiras que nos sumerge hasta el fondo en la vida de un personaje conmovedor, alguien que estaba destinado a ser una persona maravillosa, confiada, generosa, sensible pero que un día ve truncados sus sueños y todo se transforma en una pesadilla.  Rafa Herrero empezó escribiendo y dirigiendo programas dramáticos para la radio. Fue Director y guionista de programas de televisión, series y documentales. Ganó el premio TP de TV, en diferentes ocasiones y dirigió el mítico programa cultural La Mandrágora, de TVE 2.

Tanto en esta novela como en la anterior (La plaza del silencio) el tema de fondo es la homofobia; en la primera los hechos sucedían al final del franquismo y ésta nos transporta a la actualidad, ¿crees que nuestra sociedad ha evolucionado en este aspecto o seguimos viviendo en un país en el que están aceptados comportamientos homófobos?

La homofobia. El rechazo al diferente, el acoso. Y, sobre todo, el odio y la sinrazón que impulsan a determinadas personas, y grupos a la violencia más irracional a imponer sus “ideas” por la fuerza, pisotear la libertad de los demás. Es algo que me duele profundamente, y por eso es el origen de la mayoría de los libros que he escrito: la violencia de género, el abuso a menores, la trata de blancas, están presentes en mis novelas y obras de teatro. Y por supuesto, la homofobia, que, en El fin de las dulces mentiras, desencadena una serie de asesinatos. Cuando yo era niño, el rechazo a los homosexuales era terrible, y hay cosas que no he podido olvidar: La caza del marica. Así lo llamaban, o al menos así lo recuerdo… Y, los machitos de la época alardeaban de esa caza en público. Actuaban con total impunidad. Los insultaban por la calle a gritos, los humillaban y se reían de ellos… Y por la noche salían a buscarlos, y los perseguían por el paseo de Recoletos, por las calles del barrio, los acorralaban, los pateaban, y si se defendían era peor, porque, la violencia se desataba con una crueldad increíble. Una humillación en toda regla. La agresión a los homosexuales era bien vista, incluso alentada por el régimen porque eran un peligro social. Se les trataba con total desprecio, como enfermos, como degenerados, y se les aplicaba la ley de vagos y maleantes. Se les podía detener por su comportamiento en público, por sus gestos, su amaneramiento, su forma de hablar. Y podían pasar varios días detenidos, y recibir palizas sin ningún motivo. En fin, un infierno. Los homosexuales vivían, de algún modo, en la clandestinidad. Ahora, todo eso ha cambiado. Y la sociedad acepta las diferencias, las opciones sexuales y de género, y de pensamiento. Se convive con absoluta naturalidad. Pero claro, siempre hay grupos homófobos. Y, actualmente, percibo un rebrote de esa intolerancia. Y hay agresiones, que son bastante significativas, que van más allá del insulto: parejas expulsadas de una cafetería por besarse, sin que nadie salga en su defensa. Palizas a homosexuales por ir de la mano en la calle. Agresiones a veces muy violentas. En el deporte, por ejemplo, hay miedo a manifestar esa identidad de género. Sobre todo, en el fútbol. Es un tema tabú.

En tus novelas se percibe siempre cierta nostalgia y una tendencia al regreso a la infancia como un lugar más bien feliz; sin embargo, le sucede a Alejandro, tu protagonista, que esa etapa de la vida le marca y le convierte en alguien capaz de hacer cosas que seguramente nunca hubiera querido hacer, ¿qué influencia crees que tiene la infancia en nuestras vidas?

