“Monterroso admiraba mucho a Borges, pero era demasiado tímido y nunca quiso conocerlo en persona”. Bárbara Jacobs

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Barrbara Jacobs publica "La buena compañía", un libro de lecturas en la editorial Navona

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

La buena compañía (ed. Navona) tiene algo de biografía intelectual y algo de diario de lecturas. A través de sus páginas la escritora mexicana Bárbara Jacobs homenajea a quienes fueron sus maestros, a aquellos autores que la formaron como lectora y como escritora, autores que influenciaron a toda una generación, aquella que comenzó a escribir a mediados de los sesenta y en los setenta. Son muchos los nombres que aparecen en La buena compañía y, entre todos ellos, no puede faltar Augusto Monterroso, con quien Jacobs compartió vida durante más de treinta años y al que, todavía hoy, define como maestro.

¿Podríamos decir que La buena compañía es un intento de construir su propio retrato o su propia biografía a través de su biblioteca?

Sin duda. Necesariamente, tu biblioteca y tus lecturas te van a reflejar, van a trazar tu retrato. De la misma manera que yo elijo un determinado libro, tú puedes elegir otro; nuestra elección nos retrata. Todo los libros que están reunidos en este volumen, efectivamente, hablan de mí, pero no solo, también hablan de mi formación y de la formación de muchos escritores de mi época. Yo creo que a los escritores de mi época o de mi generación les va a parecer muy familiar la selección de libros que he hecho, sin embargo, no es a ellos a quienes me dirijo, puesto que para ellos no hay nada nuevo en estas páginas. Yo me dirijo a estudiantes y a cualquier tipo de lector, no especializado, que quiera saber de literatura.

Es decir, usted se dirige a ese lector común, tal y como lo definió Virginia Woolf.

Exactamente. La propia Virginia Woolf se define a sí misma como una lectora común, concepto que utiliza como título para reunir los artículos sobre literatura que publicaba en la prensa.

Lo paradójico es que ni Virginia Woolf ni usted son lectores comunes.

Claro que no, sin embargo, creo que era Mallarmé quien decía que el lector común era su verdadero hermano. Hablar de lector común e identificarse con él es una manera de acercarte a los lectores. Claro que Virginia Woolf no era una lectora común; era alguien que conocía perfectamente el griego y que se formó sin apenas ayuda, pues, a pesar de ser inglés, su padre, que era un gran intelectual, no la dejó ir a la universidad. Entonces ella se dedicó a leer todo lo que quiso y todo lo que pudo y a escribir; llegó a crear también una editorial y en su casa de Bloomsbury organizó una tertulia en la que participaban las mentes más geniales de la época. Así que, efectivamente, de común no tenía nada, pero quería acercarse a ese lector.

¿Hay cierto desprecio hacia el lector común por parte de determinada élite intelectual?

Sin duda, de ahí que, en mi breve prólogo, tuve cuidado de explicar lo que era el lector común y lo definí como un lector no especializado en literatura. Y lo defino así para que nadie se sienta despreciado, al contrario, busco que el lector se sienta apelado e identificado con el término.

Cada capítulo de La buena compañía está dedicado a un género literario. La reflexión sobre los géneros está, por tanto, muy presente como en parte lo estaba también en La dueña del hotel Poe, una novela sobre la construcción de una novela.

Sí, La dueña del hotel Poe es una novela sobre la construcción de una novela, pero también sobre la construcción de una mujer, de la protagonista. Por lo que se refiere a la reflexión sobre los géneros, tengo que decir que el concepto de género es bastante complejo como también es complejo definir el género de La dueña del hotel Poe. Es una novela, pero no se agota en el género novelístico. Tiene la particularidad de que es una novela que contiene una novela dentro y ha habido lectores que me han dicho que prefieren la novela dentro de la novela antes que el libro en su conjunto. Al inicio, yo quería que la novela dentro de La dueña del hotel Poe se publicara aparte y de forma anónima, pero la editora no estaba muy convencida con mi idea, porque sostenía que publicar los dos textos por separado dividiría los lectores: quienes leerían uno de los libros no leerían el otro.

¿Para usted la escritura siempre va a acompañada por reflexión sobre la literatura y sobre los mecanismos de escritura?

No necesariamente. Para mí, la escritura no debe ir forzosamente precedida o acompañada de una reflexión literaria. Más bien yo he tendido a hablar en mis libros de la vida real, de las personas, del individuo… me interesa mucho más el individuo que la sociedad. Estoy en contra de la actualidad que está tan abierta a lo social; yo soy más bien una persona reclusa y me gusta observar a la gente y conocerla o imaginarla cómo es y cómo es su vida desde su individualidad, sin ningún contexto social. Dicho esto, la reflexión sobre los mecanismos de escritura está presente en algunas de mis obras; en este sentido, no sé si se puede hablar de vertientes, podría decirse que tengo dos vertientes: una sería hablar de la gente y la otra sería la búsqueda literaria y la indagación.

La buena compañía se define por mezclar autores, tradiciones y literaturas.

La literatura es así, abierta. Mi libro quiere contar qué fue la literatura a lo largo del siglo XX o, por lo menos, hasta los años sesenta.

¿Hay mucha diferencia entre el sistema literario de entonces y el de ahora?

Yo creo que ha cambiado y bastante, pero no quería detenerme en este punto, ante todo, porque no quería escribir sobre autores de mi generación. Yo empecé a publicar en 1970, pero muchos de mis compañeros empezaron antes, pero yo no quería hablar de nosotros, sino de quienes nos habían formado.

