Ramón Campos: “Ha cambiado la paciencia de la gente

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El creador de Fariña y Velvet debuta en la novela de aventuras con “El orfebre”

 

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

Esta es una historia clásica de las que atrapan siempre: un amor casi imposible, una búsqueda en tierras remotas, una intriga que no cesa… En la Barcelona de final del XIX, el hijo de un orfebre experto en piedras preciosas que está heredando el oficio de su padre, queda deslumbrado por la hija de un conde con mucho dinero y pocos escrúpulos. Como su hija tiene varios pretendientes, decide que se la entregará al que le entregue el diamante de mayor tamaño. A partir de ahí se inicia una carrera por la gran joya que nos llevará a los agitados puertos holandeses y de ahí hasta la remota Sudáfrica. Entre aventuras sin tregua, zigzagueos de amor e incertidumbre hasta la última página, también atraviesa el relato una reflexión sobre la avaricia y una crítica afilada al clasismo y la soberbia de los poderosos, que quieren comprar la dignidad de las personas con dinero. O incluso sin dinero. Es la primera novela de su autor, Ramón Campos y sorprende que sea un relato con una carpintería tan sólida y con un mecanismo narrativo de relojería. Pero la cosa tiene truco: aunque es su primera novela, él es un experimentado guionista y productor televisivo. De su mano han salido series como Desaparecida, Gran hotel, Velvet o Fariña. Se acaba de estrenar, precisamente una de sus últimas hijas creativas: Alta mar. Y prepara como mínimo, dos más.

Si le va tan bien con las series, ¿para qué complicarse la vida escribiendo un libro?

Es que escribir un libro es mucho menos complicado porque puedes crear sin limitaciones. En una productora no se puede así como así, irte a rodar a un desierto, disponer de no sé cuántos caballos, filmar en un pico nevado de noche… porque has de mover un equipo enorme y cuesta mucho dinero hacerlo. Y eso es lo que desgasta de la televisión, que no eres un creador libre. Siempre tienes en la cabeza a tu cliente, que es doble: el público y la cadena. Por eso hice esta novela con tantos viajes remotos y aventuras… ¡como era imposible llevarla al cine, me sentía totalmente libre de ataduras!

Es una novela de aventuras, diría que incluso clásica… ¿pero qué más late por debajo de la acción?

La novela habla en realidad de la búsqueda del amor platónico. Porque los personajes van todos detrás de ese diamante que brilla, pero brilla tanto que los ciega. El protagonista corre de un lado a otro y no se da cuenta de que el verdadero amor está al lado mismo.

Las cosas importantes siempre están cerca. Por ejemplo, ese personaje del padre que le enseña el oficio de orfebre y le dice cosas en las que vale la pena pararse a pensar como que, pese a todo el amor a su oficio, “nunca olvide que un diamante es una piedra”…

Mi padre falleció justo antes de ponerme con la novela. Y eso te hace pensar en el legado que dejan los padres a los hijos y solo al paso de los años les damos la importancia que tenían. Se refleja en la novela en algunas de esas lecciones de vida que le da el padre al protagonista.

Una de las cosas que ese padre orfebre defiende es “la importancia del silencio”.

Mi padre era marino, un hombre culto y silencioso.

¿Pero encuentra usted hueco para el silencio en medio de su trabajo febril preparando tres series a la vez con toda esa complejidad y estrés del medio televisivo?

Vivimos a un mundo sin silencio, a un ritmo en que no te puedes quedar quieto porque la gente viene detrás empujando y a los gritos. Los medios de comunicación deberíamos reflexionar más sobre lo que estamos haciendo. No vale todo. Cuando yo era niño, viajaba de Galicia a Madrid, un viaje de muchas horas… claro que me aburría, pero contaba matrículas, imaginaba cosas.

¿Y qué le influyó en esta afición suya a la narración de series y aventuras?

Lecturas como Seda de Baricco o los libros de Maxence Fermine, Opio o Nieve. Y de pequeño crecí viendo todas las series y culebrones de la tele: Falcon Crest, Los ricos también lloran, Cristal. Todo el mundo las veía, el drama está muy instaurado en Galicia. Por eso he querido dignificar las telenovelas y una serie como Gran Hotel empezó a romper barreras y desmontar prejuicios.

Una de las series que más se relacionan con su trabajo es Fariña. Logró que tuviera no solo ritmo, sino captar de manera precisa el ambiente de esa costa gallega de la marea blanca…

Yo soy gallego y sé cómo habla la gente, cómo se mueve, cómo se calla. Para mí eso era muy importante. Me ofrecieron hacer otra serie de narcos ambientada en el Estrecho pero decliné la oferta porque yo no conozco los códigos en ese territorio. La gente me dice sobre Fariña que retrató una época pasada, hay cierta sensación en Galicia de que no hay narco… ¡Y hay mucho! Lo que pasa es que los narcos han aprendido de los errores de sus antecesores y ya no son tan ostentosos, no se compran esas mansiones exageradas ni van soltando billetes por todas partes. Disimulan mejor.

¿Las series viven en nuestro país un momento dorado?

La explosión de series en España no es casualidad… ¡En televisión hemos superado a la ficción norteamericana en franjas horarias de prime time! Que Netflix haya montado en Madrid su sede central europea nos dice mucho sobre lo que está pasando. Tampoco es un dato a olvidar que el castellano llega a más de 500 millones de personas en todo el mundo.

¿Y esto de ser guionista es un buen negocio? Da la impresión de que son los últimos de la fila.

Yo creo que lo hemos sido, pero ya no tanto. Es verdad que al final las series se relacionan generalmente con la productora. Es que las series de autor tienen el riesgo de matar la industria si no se pone al servicio de la maquinaria.

Publicar un libro en papel para alguien tan involucrado en el mundo audiovisual resulta llamativo… ¿le sigue pareciendo vigente el formato libro?

El libro es un formato excelente. Unos formatos no excluyen a otros. Los libros son un gran soporte pero también hay una generación que narra en imágenes. Al final, son vasos comunicantes. Hablamos mucho del cambio de los formatos, pero es que también ha cambiado la paciencia de la gente. El ritmo de la narración actual no puede ser el mismo que hace veinte años. Hay que acabar los capítulos con tensión, en un pico alto, captar la atención permanentemente para que no se vayan. Están evolucionando los soportes, pero también la manera en que narramos.