De repente viendo la televisión, o leyendo un periódico, descubro a hombres capaces de maltratar a su pareja, asesinarla… Oigo declaraciones de personajes públicos o anónimos, que expresan odio, violencia… Personas, sin techo que se refugian en un soportal para combatir el frío… Alguien, qué con más de cuarenta años, se atreve por fin, a confesar que durante su infancia sufrió abusos… Y, siempre, casi de un modo automático, pienso en ese niño que jugó con otros niños, que fue más o menos feliz, que corría por el parque, y jugaba a la pelota… Y me pregunto: ¿Cuándo se fue todo a la mierda? ¿Cuándo dejó atrás esa inocencia, y se convirtió en lo que es ahora? ¿Cuándo le hicieron tanto daño que transformó su infancia en un infierno? Y pienso en el silencio de los niños que son desgraciados… En la pesada mochila que arrastran a lo largo de su vida. De algún modo, hay una conexión entre esa infancia y la personalidad que desarrollarán como adultos. Alejandro, el protagonista de El fin de las dulces mentiras, era un niño diferente, raro, era homosexual en un tiempo en el que eso era un delito que le podía llevar a la cárcel. Su madre, sin embargo, le comprendía, y le aceptaba y le daba todo su amor… Y ese niño, un día se despierta y su madre se ha ido de casa. Le ha abandonado. Su infancia se rompe en mil pedazos. Y necesito saber qué sintió ese niño al buscar a su madre y no encontrarla, al tener que convivir con un padre militar, autoritario, que le desprecia por ser cómo es. Quizá todo ese dolor, ese rechazo, le transformó en un joven capaz de hacer daño, capaz de acciones terribles. Por otro lado, aunque soy un escritor muy caótico, tengo algunas reglas imprescindibles. Y una de ellas es conocer a mis personajes. No, sólo en el momento en el que son asesinos, o fracasados, o prostitutas, o bailarinas, o policías… Y para eso, tengo que bucear en su infancia. Y, así, puedo comprenderlos mejor. Odiarlos, o quererlos… Y veo el arco que ha trazado su vida. Los momentos oscuros, o luminosos que le van acompañando. Claro que en la novela no aparece todo lo que sé sobre ellos, sino sólo lo que ayuda a contar la historia.

¿Qué pasa con el barrio de Chueca de Madrid para que siempre aparezca en tus novelas?

Nací en el barrio de Chueca, y viví en ese barrio hasta los treinta años… Sus calles, sus rincones, su gente son familiares para mí. Mis recuerdos de infancia, y de juventud están ligados a ese barrio. Imágenes, sonidos, olores… Y creo que escribo mis novelas, o mis obras de teatro dentro de ese microcosmos porque me aporta la emoción y el dolor de lo vivido. La plaza de Chueca, para mí, está llena de risas, de juegos, pero también de agresiones, de peleas… de gritos, de los estragos que provocó la droga, en los años más oscuros del barrio. Esas calles están en mi imaginario. De todas formas, el barrio de Chueca, en mis historias tiene mucho de realidad, pero también mucho más de irreal, imaginado, recreado. Es un paisaje que va más allá de un telón de fondo, que se puede describir. Es un personaje más. Y si Alejandro camina por la calle Pelayo para encontrarse con su amigo Chema. Puedo sentir la piel, y las heridas de esa calle. Y elijo esa calle porque los veo apoyados en la pared, o sentados en el bordillo de la acera. Chueca es mi pequeño mundo, al que vuelvo como si regresase a ese “pueblo en el que nací” que me pertenece, y al que pertenezco.

El fin de las dulces mentiras es la historia de una venganza, en ocasiones parece que necesitemos hacer un click para cambiar y actuar de otra forma, ¿qué provoca el cambio en Alejandro para que decida vengarse después de 40 años y dejar de ser cómplice de un grupo de asesinos fascistas?

Al lado de esos temas sociales que me impulsan a escribir, están los personajes, y el conflicto que les pone en marcha, que les hace reaccionar. Y casi siempre, para desarrollar esa tensión necesito o me apoyo en una narrativa que se mueve en el territorio del suspense, del misterio, incluso del thriller psicológico, o de la novela negra. La venganza de Alejandro estalla en un momento crítico de su vida, cuando quizá, ya sólo piensa en la muerte. Y por eso es un revulsivo que desencadena una acción cargada de tensión, de incertidumbre, y de peligro, que es el motor de esta historia… El final de su camino hacia la redención. Alejandro ha vivido con esa necesidad de venganza durante muchos años, pero nunca se ha atrevido a hacer nada. Sus enemigos siempre han sido muy peligrosos. Ha preferido tratar de olvidar, engañarse… Crear ese mundo tejido por las “dulces mentiras” que nublan de algún modo su realidad insoportable. Eso le permite cada día levantarse, mirarse al espejo y seguir viviendo. Pero también es verdad que, a veces, reaccionamos espoleados por algo imprevisible que nos agita, que nos trastoca la aparente calma en la que vivimos. Y eso le ocurre a Alejandro. Cuando parece que ha renunciado a su venganza, y que se ha rendido, una noticia en el periódico le golpea violentamente: el asesinato de un homosexual en la plaza de Chueca. Eso le hace decir: ¡Basta! Tengo que detener esta locura. Enfrentarme a mis enemigos, aunque tenga que poner en riesgo mi vida.

