Cristina Cerrada: "La guerra es la muerte de la civilización"

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Tras Europa, la escritora Cristina Cerrada nos presenta Hindenburg (Seix Barral), una novela ambientada en un lugar indeterminado de Europa del este en un contexto bélico. Cerrada reflexiona sobre las ansias de sobrevivir en un escenario de violencia, en un escenario en el que palabras como "justicia" o "ética" han desaparecido. Cuando la muerte acecha, ¿no hay límite que valga a la hora de intentar sobrevivir? Cerrada presta particular atención a la mujer, víctima de una violencia que trasciende el escenario bélico y se presenta como la lógica sobre la que se han constituido nuestras llamadas "democracias". 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: LAURA MUÑOZ

¿Podríamos decir que Hindenburg configura con Europa un proyecto literario?

Efectivamente, son la primera y segunda de las entregas de un proyecto llamado “Trilogía de Europa”, la tercera de las cuales estoy ahora acabando de escribir: “La maestra de Stalin”.

Como en Europa, la novela puede situarse en centro Europa, en un centro Europa indeterminado. Me gustaría preguntarte el porqué de esta localización y sobre todo el porqué de esta indeterminación.

Es la temática de esta trilogía, Europa: su historia política, social y cultural, que deviene en una identidad, la actual, formada inequívocamente por el agregado de las identidades locales que la integran, las cuales, es mi tesis en esta obra, se funden, se confunden y se indiferencian, como puede verse cuando desdibujamos espacial y temporalmente los conflictos. Casi todo lo que cuento podría suceder en cualquier lugar y momento la Europa de los últimos cien años.

Hindenburg ¿es una historia de gente anónima en medio de uno de los tantos conflictor que ha vivido Europa a lo largo del siglo XX?

Hindenburg es, ante todo, la historia pequeña de personas pequeñas inmersas en un conflicto grande que, como de costumbre, es el que tiende a acaparar toda la atención en los medios. Los novelistas no nos ocupamos de los grandes conflictos, sino de las personas pequeñas que se ven afectadas por esos grandes conflictos.

El zepelín Hindenburg fue un símbolo de la potencia Alemana y, sin embargo, en 1937 su explosión causó 37 muertos. ¿Podemos leerlo como metáfora de la potencia destructora de Europa?

Es una de sus lecturas. El Hindenburg es uno de esos “prodigios voladores” que aparecen en el cielo, como los ángeles, los dioses, los seres de otros planetas, y que tradicionalmente se han identificado con lo salvífico, lo ascensional, lo divino. Pero también con la amenaza. En la novela, el significado del Hindenburg es este: la esperanza en lo que, trascendiendo lo humano, podría salvarnos y que no obstante, finalmente, resulta en un sueño fallido de inmortalidad.

De ahí que Hindenburg pueda ser leída como la narración de lo que sucede cuando la técnica se convierte en una herramienta para la muerte

No tanto la técnica como la civilización.

Tanto Europa como Hindenburg reflexionan sobre la supervivencia: Cuándo todos los valores se han perdido, ¿cualquier medio es justificable para la supervivencia?

El concepto de “justificable”, de Justicia, ¿tiene sentido en un escenario de guerra y violencia? ¿Tienen sentido cuando la guerra y la violencia conforman la Realidad, son la Realidad? En mi opinión, la violencia y la guerra son, precisamente, la ausencia de Justicia. La imposibilidad de lo Justo.

La protagonista de Hindenburg es una mujer que trabaja limpiando en una fábrica de medicamentos y se gana un sobresueldo vendiendo los medicamentos en el mercado negro. Ella es reflejo de la degradación moral, social y económica de un país. Cuando todo valor se ha perdido, ¿todo vale?

No lo creo. Pero es difícil la pregunta acerca de los límites morales en una situación de guerra y violencia extremas. Sobre todo, cuando se trata de violencia de Estado. Precisar qué códigos morales se mantienen, cuáles desaparecen y cómo cambian los que quedan puede resultar un simple ejercicio de poder. Matar, asistir, proteger, odiar. Son conceptos que cambian diametralmente de significado, incluso de signo, durante un conflicto bélico. ¿Cómo puede un individuo, enfrentado al problema de sobrevivir, escoger entre su vida y la de un “enemigo”? Ya no se trata de una simple cuestión teórica, de un debate mediático. Es la lucha por la existencia.

De ahí que sea imposible hablar de los límites entre lo ético y lo no ético cuando de lo que se trata es de sobrevivir.

Efectivamente. Lo propio de la guerra es la anomia, la ausencia de códigos. Esa es la auténtica “barbarie” de la guerra. No solo la sangre, la muerte de los cuerpos. Es la muerte de la civilización.

Como en Europa, nos encontramos con una protagonista mujer, ¿la primera víctima en un contexto de guerra y de miseria económica?

Las primeras víctimas en una situación de dominación mediante el uso de la violencia son los individuos físicamente más indefensos. Mujeres, niños, ancianos. Pero no se trata solo del dimorfismo físico, la diferencia entre los sexos ha convertido históricamente una diferencia cultural en una razón para la proyección de la ira, la agresividad y la impotencia, tanto individuales como colectivos. Como siempre, el complejo de inferioridad, la angustia ante la indiferenciación se ceba en el más débil.

Razha está directamente emparentada con Heda, la protagonista de Europa. Ambas sufren violencia sexual, una forma de violencia que siempre presente en todos los conflictos bélicos.

Tal vez a muchos pueda parecerles una obviedad seguir denunciando un hecho como ese, pero a mí me sigue repugnando, como ser humano y como mujer. No deberíamos cansarnos, cada uno en su pequeño ámbito de acción, de denunciar la injusticia y la violencia sexual, en cualquiera de sus formas.

La violencia sexual significa siempre un abuso sobre el débil, un abuso contra el cuerpo y la dignidad de la persona, un ejercicio de poder. ¿La violencia que nos relata Hindenburg no es en parte la violencia sobre la que se sustentan muchas de las democracias occidentales?

Esa violencia, por desgracia, está aún inscrita en nuestra cultura. Puede parecernos que en Europa es ya una violencia de baja intensidad, que está ya reglamentada, conducida, canalizada o penalizada de manera eficiente. Pero no nos engañemos, no lo está. Aún no.

Por último, esta novela nos lleva al este de Europa, pero nos remite a otros escenarios, lejos de narrarnos un pasado, nos narra nuestro presente.

Hindenburg está ambientada en el actual escenario social y político. De hecho, no sé cuánto sentido tiene hoy día hablar de “occidental” para referirnos solo a ciertas regiones del mundo. Hay más coincidencia de rasgos de lo que conocemos como cultura occidental entre las grandes ciudades de Europa, América, África, Asia y todo el mundo de los que puede haber entre regiones del mismo país, más separadas a veces por diferencias histórico-sociales, geográficas, tradicionales e incluso políticas que otras separadas por miles de kilómetros (¿de dónde viene, si no, esa encarnizada postura de los separatismos?). Lo que sucede en Hindenburg es lo mismo que está sucediendo en Venezuela, en Palestina, en Georgia, en Ucrania, en Irán... En todo el mundo.