Y entre ellos está Ida Vitale, en cuyas memorias, Shakespeare palace, usted aparece citada.

Ida y yo fuimos compañeras en un seminario de traducción en el Colegio de México, que es una institución de altos estudios fundada por refugiados españoles. Las dos coincidimos en este seminario en los primeros años setenta y nos caímos muy bien, nos simpatizamos profundamente. Yo hablo de ella en mi novela La dueña del hotel Poe y hablo de ella también en mi último libro. En la pasada FIL de Guadalajara, cuando le concedieron el premio que, antiguamente, llevaba por nombre Juan Rulfo, Ida me invitó a hablar sobre ella en una mesa y justo entonces, mientras estábamos todos ahí celebrando su premio, nos enteramos de que se le concedía el Premio Cervantes. Fue una gran noticia, me alegré mucho por ella, pues, como te decía, somos amigas desde los años setenta.

¿Se ha tardado demasiado en reconocer a Ida Vitale como poeta?

Muchísimo, demasiado. El reconocimiento le ha llegado ahora, con más de noventa años. Eso sí, Ida está fantástica: sigue viajando, tiene una vitalidad maravillosa.

Un nombre que no podía faltar en la formación de una autora mexicana es Juan Rulfo.

Rulfo es un cuentista extraordinario, no podía faltar en estas páginas representando el idioma español. Rulfo es el gran autor de las letras mexicanas, es leído en los colegios, todo el mundo sabe quién es y lo admira…. En México, es el autor por antonomasia.

Y luego está Augusto Monterroso, de quien usted no solo fue discípula, sino su mujer durante muchos años.

Yo tuve una gran ventaja frente a todos los demás: viví con Monterroso treinta y dos años. Él era bastante mayor que yo, pero tuve la gran fortuna de nunca darme cuenta de la diferencia de edad que había entre nosotros. Él era una persona inteligente, brillante, un gran maestro que, como todo gran maestro, quería que sus alumnos y sus discípulos fueran ellos mismos y que no lo imitaran. Es más, te podría contar anécdotas en las que él se enfadaba con quienes trataban de imitarle. Monterroso no quería imitadores. Era muy exigente y lo que esperaba de sus alumnos era que cada uno escribiera lo que tenía que escribir y lo hiciera a su propia manera y, de hecho, si coges los libros de algunos de sus discípulos, te darás cuenta de que todos ellos son muy diferentes el uno del otros y todos son respetables.

Y junto a Monterroso, está Borges.

¿Tú sabes que Monterroso es el primer autor hispanoamericano en hacer una reseña de Borges? Monterroso dedicó un elogioso texto a Borges, cuando Borges todavía no había sido descubierto. Monterroso, sin embargo, lo admiró profundamente desde el primer momento, tan profundamente que, cuando invitaron a Borges por primera vez a México, las autoridades pidieron a Monterroso para que ejerciera de anfitrión. Sin embargo, él no quiso ir. Era muy tímido y admiraba demasiado a Borges; a pesar de que yo le insistí, no quiso ir y no fue. Las autoridades también le insistieron, pero fue inútil. Le decían, “Borges quiere verle” y Monterroso le contestaba: “Borges querría ver cualquier cosa”. Lo curioso sucedió pocos días después: casualmente el día en que Borges y Kodama tomaban su avión de regreso, Monterroso y yo tomábamos un avión hacia no sé dónde y coincidimos los cuatro en el aeropuerto. Yo le pedí que fuéramos a saludarlo, pero, una vez más, Monterroso no quiso, pero lo que sí hizo fue colocarse detrás de una columna para poder ver a Borges lo más cerca posible. No llegó a saludarlo, no habló con él nunca y eso que era su gran conocedor, su gran apreciador.

Con quien sí compartió tertulia Monterroso es Octavio Paz.

Sí, recuerdo grandes encuentros entre Monterroso y Paz, encuentros muy divertidos. Junto a Monterroso, a Borges, a Ida Vitale… Paz forma parte de esos autores que me formaron a mí y que nos formaron a toda una generación. Lo que ha cambiado con respecto a antes es que ahora a nadie le importa a nadie.

¿Se ha perdido un cierto respeto a los maestros?

Sí, ya no hay ese respeto y esa admiración hacia los maestros y lo lamento. Yo soy de antes, soy de otra época y me gusta reconocer a quienes fueron mis maestros, pero me doy cuenta de que esta admiración y este respeto que teníamos los de nuestra generación ya no existe.

Al final del libro, dedica un capítulo a los escritores que ejercieron la traducción

Es muy diferente una traducción hecha por un gran traductor de una traducción hecha por un escritor, como podía ser Borges. Es curioso, entre los traductores sucede como entre los médicos: ninguno está de acuerdo con las decisiones del otro. La traducción hecha por un escritor como Borges o como Cortázar son muy particulares. En el libro cito a Tomás Segovia, que fue mi maestro y, además, fue el jefe de Ida y mío a lo largo del seminario que compartimos.

Y, además, en el capítulo dedicado al escritor imagenista, reconoce a los grandes maestros de la viñeta.

Si fijas en los autores que cito, Hergé, Rius y Schulz, son muy anteriores a todo este boom de la llamada novela gráfica. Entre los nombres que cito está el autor de Peanuts, Shulz, al que considero uno de mis maestros en la vida. Durante décadas, a los ilustradores y a los autores de viñetas se les ha considerado representantes de una literatura menor, pero no tiene sentido. Autores como Shultz fueron para mí fundamentales y sus personajes forman parte de mí.