Alejandro durante muchos años guarda un terrible secreto, un secreto que afecta a su mujer, y al asesinato de su hermano. Y ahí surge de nuevo la mentira, la culpa, la necesidad de ser perdonado ¿por qué te interesaba tratar estos temas?

Alejandro sabe que acercarse a Silvia es un error, y que su amor es imposible. Que tiene que olvidarse de ella… marcharse lejos, olvidarla. Pero no lo hace, y de algún modo, esa decisión forma parte de su camino hacia la redención. Pero se siente culpable por su silencio. La culpa le acompaña desde su juventud, y sabe que el perdón es imposible, que él jamás podrá perdonarse. La culpa surge cada vez que ve a Silvia, que la abraza, y la miente, y la hace daño. Y eso le lleva a la idea de aniquilarse, de saltar al vacío y acabar con todo. Pero, al mismo tiempo, su relación con ella, le da paz, le hace ser mejor persona… Incluso, en algunos momentos, siente que es feliz. Y se engaña pensando que lo mejor que puede hacer por ella es seguir guardando silencio. 

¿Por qué crees que los lectores deberían leer El fin de las dulces mentiras?

Leer una novela es emprender un viaje, recorrer un camino sin saber qué es lo que puede pasarte, y si al terminar el libro, algo dentro de ti se habrá transformado… aunque, solo sea un poco. Si lees El fin de las dulces mentiras, descubrirás lo mejor y lo peor del ser humano. Lo mejor y lo peor, que quizá todos guardamos en el fondo de nuestro corazón. Conocerás a un personaje, Alejandro, al que odiarás con todas tus fuerzas, Y al que querrás con toda el alma. Vivirás intensamente cada momento de su vida… Su cobardía, su valor, su pasión, su miedo… Sus sueños y sus pesadillas. Descubrirás el odio irracional de unos desalmados capaces de matar al que es diferente a ellos. Y Alejandro lo es, y por eso está en peligro. Con él recorrerás un camino lleno de obstáculos. Y le verás caer derrotado, y le verás levantarse. Te sumergirás en su mundo donde la frontera entre la realidad y la fantasía, a veces, se confunde. Una historia que se mueve en esa zona llena de sombras de la novela negra, del thriller psicológico… Y, de algún modo, harás con él un viaje a la infancia, al niño que quizá todos, alguna vez hemos traicionado. Un niño, que jugando se pinta los labios de carmín. Y al final…

¿Tienes nuevos proyectos literarios entre manos?

En este momento, mi última obra de teatro, Como un viento helado, está de gira por el norte. Y espero que esa historia que se acerca a la vida de una joven que ha sufrido abusos sexuales de niña, recorra un camino largo y apasionado. Estoy escribiendo, casi ya la he terminado, mi próxima obra de teatro: una historia cotidiana de amor y destrucción, de supervivencia y de locura. Una mujer fuerte, sensible que jamás se rinde. Conocerla, para mí, ha sido todo un descubrimiento. Pero bueno, aún tengo que darle vueltas y más vueltas. Y también estoy en medio de mi próxima novela… Una joven que se marcha de casa, y recorre un camino muy tortuoso… Prostitución, amor… El vértigo de una vida al borde de la ley. En fin, ya veremos. Porque durante la escritura todo puede cambiar. Eso dependerá de los personajes… Aún no sé a dónde me quieren llevar.