Lucía Lijtmaer: “El columnismo es, por definición, el sistema.”

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La periodista Lucía Lijtmaer publica en Cuadernos Anagrama su ensayo Ofendiditos sobre la criminalización de la protesta. 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

“Reírse del ofendidito genera un placer parecido al de pertenecer a una subcultura: quien lo hace se distingue por sus gustos, ajenos al mainstream, y por ende se identifica y se siente especial en un grupo más reducido. De la misma manera, ¿quién no querría estar del lado de quien se ríe? El que se ríe demuestra así su superioridad, su conocimiento”, escribe la periodista Lucía Lijtmaer en un ensayo Ofenditos, que acaba de publicar en Anagrama. Ofendiditos es un breve ensayo que aborda la criminalización de las protestas y lo hace indagando en el concepto de “ofendidito”, a través del cual se condena desde distintos ámbitos a todo aquel que protesta, a todo aquel que no se “ríe” del humor mainstream, que no aplaude el discurso, sino que se rebela ante él. “El ofendidito es objeto de mofa por blando, moralista y porque es corto de miras, básicamente. Porque se ha feminizado. Pero sobre todo porque no ha entendido, o no ha querido entender, la broma, que no es contra el Estado ni contra el poder”, escribe en su ensayo Lijtamer. “El humor del que no se ríe el ofendidito”, continua la autora desde actual ensayo, “se vende como despojado de política e ideología. O, en su variante más contemporánea, se lo exime de la crítica o la indignación precisamente porque la ideología, si molesta mucho, tiene un chiste pegado a ella”

Antes de publicar este breve ensayo, en una entrevista en El Salto, ya hablabas del concepto de “ofendiditos” y lo definías como “una categoría falsa, profundamente machista. Primero se criminalizó el derecho a la protesta con la Ley Mordaza, y ahora ya se trata de ridiculizarla.”. ¿“Ofendidito” sirve para desacreditar todo discurso que conteste al sistema, al relato hegemónico?

En un inicio sí, pero me parece que ahora el término parece estar mutando para referirse a un relato u otro. Creo que se está resignificando para definir al que se ofende y sobrereacciona, sin más.

A raíz del caso Bodegas, Jordi Costa subrayaba que el chiste sobre gitanos en lugar de cuestionar los valores dominantes, los reforzaba ¿El ofendidito molesta más que el humorista de chistes machistas, racistas u homófobos porque cuestiona los valores dominantes, mientras que el otro los refuerza?

Contestando a tu pregunta, el libro no pretende marcar categorías absolutas sobre quién es quién, ni siquiera sobre si un chiste está bien o mal o si cuestiona los valores dominantes, sino analizar los medios de comunicación y sus comentaristas, y cómo han respondido a unos cambios culturales, sociales y económicos en los que las redes sociales están muy presentes. Ante estos cambios, el nuevo léxico -ofendidito, puritana- evidencia los posicionamientos que tenemos todos, como sociedad, ante estos cambios.

Aquí aparece la figura del Fiero Analista, ¿tan instalado en el sistema como los discursos de odio de la ultraderecha?

Discrepo: la ultraderecha no estaba instalada mediáticamente, ha sido instalada y reforzada por algunos medios, creo que por una especie de fascinación en la que se ha mezclado clickbait, novedad, y cierta querencia por la pulsión violenta. No se entiende que ciertos partidos que eran extraparlamentarios hasta hace poco tuvieran tantísima atención mediática. Esos medios sabrán con qué fin, pero está claro que no es algo que estuviera siempre presente.

Con respecto a los discursos de odio, planteas la paradoja: se han instalado y se han asumido como parte del debate, si bien el código penal en su artículo 510 penaliza los discursos xenófobos y machistas. ¿Los discursos de odio no desestabilizan el statu quo, el establishment, como sí determinadas protestas ciudadanas censuradas y castigadas por la reciente Ley Mordaza?

No, los discursos de odio no desestabilizan al status quo, sino que pueden llegar a formar parte de él. Lo hemos visto en la última campaña electoral, dónde varios partidos han hablado de la “ideología de género”, por ejemplo. También se han recrudecido las agresiones homófobas, y no hay una alarma social al respecto.

Amnistía Internacional advierte que la Ley Mordaza se utiliza contra el activismo y la protesta social. ¿Hemos retrocedido en cuanto a democracia se refiere? Y, sobre todo, ¿el debate sobre los límites del humor y los ataques contra los llamados “ofendiditos” puede leerse como una cortina de humo?

Sin duda hemos retrocedido en cuanto a democracia y libertad de expresión, el libro da cuenta de las leyes restrictivas -Ley Mordaza, ofensa, delitos de odio, ampliación antiterrorista-, y no hay que dejar de lado el retroceso también en la libertad de prensa. No creo que los debates sean una cortina de humo -al menos, no deliberada, eso me convertiría en una paranoica sin pruebas-, pero sí hay una redundancia en esos debates que no llegan a poner el dedo en la llaga: nuestras libertades de expresión y opinión están amenazadas y pocos están hablando de las leyes que lo hacen.

El término “ofendidito” está directamente relacionado con el de “puritano”, término que el manifiesto de las actrices francesas criticando el MeToo reactualizó. ¿Ha habido una mala -e interesada- malinterpretación del concepto de “puritanismo”?

Bueno, si nos remontamos al origen del término- y a la doctrina calvinista- sin lugar a dudas. Por eso es tan interesante como se acuña y se utiliza desde los años ochenta el “neopuritanismo”, una acepción conservadora que ha tenido tanto calado entre parte de la prensa para hablar de las consecuencias y los daños colaterales del metoo.

¿Cómo ha afectado esta malinterpretación para que la acusación de ser ofendiditas o puritanas se dirija principalmente al movimiento feminista y las protestas contra discursos y actitudes machistas?

El simple hecho de que vaya contra los feminismos es, siendo muy suave, una malinterpretación, teniendo en cuenta que es el movimiento más importante del siglo XXI en aglutinación por la lucha de derechos y libertades de todos y todas.

Las denuncias por parte de la iglesia o grupos católicos de ciertos actos humorístico-reivindicativos, ¿debemos entenderlo solo como herencia de la tradición judeo-cristina o también como una defensa de una estructura de poder, como lo es la institución eclesiástica?

Creo que no tiene nada que ver con la tradición, sino con el poder eclesiástico. La ley de escarnio se ha aplicado casi exclusivamente en España contra expresiones sobre el poder eclesiástico católico. Por cierto, los supuestos delitos se han duplicado en los últimos tres años.

Si Miller recurrió al caso de las brujas de Salem para denunciar la persecución política de McCarthy, ahora no son pocos quienes utilizan Salem para para criticar a quienes alzan la voz frente determinados discursos, sean o no humorísticos. ¿este ejercicio de apropiacionismo es un intento no solo de proteger el discurso oficial, sino de inscribirse en él, de formar parte de quien lo dicta?

Me resulta muy difícil contestar a esta pregunta, no conozco sus motivaciones. Como digo en el libro, sí me parece notable la cantidad de veces que se usa a Salem sin mencionar que fue una excepción. También es notable que lo hacen personas de convicciones absolutamente dispares entre sí.

Y esto me lleva a preguntarte sobre el papel de cierto tipo de columnismo, ¿convertido en tribuna del sistema?

El columnismo es, por definición, el sistema.

Como Cristina Morales en Lectura Fácil, en tu ensayo apuntas que los adalides de la libertad de expresión, de los no-límites al humor desideologizan el humor, obviando el lugar de poder -clase media, hombre, heterosexual, blanco- desde el que se habla.

El humor puede evidenciar una ideología o no, pero lo que está claro es que el humor tiene una carga política, la represente o no. En absoluto creo que lo desideologicen, simplemente su ideología o no es la que esperaban, o tiene más matices de los que ellos pueden considerar en un principio.